jueves, 11 de febrero de 2010

(PUEBLO) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (XII)


AHORA VIVIMOS EN UN PUEBLO DE MONTAÑA


(Capítulo doce)

Ahora vivimos en un pueblo de montaña, he jubilado a la cartera de piel que me regaló Marga por mi cumpleaños, y tenemos un gato.
Y cinco higueras, un nisperero, varios manzanos, un huerto de no se cuantos metros cuadrados y trescientos cincuenta vecinos. En todo el pueblo.
Los vecinos no sé, porque conozco a pocos, pero el gato se lo pasa que te pees. Llegó a casa que no media medio palmo, y ya va camino de los tres cuartos de metro.
Se pasa el día cazando topos y ratolines de campo.
Una de las primeras noches pican a la puerta y nos mosqueamos porque para picar en la puerta de la casa, primero hay que picar en el timbre de la verja, y si pican directamente en la puerta, es porque se han saltado la verja.
El caso es que abro, y no hay nadie a la altura de mis ojos; pero a diez centímetros del suelo, me encuentro con, por lo menos, entre treinta y siete y sesenta y un ratolines de campo; todos con una cara de no te menees, que te metemos. Y yo de pasmarote delante de los ratones y el gato detrás de mí, temblando en gato, y sin decir ni miau. “que venimos a por ese” me dice el ratón de delante que debía ser el más viejo, porque llevaba bastón, señalando al gato. “ese se llama Gato, y vive aquí; no como otros, que están de ocupas”
Y el ratón del bastón, que ni se inmuta con la indirecta, sigue en sus trece; “que venimos a por ese, que ha asesinado al chamán” “al cha qué?” le digo yo que sé perfectamente lo que ha dicho. “que ha asesinado al gurú” “¡ah!, que se ha cargado al cura” y lo dejo descolocado.
“Gato, tu tienes algo que ver con el cura de esta gente?” Y el gato me mira, bosteza, se despereza, coge un palillo de su oreja y se pone ha limpiarse los dientes. La respuesta es clara. Se lo ha comido por los piés.
“mire, buen hombre, o buen ratón, o buen lo que sea, que pague el seguro, que para eso cobran. Le parece?” y el ratón saca una libreta no se de donde y me dice “si es usted tan amable de decirme el nombre de su compañía y su número de póliza...” y yo le doy los datos que me pide, y aquí paz y después gloria.
Pero la cosa no pasó de ahí. Ningún seguro vino a reclamar nada. Supongo que los ratolines de campo emprendieron su propio éxodo y creo que algo tuvo que ver el gato. Porque este gato es de letras. Es el único gato que conozco, y aquí arriba he llegado a conocer a no menos de ciento cincuenta gatos, es el único gato que conozco, digo, que sabe hacer la “O” con un canuto. Literal. Primero lía el canuto, lo enciende, y después con el humo te hace la “O”, la “Z” y la “W”; también escribe “t’estimo, mami” y “Blowin in the wind”; pero la canción entera, y en inglés. Bien es verdad que no sale de ahí pero, joder, yo no soy capaz de pasar de la “O” y además me sale rota; como una ese (una S así). Si fuera persona de creer en la reencarnación, diría que este gato antes fue cualquiera de los gatos de Allan Poe. O el mismísimo Allan Poe.
Y además, ronca.
Después vinieron las gallinas, el gallo, los patos, las ocas y, sobretodo y por desgracia, el puto zorro; pero el original, no el del Banderas, y a partir del puto zorro, sólo quedan la mitad de las gallinas y el gallo; con la mitad de las plumas y la autoestima por los suelos, pero gallo al fin y al cabo. Nos da la hora puntualmente, eso sí, a las dos de la madrugada, y poco más. ¿Pero para qué da la hora un gallo a las dos de la madrugada? ¿para que me acerque a regar los ajos? ¿para que corra a ordeñas unas vacas que no creo llegar a tener nunca? ¿para recordarnos que dentro de una hora serán las tres de la madrugada?; pues no. Para tocarnos la gaita a todos los vecinos del pueblo. Y no hay más que hablar. Con el gallo es mejor no discutir. No es ni de letras ni de ciencias. Es de “te saco un ojo, mamón”. Una vez le dije que dejase de comerse las lechugas y casi me cuesta la vida; desde entonces le dejo que se coma lo que quiera, menos mis uñas, que son sólo mías.
También llegó el perro, pero ese es de otro planeta y merece capítulo aparte; y no me invento lo de “otro planeta”, llegó prácticamente en una nave espacial y desde entonces nos trae por el camino… que quiere. Se pasa el día levitando y mascando tabaco. Y escupiéndolo, claro.
Marga llama a cada gato por su nombre, e incluso les pregunta cosas tipo si han pasado buena noche o si tienen hambre o si les apetece un vermú; pero eso no es grave. Lo grave es lo mío que cada vez que les pregunta algo, dejo lo que esté haciendo esperando a que le contesten; y aquí arriba no saben ni lo que es un psiquiatra. Lo más parecido es un vecino que planta sauces para hacer aspirinas.
Seguro que estáis pesando que desvarío, y tenéis razón. Acabo de darme cuenta de que me estoy fumando las acelgas y ya estoy a punto para la entrevista de trabajo en el ayuntamiento. Vamos allá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario