martes, 16 de febrero de 2010

(PUEBLO) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (XIII)



Y CON ESTO…




(Capítulo trece)





Y con esto y un bizcocho… que ya estoy de vacaciones.
Hasta más ver.
Salud.

jueves, 11 de febrero de 2010

(PUEBLO) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (XII)


AHORA VIVIMOS EN UN PUEBLO DE MONTAÑA


(Capítulo doce)

Ahora vivimos en un pueblo de montaña, he jubilado a la cartera de piel que me regaló Marga por mi cumpleaños, y tenemos un gato.
Y cinco higueras, un nisperero, varios manzanos, un huerto de no se cuantos metros cuadrados y trescientos cincuenta vecinos. En todo el pueblo.
Los vecinos no sé, porque conozco a pocos, pero el gato se lo pasa que te pees. Llegó a casa que no media medio palmo, y ya va camino de los tres cuartos de metro.
Se pasa el día cazando topos y ratolines de campo.
Una de las primeras noches pican a la puerta y nos mosqueamos porque para picar en la puerta de la casa, primero hay que picar en el timbre de la verja, y si pican directamente en la puerta, es porque se han saltado la verja.
El caso es que abro, y no hay nadie a la altura de mis ojos; pero a diez centímetros del suelo, me encuentro con, por lo menos, entre treinta y siete y sesenta y un ratolines de campo; todos con una cara de no te menees, que te metemos. Y yo de pasmarote delante de los ratones y el gato detrás de mí, temblando en gato, y sin decir ni miau. “que venimos a por ese” me dice el ratón de delante que debía ser el más viejo, porque llevaba bastón, señalando al gato. “ese se llama Gato, y vive aquí; no como otros, que están de ocupas”
Y el ratón del bastón, que ni se inmuta con la indirecta, sigue en sus trece; “que venimos a por ese, que ha asesinado al chamán” “al cha qué?” le digo yo que sé perfectamente lo que ha dicho. “que ha asesinado al gurú” “¡ah!, que se ha cargado al cura” y lo dejo descolocado.
“Gato, tu tienes algo que ver con el cura de esta gente?” Y el gato me mira, bosteza, se despereza, coge un palillo de su oreja y se pone ha limpiarse los dientes. La respuesta es clara. Se lo ha comido por los piés.
“mire, buen hombre, o buen ratón, o buen lo que sea, que pague el seguro, que para eso cobran. Le parece?” y el ratón saca una libreta no se de donde y me dice “si es usted tan amable de decirme el nombre de su compañía y su número de póliza...” y yo le doy los datos que me pide, y aquí paz y después gloria.
Pero la cosa no pasó de ahí. Ningún seguro vino a reclamar nada. Supongo que los ratolines de campo emprendieron su propio éxodo y creo que algo tuvo que ver el gato. Porque este gato es de letras. Es el único gato que conozco, y aquí arriba he llegado a conocer a no menos de ciento cincuenta gatos, es el único gato que conozco, digo, que sabe hacer la “O” con un canuto. Literal. Primero lía el canuto, lo enciende, y después con el humo te hace la “O”, la “Z” y la “W”; también escribe “t’estimo, mami” y “Blowin in the wind”; pero la canción entera, y en inglés. Bien es verdad que no sale de ahí pero, joder, yo no soy capaz de pasar de la “O” y además me sale rota; como una ese (una S así). Si fuera persona de creer en la reencarnación, diría que este gato antes fue cualquiera de los gatos de Allan Poe. O el mismísimo Allan Poe.
Y además, ronca.
Después vinieron las gallinas, el gallo, los patos, las ocas y, sobretodo y por desgracia, el puto zorro; pero el original, no el del Banderas, y a partir del puto zorro, sólo quedan la mitad de las gallinas y el gallo; con la mitad de las plumas y la autoestima por los suelos, pero gallo al fin y al cabo. Nos da la hora puntualmente, eso sí, a las dos de la madrugada, y poco más. ¿Pero para qué da la hora un gallo a las dos de la madrugada? ¿para que me acerque a regar los ajos? ¿para que corra a ordeñas unas vacas que no creo llegar a tener nunca? ¿para recordarnos que dentro de una hora serán las tres de la madrugada?; pues no. Para tocarnos la gaita a todos los vecinos del pueblo. Y no hay más que hablar. Con el gallo es mejor no discutir. No es ni de letras ni de ciencias. Es de “te saco un ojo, mamón”. Una vez le dije que dejase de comerse las lechugas y casi me cuesta la vida; desde entonces le dejo que se coma lo que quiera, menos mis uñas, que son sólo mías.
También llegó el perro, pero ese es de otro planeta y merece capítulo aparte; y no me invento lo de “otro planeta”, llegó prácticamente en una nave espacial y desde entonces nos trae por el camino… que quiere. Se pasa el día levitando y mascando tabaco. Y escupiéndolo, claro.
Marga llama a cada gato por su nombre, e incluso les pregunta cosas tipo si han pasado buena noche o si tienen hambre o si les apetece un vermú; pero eso no es grave. Lo grave es lo mío que cada vez que les pregunta algo, dejo lo que esté haciendo esperando a que le contesten; y aquí arriba no saben ni lo que es un psiquiatra. Lo más parecido es un vecino que planta sauces para hacer aspirinas.
Seguro que estáis pesando que desvarío, y tenéis razón. Acabo de darme cuenta de que me estoy fumando las acelgas y ya estoy a punto para la entrevista de trabajo en el ayuntamiento. Vamos allá.

jueves, 4 de febrero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (XI)



LA VACUNA

(Capítulo once)


