EL PERRO DE MIS AMIGOS
(Capítulo siete)
Paso olímpicamente de la buena esperanza y me la suda que Franki se levante o no de mala leche; empiezo a picar con los nudillos en todas las partes picables del exterior de la casa y tanto me da que arda Troya. Como es un piso bajo, no hay problema de vértigos.
Ya sé que es temprano, pero la aventura es la aventura. Pico en la puerta de la calle, en el cristal de la ventana del comedor y por fin, en la persiana cerrada de la habitación.Trini también dormía hasta que mi valeroso rescate la ha sacado de cualquiera de sus pesadillas.
Me abren los dos, como ayudándose, me miran los dos, me ven los dos y me odian los dos. No es para menos, porque para ellos son las nueve de la madrugada; solo hace cuatro horas que se fueron de mi casa después de perder, al trivial, una olla de callos y tres llaves antiguas. <¿tú nunca duermes?>, me escupe Franki de lado, y yo..."sólo cuando duermo".
Una vez dentro, me río para disculparme. Parece que Trini me agradece el haberla sacado de un mal sueño, porque se pregunta a sí misma si alguien quiere café; "pues claro que quiero café, no pensarás que he venido a veros a ti y al ladrón de letras este"; porque Franki toca la guitarra en un grupo de nombre húmedo, Charco o algo así, y no hace mucho descubrí que están utilizando una letra de cuando yo tenia tres generaciones menos, que sacó Sergio a ritmo de tango, pero que estos ladrones cantan a ritmo de blues. O eso es lo que ellos dicen que es, un blues; el caso es que…”Yo tenía medio bollo, ella tenía la otra mitad, en su bollo había jamón, en su bollo había jamón, y en el mío no había ná….” sólo suena bien si es como tango.
Y entonces aparece el perro, que no se parece en nada, físicamente, al de la peli de Isasmendi, pero mentalmente es igual de cabrón. De un coletazo, de los de alegría, me hace polvo la muñeca izquierda aún convaleciente de la rotura.
Yo no tengo nada en contra de los animales. Ni a favor. Siempre que se limiten a ser animales y basta; se trata de un problema de adaptación; o de desadaptación: a mí no me da la gana de adaptarme a ellos y ellos no consienten en adaptarse a mí.
Pero con este perro es otra historia. Cada vez que entro en la casa, el muy bestia se me tira encima y me veo aguantando sus bofetones de cola y los lametones de alegría reprimida que podría seguir reprimida. La verdad es que es un perro, dicho en el más hiriente y ofensivo de los sentidos. A pesar de no tener contra él más de tres o cuatro veces lo que él tiene contra mí, creo que en el fondo nos odiamos por igual. Pero él lo disimula, el muy hipócrita, haciéndose el simpático y moviendo la cola.
Más que de una raza definida, estoy por apostar que es un hibrido de todas las razas por definir; a la vez y en todo, incluso en lo mental. Es un perro que se emperra en ser, realmente, el mejor amigo del hombre, pero debe creer que yo soy el único de por aquí y no se molesta en preguntar si lo quiero como amigo; y es evidente que no lo quiero.
El caso es que una vez superada la película del perro, me voy directamente a la habitación de la cría que a estas horas ya se ha marchado al cole. Como es natural, aún con la ventana abierta, la habitación huele a pies que tira de espaldas, rebotas, te vuelve a tirar de espaldas y así hasta que pierdes el conocimiento. Porque a la cría le cantan los pies pese a quien pese y a quien sobrepese.
Le quito al ordenador la bandera catalana con la que lo defienden del polvo, pulso el pulsador, que para eso está, y me da un calambrazo del copón; "císcome en todos tus microchips, maldita continuación de una estrecha mente yanki"le digo, porque es un IBM de los de andar por casa. No me contesta; de hacerlo, sabe que soy capaz de pedir el comodín del bate de beisbol, pero me parpadea desde la pantalla mientras hace lo que tiene que hacer. Se encienden las lucecitas de por aquí y por allá…
No es que yo sea un portento en cuanto a lo del coeficiente intelectual (según si el día es lluvioso o no, oscilo entre el 48 negativo y el…48 negativo) pero cada vez que me encuentro delante de un ordenador, lo rodeo y a traición, le instalo el programa que utilizo para escribir. Entero. Siete diskettes de doble densidad; por lo que pueda pasar.
Tengo el programa en el ordenador de Miguel, en el de la cría de Trini, que es este, en el que Johnny le ha dejado a Kike, en el de las crías de María, en Palau, en otro que tuve durante un tiempo en casa, hasta que lo vendí por diez billetes más de lo que me costó… ni me acuerdo de las veces que lo habré instalado.
Mi primo también lo tiene, pero ese lo instaló él. De hecho, fue él quien me lo consiguió.
Lo de antes, lo que decía… “No es que sea un portento en cuanto a lo del coeficiente intelectual…” no viene a cuento, pero me sirve para hacer un repaso mental de los lugares a los que puedo recurrir a la hora de centrar o corregir el texto. De imprimir, no hay manera.
…y yo delante de la pantalla gris, después del calambrazo, esperando a que se acaben de ejecutar las órdenes internas.
Vale; me toca. Meto el diskette en la diskettera. Llamo al directorio que me interesa, CD tal, orden de ejecución, sólo tal, perfecto; selecciono el archivo en el menú, Alt-A, cambio de unidad de directorio, D, selecciono lo que me da la gana y aparece el texto que tengo que corregir.