Hipocondríaco. Eso es lo que soy. Un Hipocondríaco Crónico Moderado, que tiene hora para las doce y cuarto.
Vacuna contra la gripe, y me concentro en otra enfermedad.
Bajo tan feliz al ambulatorio y, cosa rara, consigo llegar sin tener ningún percance; y lo que es aún más raro, sin provocarlo.
Como es por la mañana, Miguel no está. Ni en cuerpo ni en alma, ni en espíritu, ni en camisón.
El que tiene turno de mañana, de administrativo, es una especie de alférez de navío venido a menos, empeñado a gritos en que los pacientes que quieren consultar, formen fila de a cuatro en fondo, y se alineen por la derecha. Parece la voz de los altavoces del aeropuerto, porque repite las frases en tres idiomas: castellano, catalán y romaní.
Piso a tres ancianos y a una embarazada, toso con la tos tísica que vengo ensayando desde que me dieron día y hora, la gente se aparta y me desprecia por aquello de que, tenga lo que tenga, seguro que se contagia, y llego al fin a la ventanilla que han dejado entre dos de los cristales blindados.
Porque en este ambulatorio, cuando quieres consultar algo, parece que vayas a pedir un préstamo hipotecario. Hay un blindaje de siete centímetros, con antivirus y apertura retardada.
“Arriba los bolígrafos, esto es una intervención quirúrgica” le digo al presunto alférez reciclado en administrativo; y el tío, sin pensar, me suelta “¿hora?” “doce y cuarto” “alineándose en fila de cuatro en fondo, por favor; rango y posición” ; alargo el brazo derecho hasta la altura del hombro y me alineo yo sólo. “Fulano de tal, enfermo, vacuna antigripe” le canto con la música de la muerte tenía un precio. Me mira, deja de mirarme, busca, no encuentra, sigue buscando, se cansa de buscar, hace como que no se ha cansado, se afina la voz y me dice “será el pasillo de arriba, siga las indicaciones” “vale socio, cubicado; cambio y corto”, y le giño tres veces los dos ojos a la vez.
Trato de encontrar las indicaciones y no las encuentro. Trato de encontrar alguna indicación que me indique la situación de las indicaciones, y tampoco la encuentro. Dejo de tratar de encontrar, y me busco la vida como La Paquera. Subo a la planta de arriba y reconozco un pasillo con diecisiete puertas. La verdad es que siempre han estado allí, pero como yo sólo hago uso de la puerta doce y, como mucho, de la trece, nunca había reparado en las otras quince.
Una puerta, otra puerta, otra puerta más; y delante de cada una de ellas, una cola inmensa de gente comentando.
“…que si yo estoy malo…” “…que si yo estoy peor…” “…que si eso no es nada porque yo, que estoy malo y enfermo, además sudo que no veas…” “…pues yo perdí un dedo, dentro de mi propia nariz…” “…pues yo perdí un ojo…” “…¿dentro de mi propia nariz?...” “…no, sudando…”.
El caso es que hay una puerta ¡¡¡que no tiene cola!!! (de gente); y además, con un cartel pegado que dice “VACUNAS”.
No cabe duda, es mi día de suerte. Consigo llegar sin bajas a la vista, encuentro mi puerta, la mía, casi a la primera, no tengo que esperar turno porque estoy yo sólo y ya me toca… a veces la justicia es justa. Tanto, que hasta puede apretar si quiere de justa que es. En cuanto salga de aquí, hago una primitiva, una quiniela y me compro un ciego y le invito a cenar.
Espero delante de la puerta. Y espero. Y espero. Y, como siempre en mi vida, sigo esperando y mientras espero, me recuerda algo. Cuento tres mil setecientas dieciocho ovejitas saltando la valla y, cuando estoy casi a punto de quedarme dormido por falta de ovejas, le doy unos golpecitos a la puerta, solo dos y con toda la timidez de que soy capaz. Aún no he quitado los nudillos de la puerta cuando esta se abre de golpe.
“Hola” le digo a la enfermera nueva. Y es que cuando quiero ser ingenioso y original, soy un desastre.
Deduzco que es nueva porque prendido de la bata blanca inmaculada, tiene un pin, tamaño cenicero de mármol, con datos que no se prestan a engaño: “soy nueva a estrenar; perdonen las disculpas” y debajo de las letras, medio huevo duro y una lata de atún. Todo en PVC rojo chillón.
“Hola” me dice. Parecemos léxicamente clónicos; “que lo de la vacuna” le digo; “que qué vacuna” me pregunta; “pues la de la gripe”. Yo ya empiezo a estar hartito. “Pues no es aquí”; y yo “como la puerta tiene el letrero…” “¿qué letrero?” y entorna la puerta para verla mejor y dice “como pille al de las bromas, le voy a operar de viruelitas ponzoñosas”. A mí se me viene a la memoria Miguel, que es el más bromista de los bromistas, y ella de un manotazo arranca el letrero de la puerta; entonces aparece ante mi vista la cruda realidad: “W.C. Enfermeras” y en rotulador fucsia, “proivía la entrá a tol personal, menos las diplomás”.
“Y lo de la vacuna, ¿dónde es?” “debe ser por ahí; siga las indicaciones”. Esta también se sabe el manual. Paso de buscar indicaciones y bajo a la planta de abajo, porque es imposible bajar a la planta de arriba. En este ambulatorio, sólo hay dos plantas y cada una está en su sitio: la de arriba, que está arriba y tiene diecisiete puertas, y la de abajo, que está abajo, y tiene un alférez de navío en el turno de mañana.
Por la puerta blindada que hay al final de las ventanillas blindadas, aparece una enfermera blindada de las de cofia y delantalito. De esas que tienen contrato indefinido con el Vaticano. Me voy para ella, como flotando entre el bien y el mal, y le digo “oye, hermana, lo de la vacuna…” “al final de pasillo, imbécil. Y yo no soy tu hermana” “vale; ¿qué pasillo?” “el de detrás de la puerta” “vale; ¿qué puerta?”; y va la tía vaticana y me señala la puerta… de la calle.
Me siento allí mismo, en el suelo, suelto un par de lágrimas de las de alegría y desenfreno, vuelvo a ponerme en pié, me alineo de cuatro en fondo por la derecha, y salgo a la calle en busca de la aventura. Y alineado como voy, me cuelo por la puerta de urgencias. El guarda jurado se echa mano a la pistola poniendo cara de clintisbur y pensando lo de “alégrame el día”, pero le lanzo un par de besitos y huye despavorido.
Cuando me desconcentro de la alineación, veo que en urgencias hay un pasillo… con diecisiete puertas.
Y la veo al fondo. Claramente. Pasadas las diecisiete puertas, hay una enfermera jeringuilla en mano. Te lo juro. En medio del pasillo, con una jeringuilla cargada en la mano izquierda. La aguja sin capuchón y chorreando un hilillo espeso de vete a saber qué. La mano libre, la derecha, en jarras. Mirándome como de estar esperando desde las doce y cuarto; y es que, entre pitos y flautas, ya son las dos menos diez.
Ella en una punta del pasillo y yo en la otra punta. Sólos. Sin testigos de por medio.
Yo voy hacia ella, temblando, y ella viene hacia mí silbando “por un puñado de dólares”. Estamos a un palmo el uno del otro; su aliento empieza a provocarme urticaria en la nariz y le digo, mirando la jeringuilla, “señorita, lo de la vacuna de la gripe…” “y ¿usted es…?” “fulanito de tal”. Se gira, jeringuilla en la mano izquierda, brazo derecho en jarras, y cambiando el silbido por el de “hasta que llegó su hora”. Y yo justo allí, detrás de ella.
Y ella va y se da la vuelta con toda la brutalidad que jamás caracterizó a las enfermeras, y me clava el codo del brazo en jarras, en medio de la boca del estómago. Es entonces cuando me decido por un par de úlceras para mi próxima enfermedad.
Estoy en el suelo revolcándome de dolor; solos ella y yo, repito, y ya sé que repito, pero es que no me lo puedo creer porque la impetuosa enfermera, hace altavoz poniendo sus dos manos delante de la boca y grita mi nombre…”FULANITODETAL” “yooo…” intento decir desde el suelo; pero solo consigo gesticular con la boca, porque no puedo coger aire para emitir sonido alguno.
Los dos solos. Nadie en el pasillo y no parece haber nadie detrás de las diecisiete puertas… y la tía se pone a gritar mi nombre a un pasillo vacío, sabiendo que el del nombre soy yo, porque acabo de darle mi nombre unas líneas más atrás.
Pues va y se repite. Gritando. “FULANITODETAL” y yo desde el suelo, intentando emitir algún sonido, pero esta vez le estiro de la pernera del pantalón blanco, como llamando su atención y sin el más mínimo asomo libinidoso.
Me mira desde sus alturas y grita “¿USTED ES DON FULANITODETAL?” “que sí” farfullo yo que he conseguido meter un poquito de aire en los pulmones. Y ella a lo suyo y con sus gritos “FULANITODETAL Y QUÉ MÁS?” “y cual” “DON FULANITADETAL… Y CUAL” sigue gritándonos al pasillo y a mí… “MUY BIEN, DON FULANITODETAL…Y CUAL, NACIDO EL DIA TAL DEL MES TAL DEL AÑO TAL…” y en lugar de decir mi fecha de nacimiento, dice la fecha en la que me dieron día y hora para vacunarme; hace dos semanas. Pero ella tiene sus propios quehaceres, y eso parece no importarle porque, gritando, comenta para sus adentros “PUES NO APARENTA LA EDAD QUE TIENE; PARECE MAYOR…” y es que esta mujer es tan rara, que hasta se le oyen los pensamientos. Creo que tengo que dejar de mezclar el café con el tabaco. Empiezo a mosquearme, pero solo un poquito, porque caigo en la cuenta de que eso de encontrarme a una enfermera en medio de un pasillo, armada con una jeringuilla, preparada para atacar con una aguja sin capuchón pillando gérmenes de esos que, aunque sean hospitalario, no dejan de ser gérmenes, o virus o bacilos o lo que sea… pues que no es muy normal, no?.
Aquí hay algo que no cuadra y yo he conseguido ponerme en pie. La enfermera me coge por la pechera con la mano libre y de un tirón me sienta en el mostrador “¿me va a pinchar así y aquí? “SÍ, ¿NO?” “pues no sé…” “a” pero así “a”, sin nada más; sin hache al final, sin signos ortográficos, sin énfasis… sin nada. Y en minúscula. “a”. Vamos, una mierda de “a” para venir de toda una enfermera puesta y titulada.
Empiezo a subirme la manga derecha y me dice, gritando, cómo no, que la izquierda y yo “¿por qué?” “PORQUE SIENDO USTED DIESTRO COMO ES, EN CASO DE TENER QUE REALIZAR ALGÚN TIPO DE TRABAJO O ESFUERZO, SERÁ MEJOR QUE EL DOLOR SE LE APOSENTE EN EL BRAZO IZQUIERDO, NO QUEDANDO ASÍ LIMITADA LA MOVILIDAD DEL DERECHO” “pero es que duele?” “CREO QUE MUCHÍSIMO”.
Genial. Duele, y la buena señora me acaba de declarar diestro de por vida y “…en caso de tener que realizar algún tipo de trabajo o esfuerzo…”; venga ya; con cuatro millones de parados y me va a tocar a mí la china de tener que ponerme a trabajar; con lo enfermísimo que estoy.
Pero como soy un trozo de pan recién hecho, no digo nada.
Si abro la boca, esta mujer es capaz de aprovechar para estirparme las úlceras que me toca tener el mes que viene. O el otro.
Sólo tengo la manga subida hasta la altura del codo, y la enfermera ya está tirando la jeringuilla en el contenedor especial para jeringuillas. Me unta el ¿pinchazo? con lo que parece ser una gasa empapada en alcohol, me da una colleja en el cogote y desaparece por la puerta diecisiete.
Y yo sentado en el mostrador, aguantándome la gasa y preguntándome, primero, ¿cómo es posible que no me haya enterado de que me han puesto una vacuna que duele muchísimo?; segundo, ¿realmente me ha vacunado esta señora?; tercero, ¿realmente estoy inmunizado contra la gripe?; y cuarto, ¿mejor un par de úlceras que una buena fiebre del Congo?.
Recojo mis preguntas, que están desparramadas por el suelo, y me voy disimulando.
Cruzo el barrio cuesta arriba sin dejar de aguantarme la gasa, porque cuando llegue a casa, quiero asegurarme de que realmente me han pinchado. En la gasa tiene que haber, por lo menos, una gotita de sangre, porque sangre, tengo; poca y posiblemente mezclada con horchata, pero tengo. Quiero ver una gotita de sangre, y a poder ser, roja. Lo dice el manual de autoenfermería para hipocondríacos que tengo en la mesita.
Y cuando llego a casa me siento en el sofá, porque estoy hacho polvo de la cuesta, le silbo a la mosca lo de “los siete magníficos” y decido inspeccionar lo de la sangre en la gasa.
Esta tía me ha untado con un dedo mojado en saliva. Seguro. No es que no haya sangre en la gasa, es que… no hay gasa. Me desnudo entero por si se ha metido entre la ropa…pero la gasa no aparece. Nada. Paso la escoba por toda la casa por si la muy asquerosa se ha escondido en algún rincón… y nada.
Paso de gasa.
Me concentro en buscar el pinchazo. Con una linterna, con una lupa, con un foco que tengo y que es de fotógrafo… nada.
Hace más de dos horas que estoy intentando localizar el pinchazo y no hay manera; he buscado hasta en el brazo derecho, que es donde no me han pinchado; he buscado en mis piernas, las dos, en el cuero cabelludo, en el ombligo, en las úlceras, en la parte de atrás del televisor, debajo del teléfono…nada. Que no hay pinchazo.
Y para colmo, me encuentro como cansado, me duele la cabeza, las articulaciones, los huesos, la garganta… creo que he pillado la gripe.
Y que conste, que cuando he entrado al ambulatorio, no la tenía. Seguro. Antes de entrar, me la he buscado por todas partes, porque sabía lo que iba a pasar…

jueves, 28 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (X)



PÁNICO EN EL CHUPA

(Capítulo diez)


Lo que no me pase a mí, seguro que le pasa a algún otro porque, lo que está de pasar, acaba pasando.
Madrugo, cargo el carro de la compra en el súper, me tomo mi cortadito en el centro cívico “con sacarina, María, que estoy tope chungo”, y salgo echando leches para que no se me escape el 400.
El 400 es el bus que hace la circunvalación al barrio. Cuando entró en funcionamiento, todo el mundo lo llamaba “el chupa” porque costaba lo mismo que un chupa chup; una pela.
Era de aquellos con los asientos de escai color guardia civil, y con una barra de cambio de marchas que llegaba hasta la mitad del bus. Ahora cuesta ochenta pelas, pero la genta le sigue llamando el chupa, porque con las tradiciones no puede ni la inflación.
El caso es que soy el único usuario del servicio y como el carné que yo tengo no sirve para conducir, porque es el de artesano que me dio la generalitat, me ponen hasta un conductor por el mismo precio.
Arranca y a los tres segundos suena la radio, la emisora, el intercomunicador… todo a la vez, que se oye fatal, dice seis o siete cosas, todas seguidas sin comas ni nada, el chofer frena, abre la puerta de su lado y sale corriendo.
Y yo allí solanas sin carné, sin chofer, sin servicio, sin tabaco y sin ganas de calentarme la cabeza. Me acerco a la emisora y le digo a la rejilla “central, repitan que es que hay un montón de interferencias. Que cambio”. Y como en las películas, la emisora se pone a hablar ella sola y me dice que “línea cuatrocientos, hagan salir a los pasajeros manteniendo la calma, y abandonen el vehículo. Tienen una amenaza de bomba debajo del tercer asiento de la derecha empezando por atrás”. Mira que bien, mi asiento de toda la vida, “venga ya (le digo yo a la rejilla) pero ¿quién coño va a poner una bomba en un bus que solo utilizan los niños que van al cole, las marujas como yo que venimos del mercado o las maripuris que van a la piscina de tres en tres?” y me doy cuenta de lo larga que me ha salido la pregunta, porque a penas me queda aire en los pulmones; y va la borde de la rejilla y me contesta que "y yo qué sé, tío; tú te bajas y al vehículo, que le insuflen por detrás; ok?” “ok”; y cuando me bajo, tirando del carro de la compra como buenamente puedo, me encuentro, ¡Oh sorpresa!, con el poli de la cara sonriente que me coge de los hombros, me da la vuelta y me cachea de arriba a abajo y viceversa. “Tranquilo, socio, que es la rutina para los casos de bomba” “sí, hombre sí; tranquilo, pero cada vez que nos vemos parece que yo fui quien mató a Kenedi” (le contesto con tanta confianza porque ya es como si fuésemos muy amigos. Creo que este tío me tiene en exclusiva para justificar su sueldo. Ya ni me pide el carné de identidad, el sonriente).
Se va para el coche patrulla y le dice al micro (parece que tenga un romance con el micro), le dice “comprobación, central, nombre fulano, número de la papela, tal y tal; cambio” y al momento le dice la central “¿otra vez ese tío? ¿pero es que sois novios o qué?” “oye, Contreras, que yo soy un hombre muy hombre, muy casado y muy respetable, ¿vale?” “sí hombre, sí; ¿y lo sabe tu mujer?” “¿lo de muy hombre, lo de muy casado o lo de muy respetable?” “anda, déjalo ya, risitas, que nos van a dar la uvas” le corta la central; y yo allí de pasmarote, aguantando tonterías que no son mías, con una bomba debajo de mi asiento favorito y con unas ganas locas de fumarme un cigarro.
“Que está limpio (otra vez la central); que desde la última vez y la otra y la otra… sigue limpísimo; que hasta aquí llega el olor a limpieza inmaculada que despide el pobre hombre; que lo dejes en paz de una vez, coño, y te dediques a buscar maleantes; cambio. ¡oye! Dile al limpio que como ya es casi de la familia, que se pase por aquí en navidad que le apartamos una cesta. Así lo conocemos y nos tomamos unos vinos; cambio otra vez” y el risitas se da la vuelta y me dice “que recuerdos del Contreras, el de comprobaciones” “vale, hombre, gracias e igualmente; ¿puedo irme ya?” “tú mismo” “¿y la bomba?” “¿qué bomba?” “la del bus” “¿en el bus hay una bomba?”.
Agarro el carro con las dos manos de fumar, y me eclipso hasta en centro cívico para meterme tres dosis seguidas de cafeína…

jueves, 21 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (IX)


EL MORGAN, ENTRE OTROS


(Capítulo nueve)


Sólo le faltaba eso; además de hacerse socio honorario del club SuperTres, el Morgan se ha puesto dos pendientes, eso sí, los dos en la misma oreja. Dice que andar por ahí con un aro en cada lado de la cara, en las orejas, es una mariconada digna de los piratas, o de los ingleses que, según él, son lo mismo.
Porque la verdad es que la opinión que el Morgan tiene sobre los ingleses, no va más allá que el respeto que le merecería una lombriz. Este tío es increíble.
Se llena la boca con descalificaciones hacia la Pérfida Albión y acaba, siempre, con ardor de estómago de la mala leche que le entra. Además de increíble, irremediable.
Y lo peor es que cree que Inglaterra está debajo de Méjico, entre Camboya y el Besós. No hace falta decir que es un intelectual de los de barra de bar.
El Morgan, definitivamente, pertenece a esa tribu que piensa, con preclara lucidez, que la imaginación es la velocidad punta de la inteligencia; aunque la imaginación de este hombre tiene de inteligente lo que de filosófico tiene un báter boca abajo. Con decir que de lo que más le gusta hablar es de la metafísica inductiva de la gilipollez…
Es un personaje que ya te cae mal de entrada porque piensas que, en realidad, no tiene ni etimología ni prosodia y al oírlo, recuerdas el refrán de “A palabras incoherentes, oídos persicopédicos”, o algo así, ahora mismo no estoy por refranes. Es el puro y tétrico retrato del gato del jorobado de Notre Dame.
Y una vez finalizada la descripción totalmente imparcial de este tío (totalmente imparcial, lo juro), voy con lo que tenía que haber ido desde el principio: Entro en el “Límite” y me encuentro a Salva vestido de aragonés y cantando jotas… “…y tengo las albarcas rotas, y la bolsa sin un duro, qué invierno me espera, niña…”.
El Salva es el dueño, camarero, chef, metre, somelier, relaciones públicas y todo, del “Limite”. El sitio no está mal. Es un bar con dos ambientes en la planta baja y arriba, el techo. Porque es un bar con techo y Salva, un dueño con ojeras; algo de lo que no pueden presumir todos los dueños. El local, sin contar a Salva, está vacío, las sillas sobre las mesas, suelo recién fregado, la cafetera aún fría, la tele puesta a toda pastilla con un concurso de los de buscar pareja… eso en el primer ambiente; en el segundo, la cosa marcha de forma diferente. Los billares vacíos, los futbolines vacíos porque las figuritas de metal que suelen estar ensartadas en las barras de hierro están meando, las figuritas, no las barras, la cafetera no está ni fría ni caliente porque en el segundo ambiente no hay cafetera, ni falta que hace, el tablón de anuncios lleno, repito, lleno, de fotos originales, papelitos de compra-venta de cualquier cosa, carteles publicitarios de conciertos de rock y, además, en el rincón más oscuro y olvidado del tablón, un poema de Montse; el poema más triste de la historia mundial de la literatura universal de todos los tiempos: un folio DIN4 en blanco con dos manchas amarillentas. Las manchas rodeadas por un solo círculo en lápiz y a media página, con escritura apresurada, una inscripción que dice “estas son mis lágrimas. Están aquí por ti”. No tiene firma, pero todo el mundo sabe que es de Montse, porque todo el mundo sabe que algo así sólo saldría de ella. De todas formas y puestos a sincerarnos, Montse es una de las dos personas que saben que el poema es mío; la otra persona, claro, es Marga. Pero Montse se presta a seguir el juego y yo encantado con el anonimato.
Qué voy a decir, a mí el poema me encanta; siempre que entro al bar, antes de marcharme, lo leo un par de veces. A más de uno le corroe la envidia porque le gustaría ser el autor, El Morgan, por ejemplo.
A lo que iba; menos Salva de aragonés cantando jotas, todo vacío. “Socio, que me voy a por el periódico, si traen el pan, lo coges” me dice el camarero polivalente, y se marcha tan feliz. Yo me quedo sentado en un taburete, como de dóberman, mirando el ventilador negro que hay en el techo del primer ambiente.
Y entonces entra el Morgan, de lado para que no me fije en los dos pendientes, y me dice “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir” “allá van los señoríos derechos a se acabar e consumir”, le digo yo sin quitar los ojos de su oreja. Podríamos haber dicho “buenos días” como todo el mundo, pero ni el Morgan mi yo somos todo el mundo; ni siquiera la mitad del mundo. En realidad, hay veces en las que dudo que seamos de este mundo. Hoy nos da por Jorge Manrique, pero cuando me entra con Boccaccio o con Petrarca, me hago polvo buscando la continuación del saludo.
Me pregunta por el camarero, le digo que ha ido a por el periódico, me dice que le ponga un quinto y le digo que una mierda, que yo no estoy en esta vida para ponerle quintos a nadie; y menos a estas horas. Como es un tío gracioso, recapacita y suelta que yo, o sea, yo, no estoy en esta vida ni para poner quintos ni para poner sextos, que los quintos y los sextos los ponen los paletas a medida que avanza la construcción.
Es de un gracioso este hombre…
Cuando llega Salva, el Morgan ya se ha ventilado tres cervezas y cuatro bolsas de ganchitos. Yo no quiero nada, porque el primer café de la cafetera, me da diarrea.
“Adiós, Salva” digo desde la puerta “adiós, Salva” dice el Morgan justo a mi lado; y Salva no se entera porque el volumen de la tele le inmuniza los oídos. En la puerta nos tropezamos con Alfredo; todos le llaman Popeye pero, aunque se llama José, yo le llamo Alfredo, o Nicolás, o Pedro Andrés; según el día, le llamo cualquier cosa que no sea ni Popeye ni José; así nunca me equivoco. El caso es que viene contento porque ha cobrado el paro y nos invita a una ronda. Vuelta a entrar y al Morgan la ronda le dura otras tres cervezas y dos bolsas más de ganchitos; no sé que coño le dan de comer en su casa, suponiendo que le den. Y encima va por ahí presumiendo de que es abstemio y no prueba ni gota de alcohol; la verdad es que a lo mejor es así, porque la cerveza es Sin (alcohol). Yo no tomo nada por lo de la diarrea del primer café de la cafetera y todo eso.
Discutimos un rato sobre si el límite de velocidad es acumulativo, y llegamos a la conclusión de que así es; recapitulo: resulta que a la entrada del barrio hay una placa que limita la velocidad a cincuenta kilómetros por hora; pues bien, hemos deducido entre los tres que cuando un coche entra al barrio a treinta por hora, el coche que va detrás, tiene derecho a aprovechar los veinte kilómetros que el de delante no hace servir, y el tío, o la tía, puede entrar a setenta por hora como si tal cosa. Si uno entra a setenta, pase; es uno. Pero si cinco entran a treinta, el sexto acumula un copón y si le da la gana puede entrar al barrio zumbando a trescientos por hora. La deducción, los cálculos matemáticos, las deliberaciones y la conclusión final, nos lleva nuestra buena hora y media. El Morgan promete que escribirá una carta a L’informatiu para quejarse, que es lo suyo, de la falta de respeto hacia las señales de tráfico y yo paso a hacer un artículo sobre el mismo tema, aunque creo que este mes no colaboraré con un artículo; prefiero hacer un poema de esos que solo entendemos mi sombra, Bukoski y yo; son cortitos y no necesitan mucho espacio en mi cerebro.
Ya me han avisado de que es el último número (de L’informatiu), de momento, porque están hasta las cachas de deudas y el impresor quiere cobrar; quizás en septiembre estén aquí las subvenciones prometidas por el ayuntamiento y la generalitat, y puedan volver a salir. Eso de depender de un par de irresponsables que deciden según han pasado la noche, no lo acabo de ver del todo claro.
Volvamos a lo de antes; Salva comienza a hacer la suma, con la calculadora, de la púa que le tiene dejada Alfredo, y tarda más de veinte minutos en sacar el resultado porque la púa de Alfredo ocupa dos páginas y media. Total: justo la mitad y tres cuartos de lo que ha cobrado del paro. El tío paga la deuda y sigue tan feliz porque aún le queda dinero para invitar a otra ronda; otra ronda… y entra el alcalde con su bigote puesto y colgada del hombro, la bolsa del pan.
Alucinamos porque es un día de cada día, sin campañas electorales, y lo que menos esperas es que entre al bar todo un señor alcalde, con la bolsa del pan colgando del hombro. Ni sin.
El Morgan no puede aguantarse las ganas de preguntarle si es el alcalde de verdad, o si se trata de un holograma, “sí, soy el alcalde y estoy aquí…” pero Alfredo, o Nicolás según el día de la semana, le corta para preguntar “pero, deverdá deverdá deverdá que eres el alcalde?” “que sí, que de verdad que soy el alcalde” “¿y como es que te presentas sin guardaespaldas? Eso es una temeridad” pregunta y opina el Morgan que no hace más que ponerse de lado para que el alcalde pueda ver sus pendientes de sucedáneo de plata. “Traigo un guardaespaldas, pero tiene familia aquí al lado y se ha acercado a verla.” “Ah, vale” (todos a la vez). Se sienta, el alcalde, ante la mesa que está llena de ganchitos por todas partes y que da asco. Ha venido a la inauguración de las escaleras mecánicas, pero las escaleras, oficialmente, no las ponen en marcha hasta agosto y no las inauguran hasta octubre. Estamos a junio. Se ha hecho un lío con la agenda de inauguraciones, porque alguien de la oposición le ha metido mano (a la agenda, no al alcalde).
Entra el guardaespaldas con su hermana, su cuñado y tres sobrinos que parecen Juanito, Jorgito y Jaimito; trillicísimos hasta la médula. “Que mira, jefe, que te presento a la familia” le dice al alcalde; “hola familia” dice el alcalde con la voz de cazalla que le caracteriza y que en lo primero que piensas, si nunca le has oído hablar, es en un resacón del veintitrés. Salva despierta y se da cuenta de que la situación es una mina de oro; pregunta qué van a tomar y toma nota, cosa que nunca hace, pero se tira el moco; el guardaespaldas dos bocatas de chistorra, la hermana nada que está a régimen, el cuñado una barrecha y los sobrinos, una barra de helado cada uno; el alcalde, como está de penitencia municipal, una infusión con agua bendita.
El Salva rompe la nota de pedidos y se lía con el micro de la radio pirata que tenemos en el barrio…”charli diecitantos, aquí charli diecicuantos, ¿alguien me copia?, cambio” “te copio, charli diecicuantos, aquí el escorpión con espuelas de Arizona, cambio” “oye, escorpión de Arizona… (¡¡¡CON ESPUELAS!!! grita el otro)… vale, con espuelas, oye, pasa la bola, que tengo aquí al alcalde, cambio” “¿con el bigote?, cambio” “con el bigote y el guardaespaldas, cambio” “pregúntale si son suyos o son de atrezzo, cambio” “alcalde, que si el bigote y el guardaespaldas son tuyos, o sólo te los pones para salir en la tele” “Los dos son de prestao” contesta el alcalde y Salva “aquí charli diecicuantos, que son de prestao y que pases la bola que tengo aquí al alcalde, cambio” “recibido charli diecicuantos, paso la bola pero ¿Dónde es AQUÍ?, cambio” “en el Límite, imbécil, cambio” “¿en el Limite cuarenta y ocho horas?, cambio” “en el Límite de tu padre, gilipollas, cambio” “vale, charli diecicuantos, copiado; verifico: charli diecicuantos está en el límite, porque es imbécil y el alcalde está aquí pasando la bola, cambio” “escorpión con espuelas, no te me columpies, que me cago en treintaitres, cambio” “copiado, charli diecicuantos, no te me columpio que te cagas en treintaitres, cambio y ¿corto?” “sí hijo, sí; córtate a ver si te desangras, idiostúpido, cambio y te corto si te pillo, so mamón”.
Salva suda que ni se sabe, y el alcalde se aclara la voz para pasar a la acción…”ejem..ejem..tiri…tiri; vale. TIRITITÓN, TÓN TÓN; TIRITITÓN, TÓN TÓN; TIRITITÍ, TÓN TÓN; TIRITITÓN TÍN TÓN…”; el guardaespaldas se ha subido a la mesa y asesina a pisotones a los ganchitos que quedan con vida. Después se arranca a taconazos por bulerías y la familia, la hermana, el cuñado y los sobrinos, se hacen cisco las manos empeñados en ejercer de palmeros. Venga juerga flamenca para antes de comer. El alcalde tirititón…, el guarda que se curra la página el tío bailando y dando botes y vueltas que parece un molinete de feria y los demás dale que te dale a las palmas… Y los normales, el Morgan, el Salva, el Alfredo y yo, como viendo un poltergeis…
El final es que toda la mañana perdida escuchando las paridas del Morgan y aguantando las pasadas del alcalde y sus lolailos, me da la hora de hacer la comida, hoy arroz a la cubana, y no he conseguido tomarme ni un maldito cortado que no sea el primero, por lo de la diarrea.
La parte buena es que la tensión, la mía, se va a tener que dar con un canto en los dientes, porque hoy no pienso echarle una mano; ni para bajar ni para subir.
¡Ah! Bajé al médico el otro día, con el análisis y las radiografías, pero ya lo contaré en otro momento, que se me pasa el arroz.
El agua hirviendo, dos puñados, frío el tomate frito de bote…¿o el tomate frito no hace falta freírlo?...

jueves, 14 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (VIII)


EL ABUELO Y ALGO MÁS



(Capítulo ocho)


Elena, la conserja, sentada tras el mostrador que le sirve de trinchera defensiva y sólo deja ver su cabeza, cana ya, me ataca seis pasos antes de que aparque el carrito de la compra donde siempre; en mi parking reservado. “¿Sabes quién se murió ayer?”. Ayer fue miércoles y por tanto, aunque tengo mis reservas, hoy es jueves. No sé quién murió ayer, pero como Elena me cae bien, no dudo en contestarle, eso sí, a la gallega o sea, con otra pregunta “¿treinta y seis en Sarajevo?” “no hombre, no; aquí en el barrio.” “pues no tengo ni idea, Elena, de verdad que lo siento; si quieres salgo y pregunto por ahí.” “No hace falta (me dice) ya te lo digo yo; ¿tú te acuerdas de aquel abuelito pequeñito, con la cabecita pequeñita y una gafitas pequeñitas, que siempre se tomaba un cafetito y leía el periódico?.” Con tanto diminutivo seguido me estoy empequeñeciendo yo mismo e incluso me va a costar distinguir al abuelo en mi memoria. Casi dudo de lo real del defuncionado. Quizás de todo tan pequeñito, el pobre abuelo ni existía. Por otro lado, tampoco son horas ni lugares para explicarle a Elena mis dudas. “Si, Elena, me acuerdo de él” “pues ayer se murió así, sin más; ¿sabes cómo?” “sí. Así sin más” le contesto desarmado. Se medio sonríe para sus adentros y me dice “venga ya, güasón” “pero Elena, si no sabía ni que había muerto, ¿cómo iba a saber cómo…?”.
Creo que no me escucha esperando a que acabe de hablar, porque de cada diez veces, nueve se toma a broma lo que digo; pero eso le pasa a mucha gente que se queja de que cuando hablo, no saben si lo hago en serio o no. La verdad es que yo siempre hablo en serio; el problema es que los demás me escuchan en broma y por eso pasa lo que pasa: que parezco el arquitecto de la torre de Babel…”pues yo te digo cómo” dice Elene servicial como buena conserja que es.
Se levanta, deja a la vista la solapa en la que lleva un pin con el lazo metálico y rojo de solidaridad con los afectados por el Sida y que, por cierto, quedó en que me conseguiría uno igual para mi incipiente colección, (porque tengo la manía de que, en cuanto tengo dos cosas de algo, empiezo una colección: chapas de botella, mecheros, periódicos, máquinas de escribir, vasitos de chupito, botellas de licor en miniatura, virus de ordenador, gafas usadas, monedas, sellos, herramientas antiguas y antigüedades en general… y ahora, pins o pines o como se diga.) se aclara la voz, Elena, y relata. Yo atento porque, evidentemente, es una información crucial para ejercer el derecho al voto.
Tema: “La muertecita del Abuelito Pequeñito…” “el hombre se ha muerto con la llave en la cerradura” informa Elena, y yo no sé si tomarme la información por el lado literal o por el lado metafórico. “¿qué llave y qué cerradura, Elena? Inquiero, ignorante de mi. “Pues que la vecina de enfrente salió y se lo encontró allí, de pie, dándole la espalda y con la llave en la cerradura; como abriendo o cerrando; no se sabe si iba o si venía” “Elena, cuando uno está muerto, poco puede importarle ya si va o si viene” y ella sigue con su desinteresado informe, sin oírme, pero sin dejar de escucharme “parece que la vecina le dijo: abuelito ¿qué hace ahí paradito? ¿no puede abrir la puertecita? Y el hombre allí paradito que ni se mueve ni dice ni respira; claro, como que estaba muerto; ¿de qué le iba a servir ya respirar?. Vaya una muerte rara ¿no?” “más que rara, original; es como morirse menos y sin querer molestar” le digo en plan filósofo y ella, “pero digo yo, si el hombre se encontraba mal, podía haberle tocado el timbre a la vecina” y otra vez a discernir entre lo literal y lo metafórico. “Elena, no creo que estuviera el hombre para tocarle nada a nadie y mucho menos para pedirle a una vecina que le haga sitio en el sofá para morirse y tal”.
Entre informes y elaboradas opiniones personales, consigo deducir que seis horas después de que la vecina encontrara al abuelo delante de su propia puerta, apareció el señor juez para hacer el levantamiento del cadáver. Y durante todo ese tiempo de espera, el pobre hombre allí, con la llave en la cerradura, de pie durante seis horas, intentando abrir una puerta que no iba a poder abrir y además, poco le importaban ya la puerta, la vecina, la cerradura y la llave; esperando que el señor juez apareciese y le diera permiso para acabar de morirse en paz.
Triste y macabro como la vida misma.
Y en la calle, ante la puerta de la portería, dos policías barrando el paso a todo aquel que no pudiese demostrar, con papeles, que era vecino de la escalera. El muerto esperando al juez, los vecinos esperando al juez, los policías esperando al juez… y el juez en una boda; la suya.


Todo iba a la perfección. A medida que iban entrando, Elena los ponía al corriente y así, desde las secretarias hasta los asistentes, pasando por las psicólogas, las sociólogas, el encargado del teatro, las otras conserjas, los del bar, los de la limpieza, yo mismo, tres abueletes que siempre andan por aquí, como perdidos, buscándose los unos a los otros, los pedagogos, los de la ludoteca, las vecinas de Miguel que siempre van a tomarse un cortado después de dejar a los críos en el cole… vamos, todo el mundo que osa poner los pies en el vestíbulo, despistado o no, deja un pequeño dispendio monetario, con la finalidad de comprar un par de coronas de flores funerarias para enviarlas al entierro del abuelito pequeñito.
Elena se encarga de telefonear a las dos floristerías del barrio, la de la plaza roja y la de la plaza verde, encarga las coronas, ¡¡¡que ya están preparadas!!! según nos informa sobre la marcha; como no sabe la dirección, decidimos, también sobre la marcha, que las traigan aquí, al centro cívico.

Y digo que “todo iba a la perfección”, porque así es. “Iba”. En cuestión de segundos dejó de ir bien, y pasó a no ir. Ni bien ni mal. Ni masculino, ni femenino, ni neutro.
Feliz como una col de Lombardía, aparece como si tal cosa el abuelito pequeñito, presumiblemente en estado defuncionado, se va tan pancho para la barra del bar, pide un cafetito con leche, saca de un diminuto monedero unas monedas, paga lo que tiene que pagar, y coge caminito para el mostrador de información donde, risueño como siempre, le dice a Elena, que como todos nosotros se ha quedado de pasta de boniato, “Buenos días, guapa, ¿me podría usted dejar el periódico? Ya sabe, para leerlo un poquito” “pero abuelo (casi grita Elena) ¿usted no se murió ayer?” “no hija, no; que va, es que me dio la catalepsia y cuando me da, aprovecho para pensar. Pero cuando vino el señor juez se me pasó, les invité a una copita de orujo, a él y a su recién estrenada señora, les conté lo que había estado pensando y estuvimos riendo hasta las cuatro de la mañana con las cosas de la vida, cantando “…a las barricadas, a las barricadas, por el triunfo de la confederación…”.
Hasta ahí, más o menos todo controlado. Pero cuando aparecen las floristas, las dos, cargadas con sendas coronas de flores y preguntando dónde las dejan y a quién le cobran, a todo el mundo le da la cistitis y los lavabos se colapsan.
El abuelito se mira las coronas, se persigna a la antigua usanza, y de un manotazo se espanta la mosca que tiene tras la oreja. “Gracias por el periódico (dice dirigiéndose a Elena). Oye, guapa, ¿es que hay algún velatorio?”; y sin esperar respuesta, se sienta en la primera silla con la que se tropieza, se acerca la mesa más cercana y con el primer sorbo de café, comienza a mover la cabeza como aprobando el chiste gráfico de la última página. El de “el roto”.
Yo decido que es el mejor momento para hacer lo que mejor se me da: desaparecer.
Me monto a orcajadas sobre el carro de la compra, activo el dispositivo que conecta los propulsores a reacción, enciendo los antiniebla, saco los alerones, pongo en marcha el detector de minas ecológicas, pulso el encendedor automático de cigarrillos, introduzco en el panel digital la clave de apertura del cenicero, y cuando ya me he cercionado del correcto funcionamiento de mi carrito del mercado, poco a poco, con disimulo, comienzo a darle a los pedales.
Nadie me ve desaparecer, pero da igual; estoy seguro de que sólo el abuelito se ha dado cuenta de que yo estaba allí, porque me despide diciendo adiós con la mano…

jueves, 7 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (VII)



EL PERRO DE MIS AMIGOS

(Capítulo siete)


Paso olímpicamente de la buena esperanza y me la suda que Franki se levante o no de mala leche; empiezo a picar con los nudillos en todas las partes picables del exterior de la casa y tanto me da que arda Troya. Como es un piso bajo, no hay problema de vértigos.
Ya sé que es temprano, pero la aventura es la aventura. Pico en la puerta de la calle, en el cristal de la ventana del comedor y por fin, en la persiana cerrada de la habitación. Trini también dormía hasta que mi valeroso rescate la ha sacado de cualquiera de sus pesadillas.
Me abren los dos, como ayudándose, me miran los dos, me ven los dos y me odian los dos. No es para menos, porque para ellos son las nueve de la madrugada; solo hace cuatro horas que se fueron de mi casa después de perder, al trivial, una olla de callos y tres llaves antiguas. <¿tú nunca duermes?>, me escupe Franki de lado, y yo..."sólo cuando duermo".
Una vez dentro, me río para disculparme . Parece que Trini me agradece el haberla sacado de un mal sueño, porque se pregunta a sí misma si alguien quiere café; "pues claro que quiero café, no pensarás que he venido a veros a ti y al ladrón de letras este"; porque Franki toca la guitarra en un grupo de nombre húmedo, Charco o algo así, y no hace mucho descubrí que están utilizando una letra de cuando yo tenia tres generaciones menos, que sacó Sergio a ritmo de tango, pero que estos ladrones cantan a ritmo de blues. O eso es lo que ellos dicen que es, un blues; el caso es que…”Yo tenía medio bollo, ella tenía la otra mitad, en su bollo había jamón, en su bollo había jamón, y en el mío no había ná….” sólo suena bien si es como tango.
Y entonces aparece el perro, que no se parece en nada, físicamente, al de la peli de Isasmendi, pero mentalmente es igual de cabrón. De un coletazo, de los de alegría, me hace polvo la muñeca izquierda aún convaleciente de la rotura.
Yo no tengo nada en contra de los animales. Ni a favor. Siempre que se limiten a ser animales y basta; se trata de un problema de adaptación; o de desadaptación: a mí no me da la gana de adaptarme a ellos y ellos no consienten en adaptarse a mí.
Pero con este perro es otra historia. Cada vez que entro en la casa, el muy bestia se me tira encima y me veo aguantando sus bofetones de cola y los lametones de alegría reprimida que podría seguir reprimida. La verdad es que es un perro, dicho en el más hiriente y ofensivo de los sentidos. A pesar de no tener contra él más de tres o cuatro veces lo que él tiene contra mí, creo que en el fondo nos odiamos por igual. Pero él lo disimula, el muy hipócrita, haciéndose el simpático y moviendo la cola.
Más que de una raza definida, estoy por apostar que es un hibrido de todas las razas por definir; a la vez y en todo, incluso en lo mental. Es un perro que se emperra en ser, realmente, el mejor amigo del hombre, pero debe creer que yo soy el único de por aquí y no se molesta en preguntar si lo quiero como amigo; y es evidente que no lo quiero.
El caso es que una vez superada la película del perro, me voy directamente a la habitación de la cría que a estas horas ya se ha marchado al cole. Como es natural, aún con la ventana abierta, la habitación huele a pies que tira de espaldas, rebotas, te vuelve a tirar de espaldas y así hasta que pierdes el conocimiento. Porque a la cría le cantan los pies pese a quien pese y a quien sobrepese.
Le quito al ordenador la bandera catalana con la que lo defienden del polvo, pulso el pulsador, que para eso está, y me da un calambrazo del copón; "císcome en todos tus microchips, maldita continuación de una estrecha mente yanki" le digo, porque es un IBM de los de andar por casa. No me contesta; de hacerlo, sabe que soy capaz de pedir el comodín del bate de beisbol, pero me parpadea desde la pantalla mientras hace lo que tiene que hacer. Se encienden las lucecitas de por aquí y por allá…
No es que yo sea un portento en cuanto a lo del coeficiente intelectual (según si el día es lluvioso o no, oscilo entre el 48 negativo y el…48 negativo) pero cada vez que me encuentro delante de un ordenador, lo rodeo y a traición, le instalo el programa que utilizo para escribir. Entero. Siete diskettes de doble densidad; por lo que pueda pasar.
Tengo el programa en el ordenador de Miguel, en el de la cría de Trini, que es este, en el que Johnny le ha dejado a Kike, en el de las crías de María, en Palau, en otro que tuve durante un tiempo en casa, hasta que lo vendí por diez billetes más de lo que me costó… ni me acuerdo de las veces que lo habré instalado.
Mi primo también lo tiene, pero ese lo instaló él. De hecho, fue él quien me lo consiguió.
Lo de antes, lo que decía… “No es que sea un portento en cuanto a lo del coeficiente intelectual…” no viene a cuento, pero me sirve para hacer un repaso mental de los lugares a los que puedo recurrir a la hora de centrar o corregir el texto. De imprimir, no hay manera.
…y yo delante de la pantalla gris, después del calambrazo, esperando a que se acaben de ejecutar las órdenes internas.
Vale; me toca. Meto el diskette en la diskettera. Llamo al directorio que me interesa, CD tal, orden de ejecución, sólo tal, perfecto; selecciono el archivo en el menú, Alt-A, cambio de unidad de directorio, D, selecciono lo que me da la gana y aparece el texto que tengo que corregir.
Todo bien… hasta que aparece el perro y decide corregir él; y como con la cola no tiene bastante, se endereza sobre las patas traseras y comienza a teclear directamente con las patas delanteras y a boleo. El muy perro insiste en hacer amigos, pero yo no trago. Creo que ahora sí que tendría que pedir el comodín del bate de beisbol.
Despulso el pulsador, que sigue en el mismo sitio, y le corto la corriente a esta máquina idiota aunque en realidad, más que cortar, lo que hago es quedarme yo con la corriente porque acaba de pegarme el segundo calambrazo. Le dedico al perro, con todo el odioso cariño de que soy capaz una larga retahíla de insultos barriobajeros y el muy borde, se hace el sordo y se larga ladrando El puente sobre el río Kwai, versión rap, contento como si acabase de ganarle una partida de ajedrez al ordenador. Y yo alucino, que es algo que me cuesta poco, además de ser gratis.
Como no soy tan tonto, esta vez le doy al pulsador con una percha y a distancia; y como tampoco soy tan listo, no tengo en cuenta que la percha es de diseño, pero metálica. Recibo con resignación un nuevo patapúm eléctrico y empiezo a sacar humo por la nariz; como en los dibujos animados. Tranqui, socio, que es el humo del cigarro.
Repito todo lo del CD tal y el Alt-A y todo eso, mirando de reojo hacia la puerta por si al perro le da por volver a entrar para ayudarme, pero no entra; así que corrijo deprisa, ESC y vuelvo atrás, Ctr-B, centrar y guionar de forma artesana; casi acabado. Selecciono grabar y salir, grabo y salgo, y fin.
Saco el diskette, lo enfundo el la bolsita de plástico, el diskette, y dejo el ordenador funcionando. Que calambree a otro y si puede ser, que sea al perro asqueroso. Por listo.
Franki me dedica siete ruidos y treinta y tres gárgaras cuando paso ante la puerta del lavabo y como voy mirando a la derecha, tropiezo dos veces y a la vez: con el maldito perro que siempre está donde no tiene que estar, y con Trini que sale de la cocina llevando los vasos de café en la mano.
Como era de esperar, el café cae encima del lomo del perro que se queja un poquito porque quema, y yo me descojono mentalmente (¡qué bonito¡) que se joda el perro.

"vale. Pongo otra cafetera" dice Trini; "vale. pones otra cafetera" digo yo; "fffale. Gue poga odrla aheteha" dice Franki entre gárgara y gárgara. <¡Otra no, por favor!> piensa el perro.

Los tres sin decir palabra y meneando el café con la cucharilla comunitaria, uno menea y dos esperan, ocupando cada uno un lado de la mesa; el cuarto lado, la mesa es rectangular, está pegado a la pared aguantando un espejo de mural. Así da la impresión de que somos seis, repetidos de dos en dos. Tres parejas de gemelos, tomando café. Y ojo a la mesa, que no es una mesa cualquiera: un tablero de aglomerado de dieciséis, de dos metros por uno y medio, lacado en negro y con dos agujeros grandes y cuadrados en los que están encajadas sendas racholas de las del suelo, gris clarito con motas de gris oscuro, casi negro, de treinta y cinco por treinta y cinco. Las patas de la mesa son de otra esfera: el hierro forjado que servía de soporte a una antigua máquina de coser, ruedecillas incluidas. Y de las sillas, pues ya ves… la de Franki, metálica tubular con respaldo riñonero, la mía, plegable de las de la playa a rayas verdes y granate y la de Trini, de tijera pero de caña de bambú; la del gato, porque también hay un gato negro, silencioso y distante, es una butaca de madera con cojín azul, que hasta el azul huele a gato. Hay otra silla en un rincón, pero no la utiliza nadie porque es de oficina y aquí nadie sabe como funciona. Y lo que menos destaca, en una pared abarrotada de naderías, es un tapiz pequeñito que monté sobre una madera maciza, con hilo dorado y flecos de bolas azul cobalto y que se llama Tuareg. Por lo del azul.
La verdad es que el comedor parece un boceto de Dalí cuando empezaba.
Acabo el café, que se ha quedado frío esperando el turno de cucharilla, le digo a Franki, por enésima vez, que me regale el romancero gitano de Lorca, y por enésima vez me enchega a pastar fango. Tiene una edición de 1936 que vale una pasta. Que me suicide, dice Franki entre gárgara y gárgara. Yo también le quiero.
Captado el mensaje, cojo las llaves antiguas que ya son mías porque las gané al trivial, les recuerdo que nos deben, a Marga y a mí, una cazuela de callos, y les veo meterse de nuevo en la habitación después de darme un beso de buenas noches. No esperaba menos de alguien que soporta vivir en compañía de semejante perro.
Agarro la cafetera por el mango, que en realidad es la maneta de una puerta, solo que reciclada en mango, y vierto lo que queda sobre el lomo de mi amigo, el asesino potencial, formato canino. Ya no quema y el animal se puede entretener lamiendo hasta la hora de comer, que aquí será la hora de desayunar. Pero al perro le da igual, porque se alimenta de sus malas ideas. Siempre contra mí. Creo que tiene un cactus por cerebro; casi como yo.
Cierro la puerta por fuera pensando en lo de lo cruel que es no poder recuperar el instante inmediatamente anterior al instante en el que se vive. (Ya, vale, me habría ido bien una coma (,) en alguna parte, porque la frase puede resultar larga; lo sé, soy consciente, pero si no la podéis leer de un tirón, es hora de empezar a creer en dejar de fumar.)
Sigo pensando, aunque a estas horas de la mañana no es lo que mejor se me da, en lo ingrato que debe resultar ser perro. Pero si además de ser perro, eres cafeinómano…eso ya tiene que ser la leche en polvo. Con la cafeína corriéndole a uno por las venas, bumbum, bumbum, y la yugular a punto de estallar por la tensión arterial o algo así. Y como única queja, un ladrido tan raro que no sabes por donde cogerlo.
Creo que más temprano que tarde, este perro acabará saliendo del armario; a mí no me la da…

jueves, 31 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (VI)


MEDICINA GENERAL (dos)


(Capítulo seis)



Y ya estoy en hoy, que madrugo y tengo agujetas hasta en las pestañas gracias a los sacos de arena de Miguel.
Le preparo el café a Marga (para mí nada, porque el análisis de sangre es en ayunas), preparo también los dos almuerzos para el crío porque el crío, pobrecito mío, almuerza dos veces, y me voy para el ambulatorio de San Andrés.
Todo perfecto; de verdad.
Me llaman para sacarme sangre, entro, me siento en un sillón de escai casi negro, me dejo atar la goma en el brazo cuando la enfermera, o la practicante o lo que sea está mirando lo bien que le ha quedado el nudo de la goma, le informo de que ese brazo es el malo; el bueno para sacarme sangre es el otro; que en el que me ha puesto la goma, en la mili me dijeron que no tenía venas. Pero es que en la mili, lo primero que te dicen es que no tienes nada.
Así que armada de la paciencia que no le exige el convenio laboral, cambia la goma y se está no menos de diez minutos buscándome su vena preferida; no la encuentra y desiste. Parece que ahora se conforma con cualquier cosa que parezca una vena. Por fin encuentra algo. Mete la aguja, hace retroceder el embolo de la jeringuilla y saca la sangre que tiene que sacar; y como la tiene que sacar, oscura y espesa, que es como siempre la he tenido.
Yo ni me entero.
-¿Te he hecho daño?- -Nada de nada, oye; estoy por darte 250 centilitros más de regalo- Doy las gracias casi rozando el suelo con la frente y, literalmente, ruedo por las escaleras para llegar a tiempo a las radiografías. Seis pisos rodando y ni me despeino.
Radiografías en la planta baja. Aquí mejor que antes. Le doy los papeles a la señora del mostrador, los mira, me mira, me remira y dice -espere al fondo del pasillo-. –Al fondo del pasillo- repito en voz alta como para informarme a mí mismo. –SÍ SEÑOR, AL FONDO DEL PASILLO LE HE DICHO. ¿ESTÁ SORDO?- me grita la señora y yo -perdone, señorita, ¿cómo dice?. Es que soy un poco sordo; sobre todo a partir de los 143 decibelios-.
Y el pasillo que parece no tener fondo. Pero bueno, el caso es que llego, reclamo la atención de los presentes, me programo la voz de Nina Hagen e inicio, a capela, el Nessun Dorma, de Turandot. Puccini. Acto tercero escena primera.
-Nessun Dorma…NESSUN DORMA…- y cuando acabo, la gente aplaudiendo a rabiar; incluso la señora del mostrador. Dos abuelillas salen llorando a la calle y vuelven con varios ramos de claveles, los reparten y todos y todas me lanzan flores entre gritos de bravo, bravo, otra, otra…y, ya presto estoy para realizar un glorioso bis, cuando aparecen tras los cristales los clones de Popeyeitor, disfrazados de guardias jurados, porras en mano y dispuestos a poner fin al recital.
Me salva la voz impersonal de los altavoces diciendo que quien se llame como yo, o sea yo, se persone en la puerta cuatro desprovisto de cadenas y pendientes. Desaparezco tras la puerta cuatro y no me quito ni cadenas ni pendientes, porque no uso, y además me dejo puestas las cervicales, que nunca se sabe.
Me hacen un par de fotos, frente y perfil y cuando salgo, la gente sige aplaudiendo pidiendo más, lanzando flores y abucheando a los popeyeitors que continúan porra en mano. Pero ellos y sus caretos malgeniados tienen más peso específico, y yo hago mutis por el foro sonriendo y lanzando besos a mis incondicionales. Otra vez será.
Subo al bus y tras pagar lo convenido, me pongo a deleitar a los aburridos usuarios con mi versión de “el loco en la colina”, de Lennon y McCarney.
“Dai after dai, alone on te jil, te man güi te folis grin quepin perfecti estil, bat nobodi güants tu nou jim…”
Porque, digan lo que digan, nada como un día cantarín para superar la medicina general…

jueves, 24 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (V)


MEDICINA GENERAL (uno)



(Capítulo cinco)



Hoy madrugo porque ayer bajé al médico y ya tengo el día organizado; pero empiezo con lo que fue y después sigo con lo que es.
Salí, como siempre salgo, a comprar el pan, solo que decidí comprarlo en el súper y así tengo excusa para tomarme un cortado en el centro cívico; llego y María, la inminente suegra de Miguel, me recuerda que he quedado con él y a mí se me cae el alma al suelo porque cada vez que quedo con Miguel me cuesta un cansancio infinito. Me tomo el cortado, le pago a María, y encarrilo camino del cansancio.
Cuando entro en el piso, con el pan y cuatro cortados encima, el número de bares que encuentro en el recorrido, me entero de que el camión aún no ha llegado y Miguel y yo nos pasamos cerca de dos horas hablando del tiempo, de hacienda, de dimisiones y de corrupciones y, cuando ya tengo la chaqueta puesta y me estoy despidiendo en la calle, aparece por la esquina un tío con cara de mala leche. El chofer del camión. Se nos acerca mucho y pregunta con la voz desde la tráquea, recién operado -¿aquí?- -aquí- le contestamos los dos a la vez; -¡joder! Vaya pasaje, por aquí no entra el camión!!!- y es que Miguel se ha comprado un piso metido entre bloques y para dar con él hay que hacer un máster en laberintos. A los diez minutos aparece el camión y parece uno de esos que salen en los huevos de chocolate; deduzco que el chofer se queja de vicio.
Miguel, muy amable, me ayuda a quitarme la chaqueta y sin perder su eterna sonrisa, me ofrece unos guantes justo de mi talla.
Total, no menos de treinta sacos de arena, diez o doce de cemento-cola, racholas por un tubo, suelo de gres gris como veinte cajas, flexos, tuberías de cobre, más racholas, más sacos, más de todo…( la verdad es que en lugar de reformar el lavabo, lo que quiere es construir un bloque nuevo. Este camión, más el de la semana pasa, ya suman…cinco).
Cuando acabamos de descargar y subir el material al piso, chorreamos sudor como para fabricar dos o tres océanos. El chofer de la voz traqueosa, desapareció en cuanto la última rachola salió del camión y cobró la factura, iva y propina incluidas.
Nos tomamos un kas, Miguel de naranja y yo de limón, con unas patatas fritas de bolsa (calidad suprema, precio recomendado), y salgo corriendo porque me pilla el toro para preparar la comida.
Hoy, macarrones; son una solución rápida. El crío se los come sin mirar, pero yo no puedo con ellos. En realidad, con lo que no puedo es con los macarrones que preparo yo; cuando como en un bar o en casa de alguien, si hay macarrones, encantado. Pero si se trata de los que cocino yo, ni los miro. Así que el crío macarrones y yo un par de huevos fritos.
Llego a casa, me ducho, preparo la comida preconcebida, aparece el crío cantando que ha recuperado natu y mates y olé (creo que se refiere a naturales y matemáticas, pero no entiendo lo de olé), comemos cada uno lo suyo y salgo corriendo para el médico porque tengo concertada la hora de visita: YA.
Entro en el ambulatorio organizando mentalmente los saludos…y no saludo. El celador está en la duermevela y no se entera, Lourdes, la dire de L’informatiu, no se deja ver, Miguel está picando paredes en el piso y no reconozco a nadie más. En la pared hay un cartel gigante que ruega silencio de forma contundente: un loro verde y debajo, un letrero que reza: “¡NO SEAS LORO, COÑO!”.
Saludo al loro sin mirarlo -hola, loro- -hola, hola, hola..-, además de verde es borde.
Me siento frente a la puerta doce del segundo piso y, como siempre, espero. Y espero. Y espero…
Sale la enfermera con la lista de visitas y lee -Marga tal y tal-, me levanto con la barba puesta, entro en la consulta y la doctora me dice, sin mirarme, -siéntate, Marga- me mira, me ve y..-¿Margarito?- -ni una ni otro- digo yo y le explico que Marga se rompió un pie hace una semana, (de verdad, se rompió un pie, uno solo, porque pisó mal en el único escalón que había; de haber dos escalones, seguro que se rompe los dos pies)…-y yo te traigo (le digo a la doctora) el informe del traumatólogo para que me digas cuando y donde le quitamos la escayola-.
No hay problema.
Lo arregla todo, sella un par de hojas amarillas y fin.
Como ya estoy allí, ataco con lo mío y así aprovecho la visita. -que me mareo-, le digo; -vale, algo más?- -algo más, pero ya voy servido con los mareos- -cuenta, cuenta-; la doctora es más joven que yo, está de buen humor y le cuento que, por ejemplo, voy andando y de buenas a primeras se me van la vista y la cabeza. Dos o tres segundos. Después todo vuelve a su sitio y yo no he perdido ni el paso, o sea, que no es por agacharme o levantarme con brusquedad, porque me pasa cuando estoy de pie. Le digo lo de los dolores de cabeza y ella le pide a la enfermera que me tome la tensión. Aprovecho el lapsus para enterarme de qué se ha roto Marga -no hay rotura, hay fractura- -¿de qué?- -de la base del quinto metatarso- -claro- …pero estoy pensando que como si me la pica un pollo. No sabía que Marga tenía un metatarso, ¡¡¡ iba a saber que no, que tiene cinco !!!, o más. Mejor paro de preguntar.
Y la enfermera, que se queda con mi cara, se quita el zueco blanco y el calcetín negro, y me da una clase magistral en torno a la situación de la fractura. Queda medio claro que la cosa está en la parte externa del empeine, pero por abajo. Como si se hubiese roto un trozo de la planta del pie.
Después de la demostración me lía el brazo derecho con lo de la tensión, mete el endoscopio (¿endoscopio?) entre el brazo y la tela impermeable y empieza a dar aire con una pera de goma.; cuando la aguja se para, la enfermera alucina.
Lo saca todo y me monta la misma tómbola en el brazo izquierdo. Vuelta a empezar y cuando acaba, sigue alucinando -doctora, este hombre tendría que estar muerto- y a mí me dice que estoy a no sé cuantos y no sé cuantos y que tengo pinta de sumarme a los súper-hipertensos; yo le digo que todo eso ya me lo dijeron en la mili, pero que de lo que te decían en la mili, la mitad menos tres. O cuatro. -pues te vamos a controlar durante unas cuantas semanas y, de entrada, menos café. O ninguno. Y del tabaco hablamos el próximo día-. Yo respiro fuerte, cojo aire, y no le doy las gracias. Sólo faltaba.
La doctora, que sigue con buen humor, acaba de rellenar papeles, sella, sonríe y recita. Pero abrevio: un análisis de sangre completito, diabetes incluida, y un par de radiografías de las cervicales.
Me explican entre las dos el sistema de pedir hora por teléfono (por teléfono, como si fuera tan fácil desde casa), porque no me entero, y sintiéndolo mucho no tengo más remedio que pedirles, por favor, que me lo den por escrito. Dos veces. Pero se niegan.
Y ni por esas. Salgo sin haberme enterado de nada, más por culpa mía que de ellas, y para consolarme me invito a un cortado en el centro cívico, dónde si no?. Ya empezaré mañana a rebajar la dosis de café.
Cuando llego a casa empiezo los intentos telefónicos para concertar hora en el ambulatorio de San Andrés y ¡¡¡lo consigo a la primera!!!; pero no solo eso, además me lo monto para poder hacerlo todo hoy, que es el día después…(continuará)

jueves, 17 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (IV)


LECTURAS, TELEFONOS Y TELEVISORES

(Capítulo cuatro)



La media tarde, a poder ser de un día festivo y mejor aun si llueve, es uno de los mejores momentos para practicar el sano deporte de riesgo de la lectura; aunque los deportes, salvando de la crema a dos o tres, como el ajedrez (no por su lado bélico, sino por lo que tiene de esfuerzo mental para el desarrollo de la lógica de previsión), las canicas, el tejo, el lanzamiento olímpico de chirimoyas peladas (fruto del chirimoyo) y la lectura como tal, los deportes, digo, poco tienen de culturales.
Dicho y hecho. Hoy es fiesta, media tarde, creo que en la tele caballos que corren como locos preguntándose porqué corren como locos, un café…perfecto.
Empiezo, cómo no, con la mejor novela de aventuras jamás escrita. Tiene intriga, pasión, incesto, masacres, incendios, fantasía, buenos, menos buenos, malos, malos malísimos, más buenos, más malos, sacrificios, sexo gratuito e incluso subliminal… menú completo. Perfecta combinación.
Abro al azar. Éxodo 21:9. El 9 no lo entiendo, el 10 no está mal, el 11 algo machista, el 12… el 12 acaba diciendo -…ha de ser muerto sin falta.-, el 13…, el 14 -…has de llebarlo a mi altar a morir.-, el 15 -…ha de ser muerto sin falta.-, el 16…, el 17 -…ha de ser muerto sin falta.-…Por hoy, ya tengo hecho el cupo de muertos.
Apaga y vámonos. Cambio de libro.
Suela el teléfono, lo cojo -diga-, digo, y al otro lado del hilo -…dieciséis horas, tres minutos, cuarenta y siete segundos…piii…dieciséis hor..- me quedo de pasta de boniato pero no dejo que la tía monótona me achante; -que digas; que te escucho- y ella -…dieciséis hor..-; cuelgo y miro el aparato esperando que en cualquier momento explote; no explota y yo sigo con lo mío.
Bella del Señor, Albert Cohen; aprovecho el recordatorio para poner en el tocadiscos, en vinilo, claro, el de “Nuevos ángeles para una vieja ceremonia” del otro Cohen, Leonard. Vuelvo a abrir al azar: Capítulo 28, página 238, párrafo segundo. Tela. Describe al dedillo el sistema utilizado por los que mandan, en cualquier parte, cuando se reúnen para sacar adelante un país, una empresa, una acequia o una partida de mús; lo que sea.
Con tanta dudosa perspectiva de optimismo, cada vez tengo menos ganas de culturizarme. Ha parado de llover y cualquier escusa es buena para descansar de la práctica del deporte, por sedentario que este sea. Y es lo que hago; descanso sumergiéndome en otro tipo de cultura. Me entero de que: (uno) la hija de no sé qué cantante supuestamente famoso, ha decidido cambiar de marca de fabada en lata. Fotos en color a doble página de la susodicha chorreando fabada sobre su vestido de charol, sonrisa de oreja a oreja, dientes perfectamente alicatados hasta el techo y ojeras de diseño; la cara de haberse pasado la vida rompiendo platos; (dos) la princesa de Allí le tiene puesto el ojo al príncipe de Allá para todos sabemos Qué, todos sabemos Dónde, todos sabemos Cuando y todos sabemos Cómo; (tres) los cuatro que se separan este mes, se han citado con las cuatro que también se separan este mes, para concertar los precios de su próxima separación una vez cobrada la separación actual. Fotos de familia con los interfectos cogiéndose las manos y buscándose los cuernos con la mirada; (cuatro) salen dos que no tienen nada que decir, que esa es la noticia, y la foto es para que la gente no los olvide; (cinco)…(seis)…(siete)…
Y Leonard Cohen con el chunda chunda de que “esto es una guerra entre el hombre y la mujer…esto es una guerra entre…esto es una guerra entre…
Está claro que no hay forma de descansar cuando se practica el deporte de la lectura.
Vuelve a sonar el teléfono que, por cierto, ya me está tocando la gaita con tanto riiing riiing…; puedo dejar que suene hasta que se canse y deje de sonar, o puedo cogerlo, para que deje de sonar. Hago de tripas corazón. Esta vez no digo ni mú y espero a que quien sea se identifique; pero el muy borde debe estar esperando lo mismo y no se identifica…o sí -aquí el contestador automático de la sede Vaticana; al oir la señal comenzará el rezo del santo rosario mariano, con la actuación estelar de monseñor (no se qué, en suajiri); a los coros, las hermanas ursulinas que son muy buenas porque nos llevan de excursión; a los teclados fray escoba; a las maracas…-. Cuelgo consciente de mi cara de susto y verdaderamente asustado ante tanta amenaza. La curiosidad me entierra, pero si se trata de un bromista, creo que sé quién es.
Dejo a un lado la revista de “cultura general” y me lanzo directamente a la yugular de “La senda del perdedor”, de Bouwosky. Este hombre me consuela porque realmente lo pasa peor que yo; en lo que seguro no congeniamos, en cualquiera de sus libros, es en que el tío se pasa media novela borracho y la otra media, emborrachándose; por lo demás, se presenta como el más perdedor de los perdedores. Mi perfecto padrino.
Leo cuatro o cinco páginas salteadas y al acabar, completamente relajado, tiro el libro en dirección a la estantería y llamo con un silbido a mi mosca particular para que me dé un masaje en las cervicales. El último combate me lo ganó por mareo técnico.
Como la muy asquerosa de la mosca no aparece, me coloco delante del teléfono esperando que suene. Y suena. Esta vez no la descuelgo pero, por lo que veo, eso al aparato le da lo mismo porque empieza a hablar él solo como si estuviera vivo -hooolasss??? Con quién hablooo??? Me dices tu nombre, maruja guapa querida??? ¡¡¡hola, querida!!! Ya sabes que acabas de ganar un álbum para coleccionar cupones de ahorro (¿cupones de ahorro?) eso es, maruja guapa querida, cupones de ahorro; si contestas correctamente a una pregunta, entraras automáticamente en el sorteo de los cupones para que los puedas coleccionar pegándolos en el álbum. ¿Preparada? ¿Sí? Pues ahí va la pregunta: ¿Cuántas vez te he llamado “maruja” “guapa” y “querida” desde que estoy hablando contigoooo? OOOH, no, lo siento mucho, maruja estúpida idiota; adiós, otra vez será…-. Y vuelta a empezar por parte del ordenador del otro lado de la línea… -hooolasss??? Con quién hablooo??? Medices tu monbr…-. Increible. Puedo escuchar los concursos de la tele por el teléfono, sin tener que descolgarlo. Cuando se lo cuente a Marga no se lo va a creer.
Lo primero que hará, será decirme que la tele no funciona desde hace dos meses, porque con la tormenta se le quemó el no sé qué de no sé donde; que el teléfono está cortado por falta de pago, que con tanto café y tanto tabaco me estoy provocando una aluminosis cerebral, que me deje de tanta tontería porque ya soy mayorcito para andar por ahí queriendo llamar la atención, y que vaya ejemplo le voy a dar al crío con tanta gilipollez.
Después nos sentaremos los dos delante del teléfono a esperar que, con suerte, alguien llame y así podremos escuchar las noticias del telediario…
P.D. Están de obras en la fachada del bloque, adecentándola, y ahora tengo la casa MÁS llena de polvo. Voy a tener que cerrar las ventanas.

jueves, 10 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (III)


CENTRO CÍVICO, CÍVICO


(Capítulo tres )


Cuando entro, está allí toda la cartería almorzando. Correos queda dos puertas más allá, y todos los funcionarios, o casi, vienen en tropel apurando el tiempo y pidiendo todos a la vez. Ni me miran, porque están más que acostumbrados a verme entrar tirando del carro de la compra, lleno, antes de la nueve de la mañana.
Aparco el carro donde siempre, junto a la puerta de la barra, y contemplo el vestíbulo del centro cívico, recién fregado y oliendo a limpio. A estas horas da gusto venir; se puede fumar hasta las diez, casi no hay gente y después de que los carteros empiecen la digestión, puedo leer gratis la prensa; no es de los sitios en los que peor me salen las cosas.
Tenemos de todo; señoras y más señoras de la limpieza (ningún señor), conserjes a nuestro libre albedrío e incluso un par de psicólogas; pero la dulce locura de este barrio no la cura la escuela completa del doctor Jung.
Naturalmente, hay un director, macedonia de secretarias, administrativos varios, asistentes sociales titulados o en espera de titulación, algún que otro paseapasillos profesional… de todo.
Miguel tiene esa sonrisa sospechosa que se le junta en la coronilla. Nadie tiene una sonrisa tan exagerada recién acabadas las vacaciones, por cortas que estas sean. Seguramente se recrea viendo a los demás con cara de mala leche aunque, para tres que trabajan en este país, no entiendo que se pasen el día enfadados.
Miguel es el camarero y es el mismo que, según horario, trabaja de administrativo en el ambulatorio; sí, el que colaboraba en el arreglo de mis dos muñecas dislocadas. Por las mañanas ayuda aquí no se si a su inminente suegra, su inminente cuñada, su inminente esposa o a una ONG. Ayuda a quien le toca. El caso es que “por la mañana, rocío, al medio día calor, por la tarde los mosquitos, quiero se ayudador”; y este se apunta a un bombardeo, pero para recibir las bombas. Por las mañanas, en el bar, se dedica a la fabricación potencial de enfermos y las tardes las dedica a rehabilitarlos en el ambulatorio. Negocio redondo. Y como por lo visto le sobra tiempo, está en el consejo de redacción de L’informatiu y es su fotógrafo oficial.
-El sábado estuvo aquí el alcalde-, me dice sin variar ni un milímetro la sonrisa; -¿no dejó pagado un café para mí?- -no pagó ni el suyo-. Como todo buen alcalde que se precie..
Le pido un cortado, como siempre ( mi riñón ya está como la más próspera plantación de café, y un día de estos espero con impaciencia un buen cólico o algo de eso ), y le pregunto a Elena, la conserje, si ha llegado Pilar.
Pilar es una de las secretarias o de las administrativas o de las…no sé, pero es alguien. Seguro.
Ha llegado. Sale del despacho y ataco. Le pregunto si en su ordenador tiene el programa que necesito para imprimir. -Sí y no-, me dice.
-Vale-. No es que tenga nada contra los gallegos, al contrario; mi prima es directora de algo en radio Coruña, se casó con un gallego y a partir de entonces, se convirtió en una potencial aportadora de galleguitos que engrandecerán las arcas de esta comunidad; no podía esperar ninguna otra respuesta por parte de Pilar, porque Pilar es gallega. -Me explico-, dice una vez saboreada mi cara de estupor; -lo tengo en el menú principal y el escritorio, como opción de trabajo, pero lo borré en la última limpieza- Pongo cara de ser de letras, muy intelectual, y le sigo la corriente -lo tienes de forma virtual- -¿el programa?- -el programa-; ahora la cara de estupor es la suya y después de tres o cuatro segundos reiniciando la parte derecha de su cerebro, se defiende -no sé… lo tengo en el menú prin…- -vale, vale…(la corto antes de que vuelva a ejercer de funcionaria) …lo que quiero decir es que lo tienes de forma irreal, inexistente, falsa… virtual. Que está pero que no; y como no, no se puede ejecutar, aunque estuvo hasta que limpiaste el disco duro, seguramente con lejía-; -en realidad lo limpié con supraplux, que tiene triptonita-. Es un verdadero diálogo de besugos y Pilar se rebela como poseedora de un sentido del humor tan grande y tan gallego, comparable únicamente a la simpatía con la que llena el vestíbulo y yo, rompo con el plan de ser como de letras.
El caso es que estaba como al principio: sin poder imprimir, hablando como un besugo de cara estupefacta y pensando en qué echarle a la olla para hacer las lentejas.
Pero abrevio; el ordenador de abajo, en las oficinas, NO TIENE el programa que necesito, pero SI TIENE la impresora que necesito; y el ordenador de arriba, Pilar no sabe si tiene el programa, pero seguro que no tiene impresora.

Cuando vuelvo a la barra del bar, el cortado está como un témpano y Miguel, el sonriente, me pregunta si le pone unos cubitos de hielo; no le molesto con tonterías porque está leyendo la prensa deportiva; así que yo mismo lo vierto en la fregadera y le pido otro a su inminente suegra.
Entran juntos el punki y el skin. Auténticos y jevis. El uno con la bomber, las doc martens y rapado hasta el hueso del cráneo y el otro… de punki; con cresta en la cabeza, claro, e imperdibles por todas la orejas. Piden, cada uno, un baso de leche templada con sacarina y una bolsa de pistachos. Todo el mundo tiene los ojos puestos en ellos; me acerco y les pido fuego. Los dos encienden el mechero a la vez y me queman la barba sin querer; se disculpan, pero Miguel ya me ha enchufado un sifón en la cara y estoy chorreando. -Colega (me dice el punki) ¿a ti te suena Casio?- -sí; Casio Longino- -¿veeees?, longines también- se exalta el skin; -Longino, perdona- aclaro con toda mi buena intención. -Pues recita, colega, que aquí el amigo anda un poco con la bola pa’yá más o menos de cuando el Aníbal cruzaba en moto-. El punki parece culto, incluso diría que lo es, pero peca un poco en cuanto a la terminología expresiva del lenguaje. Me aclaro la voz, me seco la cara, me peino la barba con los dedos y recito; básicamente, que si el Longino echó una mato a la hora de cargarse a César, que si Brutus era Brutus, y no el malo de Popeye; que se fue a la guerra de Filipos, (Longino), y buscó a un liberto para que lo matara, (a Longino, o sea, a él mismo); que su nombre de pila era Cayo, cómo no, y que corría el año 42 a, punto, C, punto. Cayo Casio Longino. Fin. -Te enteras, cacho skin colega? (y el punki me mira y dice señalando a su amigo) este tío se creía que Casio era un reloj, y que Longino también- -Ya. Y Cesar una colonia, Liberto unos tejanos y Filipos, puritos habanos-.
El caso es que me pagan el cortado en agradecimiento por la clase magistral y como disculpa por lo de la barba, se pasan diez minutos haciéndose broma entre ellos y sin meterse con nadie, discutiendo animadamente de temas culturales y cuando se van, se despiden educadamente de todo el mundo; uno por uno; carteros incluidos.

La gente descansa y se relaja, afloja los esfínteres, se felicitan unos a otros por lo bien que han sabido llevar la situación y Miguel, manteniendo en todo momento la sonrisa, me pregunta feliz -¿sabes que coche me voy a comprar- -sí; el cocherito leré- -¿ya te lo había dicho?-. Me deja planchado. Después comenta algo de celebrar una cena para conmemorar el cumpleaños (uno) de la revista (L’informatiu). Cena en el chino de la plaza verde. Hablamos de contratar un par de payasos para amenizar la fiesta y al final llegamos a la conclusión de que ya seremos bastantes payasos solo con que vayamos la mitad de los colaboradores. Decidimos llamarlo celebración, porque las cosas buenas se celebran; las cosas malas son las que se conmemoran, se rememoran, se traen de nuevo a la memoria, se recuerdan… el caso es dejar claro que siguen estando presentes por malas que sean.
¿Para qué sirve que el gobierno japonés perdone las bombas atómicas, si cada agosto se rememoran? ¿Para qué sirve el perdón, si no se acompaña del olvido? ¿Para qué sirve un ordenador sin impresora? ¿Para qué sirve una impresora que no imprime la “ñ”? ¿Para qué sirve un cenicero en una moto?
Hay casi tantas preguntas sin respuesta, como respuestas que no merecen ser preguntadas…

jueves, 3 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (II)


SALIR AL “EXTRANJERO”

( Capítulo dos )




María telefonea temprano para invitarnos a comer. Quizás le pase algo en el trabajo, porque hoy es jueves y, aunque comience la semana santa, aquí se trabaja, por lo menos, hasta medio día. Marga dice que sí, que vale, que bueno y que vamos; no hay problema. Ella se irá desde el trabajo cuando acabe y yo desde casa. Nos vemos allí. El crío no va, dice, porque tiene deberes. Vale; le dejo preparados unos macarrones, que es lo mismo que comió ayer en casa de su abuela; le encantan los macarrones.
Cojo un par de diskettes por si puedo hacer algo en la oficina, ya que cuatro años trabajando allí me otorga algún derecho, me tomo un nolotil para prevenir posibles dolores de cabeza y andar tranquilo, pillo la puerta y me largo.
Todo está controlado: el pan en el congelador, los platos fregados y el polvo, en el mismo sitio que ha estado siempre; sobre los muebles.
Voy pensando en lo mío mientras bajo la cuesta hasta que reparo en un chaval que anda delante de mí. Tiene perilla de mosquetero y viste un tejano lila y una camiseta gruesa sin mangas y con capucha; me da la impresión de que está levantando unas pesas invisibles, hasta que caigo.
Mano a la capucha, saca de ella un cigarro, lo rompe, se lo desparrama por la mano, mano a la oreja para colocar en ella el filtro del cigarro, de nuevo a la capucha, saca el chocolate, corta un trozo con la uña, lo junta con el tabaco, mechero de la improvisada capucha-mochila, calienta el chocolate, lo mezcla, de donde siempre saca una biblia, coge una hoja y se lía, tan feliz, un canuto. Deja todo lo que le sobra en la capucha, enciende y a fumar. Yo semialucino por la maestría; todo sobre la marcha y con un dominio del copón.
Vale. El chaval a lo suyo. Quizás también va a casa de María a comer; nunca se sabe. La verdad es que no tendría que haber dicho nada porque ahora, la poli se dedicará a la investigación concienzuda de capuchas sospechosas.
Al crío la han quedado siete de esta evaluación.
Pero que tranquilos, que lo controla, dice; que las recupera todas y aprueba el curso, dice. Y un manojo de ajos tiernos, pienso yo. Tiene siete de esta… y cuatro de la anterior; total: once asignaturas por recuperar y a sumar lo que le quede de la tercera evaluación. Me tiene frito.
Espero que algún día se me quite la costumbre de referirme a él diciendo “el crío”. Mide casi 1,80 y calza un 47.
La gente se extraña y me pregunta ¿es que tienes un hijo?, y les contesto que sí, pero que me sobra metro y medio. No se me ocurre otra respuesta más falta de originalidad.
Cuando me doy cuenta, pensando en lo mío y siempre tras los pasos del de la perilla, ya he llegado a la parada del bus. El chaval también. Pasada una media hora, yo esperando y el otro fumando porros, llega un Parets; el chaval se acerca a la puerta, pregunta al chofer si para no se donde, apaga el canuto en el escalón y sube. Desde la ventanilla me lanza un par de besos y se despide diciendo adiós con la mano; como si de toda la vida.
Después de casi hora y media de espera y habiendo dejado pasar dos Mollet y un Sentmenat por autopista, aparece el de Caldas que es el mío. Subo y caminito. No para hasta la Llagosta y allí comienza la verdadera carga de personal; solo mujeres de mediana edad y que la que menos, carga con tres bolsas. Los jueves hay mercadillo en la Lagosta y viene gente de todas las poblaciones cercanas. No paramos en la Florida y entre la calefacción y la chaqueta tejana forrada de pelo, me estoy deshidratando; hace un sol que alguien diría que es de justicia, pero que en realidad es de la hostia.
En Santa Perpetua la descarga deja sitio para poder respirar con normalidad; después la carretera es recta y bordeada de polígonos industriales. Más carretera hasta el cruce de Sabadell-Granollers en el que, por lo visto, el semáforo lo instalaron ya estropeado a propósito. Es la entrada de Palau y yo me bajo en la próxima. Un matrimonio mayor, ciego él y con bastón, se las ven y se las desean para poder bajar porque los escalones quedan demasiado separados de la carretera y la altura, sobre todo cuando no se ve, es una aventura peligrosa; les echo una mano, sobre todo a él, y después de un cuarto de hora de maniobras ya estamos todos abajo presentándonos y despidiéndonos, arropados por los vítores de los demás pasajeros; …gracias, gracias y más gracias… y así hasta que me dan un millón de gracias llenas de sinceridad. Seguramente no les cuadra que alguien con pelo largo y barba, y con los tejanos rotos por veintitrés partes, se preste para ayudar sin pensar en robarles el bolso. “Pues de nada, señora”. Qué voy a decir ?.
Enciendo un cigarro y veo que esto no ha cambiado. Es un polígono industrial en el que han empotrado un montón de casa adosadas que parecen una sucursal de la nave de Gurb; el de Mendoza. Las grietas salieron después. Sigue el mal olor que despiden las industrias y el ruido que producen los camiones, o sea, tal y como lo dejé hace cuatro años, cuando decidí plegar del trabajo en la oficina. Aquí sí que la vida sigue igual… como en todas partes. Hace tres horas que salí de casa para hacer un recorrido de veinte minutos en bicicleta homologada.
Sudando pero tranquilo, me paro en el bar en el que comía cuando trabajaba en la zona, saludo a los dueños, pido un cortado, comentamos como nos va a cada uno, miro para atrás y… veo al Morgan sentado en una mesa leyendo el periódico. Me mira y nos saludamos desde el más profundo de los silencios con un inexpresivo movimiento de cabeza. Increíble. El Morgan es un semi abuelo intelectualmente camaleónico, que vive en el mismo barrio que yo y que se dedica a nada en particular, Pero “a nada en particular” como oficio; en serio. Si le preguntas, te contesta que trabaja “de nada en particular”.
De vez en cuando manda una carta a la sección de “cartas a la directora” de L’informatiu con el que colaboro. Por lo general son temas relacionados con el barrio y sin pies ni cabeza, que en su mayoría se inventa. Con tono irónico, cínico a veces, dice cosas como que está hasta las pelotas de las obras, que dónde está el alcalde, que si patatín que si patatán… firma como “el jubilado amateur” y cree que nadie sabe que es él quien escribe. Es un secreto a voces porque a todo el mundo le dice lo mismo -este soy yo. El jubilado amateur. Pero no lo digas que es un secreto- ; así que nadie le dice a nadie algo que se supone que nadie sabe, pero que no hay quien no sepa. Él cree que es escritor porque hará ocho años, su nieta le regaló una estilográfica recargable que encontró en un todo a cien.
El caso es que allí estaba el Morgan, la última persona que pensaría en encontrarme tan lejos del barrio.
Me despido de los dueños del bar después de tomarme el cortado y pagar, y me voy a la oficina.
Saludo a todo el mundo, besos, besos, y más besos, y me lío con el ordenador sin pedir permiso; no hace falta. Quien no sabe de qué va, ser lo imagina.
El ordenador es nuevo y mucho mejor que el mío, porque el mío es de los que funcionan con carburo y manivela, pero no puedo imprimir porque la impresora no reconoce la “ñ”.
Pillo caminito y me voy con un adiós desde la puerta.
Llego al 18 y después de tocar el timbre, que no suena, diez o doce veces, me doy cuenta de que la puerta está tapiada; estupendo.
Aguanto que el perillas me lance besos, me paso tres horas de viaje, soporto el ruido y el mal olor, no puedo imprimir y, encima, me voy a quedar sin comer.
La puerta debe estar recién tapiada porque paso un dedo y me llevo un pegote de cemento fresco.
Le pregunto a la vecina de la derecha si sabe algo, pero la vecina de la derecha no está como para saber. Riega las macetas con los ojos casi cerrados y apesta a oftalidón desde dos vidas más allá.
La vecina de la izquierda, jovencísima, parece que sí que sabe; y lo que sabe es que no pagan; tiene ganas de hablar. Le digo que me habían invitado a comer; como si a ella le importara, y me aconseja que, si no he traído la comida, empiece comiéndome la tapia y después, un par de macetas. Y yo, que solo las macetas, que soy vegetariano; se ríe (¿cómo se lo montará la gente que no sale por la tele para tener una dentadura tan perfecta?); me invita a comer con ella. Acepto y cuando estamos por el café, recuerdo que Marga también tenía que venir. La jovencísima me comenta que la Lola le debe dinero a todo el mundo; ¿qué Lola? -la de aquí al lado- ¿la de aquí al lado no se llama María? -María vive en el 28-.
Doy unas exageradísimas gracias por la comida a mi anfitriona, digo adiós y salgo zumbando. Hay cosas que solo me pasan a mí.
Golpeo con la mano la puerta del 28, abre una de las crías, saludo a todo el mundo echándole las culpas al del autobús, tomo asiento y a comer. Otra vez.
Con las natillas del postre, ya me sale la comida hasta de entre las uñas y comenzamos a ponernos las chaquetas para volver antes de que empiece la caravana. Salimos con los vasos de plástico del café y el la reja de hierro me tropiezo con el Morgan. Si no fuese porque esto no va de espías, diría que este tío me está siguiendo. -¿Vais para el barrio?- pregunta sin mirar, como quien se saca algo de entre los dientes; que sí, que vamos para el barrio -pues me lleváis-
Pues te llevamos, no se hable más. Lo que tú mandes.
A María no le entusiasma la idea, porque es ella quien nos lleva a casa.
Durante el viaje, el Morgan no abre la boca, por temor a que María se la cierre de una mirada. Lo dejamos casi tirado bajo el puente de entrada al barrio y nosotros seguimos hasta el bloque.
-Adiós, María. Y muchas gracias. Adiós, Adeu.
Y María gira y empieza el camino de regreso.
Como siempre, antes de entrar en caso miro el buzón; y como siempre, me arrepiento de haberlo hecho. Solo hay malas noticias.
Teléfono, no se cuantos mil; gas, cuarto y mitad; luz, más de lo mismo; el agua, ni te cuento. Y, encima, la contribución, las basuras y la escalera.
Menos mal que a final de mes, cobraré algo por las clases de tapíz.
Este barrio rozaría la perfección si alguien diese con la forma de eliminar los recibos.
O por lo menos, con la forma de que dejen de enviarme a mí los recibos de todo el mundo.
¡¡¡ Ni que yo fuese el hijo del jefe !!!...