Todo bien… hasta que aparece el perro y decide corregir él; y como con la cola no tiene bastante, se endereza sobre las patas traseras y comienza a teclear directamente con las patas delanteras y a boleo. El muy perro insiste en hacer amigos, pero yo no trago. Creo que ahora sí que tendría que pedir el comodín del bate de beisbol.
Despulso el pulsador, que sigue en el mismo sitio, y le corto la corriente a esta máquina idiota aunque en realidad, más que cortar, lo que hago es quedarme yo con la corriente porque acaba de pegarme el segundo calambrazo. Le dedico al perro, con todo el odioso cariño de que soy capaz una larga retahíla de insultos barriobajeros y el muy borde, se hace el sordo y se larga ladrando El puente sobre el río Kwai, versión rap, contento como si acabase de ganarle una partida de ajedrez al ordenador. Y yo alucino, que es algo que me cuesta poco, además de ser gratis.
Como no soy tan tonto, esta vez le doy al pulsador con una percha y a distancia; y como tampoco soy tan listo, no tengo en cuenta que la percha es de diseño, pero metálica. Recibo con resignación un nuevo patapúm eléctrico y empiezo a sacar humo por la nariz; como en los dibujos animados. Tranqui, socio, que es el humo del cigarro.
Repito todo lo del CD tal y el Alt-A y todo eso, mirando de reojo hacia la puerta por si al perro le da por volver a entrar para ayudarme, pero no entra; así que corrijo deprisa, ESC y vuelvo atrás, Ctr-B, centrar y guionar de forma artesana; casi acabado. Selecciono grabar y salir, grabo y salgo, y fin.
Saco el diskette, lo enfundo el la bolsita de plástico, el diskette, y dejo el ordenador funcionando. Que calambree a otro y si puede ser, que sea al perro asqueroso. Por listo.
Franki me dedica siete ruidos y treinta y tres gárgaras cuando paso ante la puerta del lavabo y como voy mirando a la derecha, tropiezo dos veces y a la vez: con el maldito perro que siempre está donde no tiene que estar, y con Trini que sale de la cocina llevando los vasos de café en la mano.
Como era de esperar, el café cae encima del lomo del perro que se queja un poquito porque quema, y yo me descojono mentalmente (¡qué bonito¡) que se joda el perro.
Paso olímpicamente de la buena esperanza y me la suda que Franki se levante o no de mala leche; empiezo a picar con los nudillos en todas las partes picables del exterior de la casa y tanto me da que arda Troya. Como es un piso bajo, no hay problema de vértigos.
Ya sé que es temprano, pero la aventura es la aventura. Pico en la puerta de la calle, en el cristal de la ventana del comedor y por fin, en la persiana cerrada de la habitación.
Me abren los dos, como ayudándose, me miran los dos, me ven los dos y me odian los dos. No es para menos, porque para ellos son las nueve de la madrugada; solo hace cuatro horas que se fueron de mi casa después de perder, al trivial, una olla de callos y tres llaves antiguas. <¿tú nunca duermes?>, me escupe Franki de lado, y yo..."sólo cuando duermo".
Una vez dentro, me río para disculparme
Y entonces aparece el perro, que no se parece en nada, físicamente, al de la peli de Isasmendi, pero mentalmente es igual de cabrón. De un coletazo, de los de alegría, me hace polvo la muñeca izquierda aún convaleciente de la rotura.
Yo no tengo nada en contra de los animales. Ni a favor. Siempre que se limiten a ser animales y basta; se trata de un problema de adaptación; o de desadaptación: a mí no me da la gana de adaptarme a ellos y ellos no consienten en adaptarse a mí.
Pero con este perro es otra historia. Cada vez que entro en la casa, el muy bestia se me tira encima y me veo aguantando sus bofetones de cola y los lametones de alegría reprimida que podría seguir reprimida. La verdad es que es un perro, dicho en el más hiriente y ofensivo de los sentidos. A pesar de no tener contra él más de tres o cuatro veces lo que él tiene contra mí, creo que en el fondo nos odiamos por igual. Pero él lo disimula, el muy hipócrita, haciéndose el simpático y moviendo la cola.
Más que de una raza definida, estoy por apostar que es un hibrido de todas las razas por definir; a la vez y en todo, incluso en lo mental. Es un perro que se emperra en ser, realmente, el mejor amigo del hombre, pero debe creer que yo soy el único de por aquí y no se molesta en preguntar si lo quiero como amigo; y es evidente que no lo quiero.
El caso es que una vez superada la película del perro, me voy directamente a la habitación de la cría que a estas horas ya se ha marchado al cole. Como es natural, aún con la ventana abierta, la habitación huele a pies que tira de espaldas, rebotas, te vuelve a tirar de espaldas y así hasta que pierdes el conocimiento. Porque a la cría le cantan los pies pese a quien pese y a quien sobrepese.
Le quito al ordenador la bandera catalana con la que lo defienden del polvo, pulso el pulsador, que para eso está, y me da un calambrazo del copón; "císcome en todos tus microchips, maldita continuación de una estrecha mente yanki"
No es que yo sea un portento en cuanto a lo del coeficiente intelectual (según si el día es lluvioso o no, oscilo entre el 48 negativo y el…48 negativo) pero cada vez que me encuentro delante de un ordenador, lo rodeo y a traición, le instalo el programa que utilizo para escribir. Entero. Siete diskettes de doble densidad; por lo que pueda pasar.
Tengo el programa en el ordenador de Miguel, en el de la cría de Trini, que es este, en el que Johnny le ha dejado a Kike, en el de las crías de María, en Palau, en otro que tuve durante un tiempo en casa, hasta que lo vendí por diez billetes más de lo que me costó… ni me acuerdo de las veces que lo habré instalado.
Mi primo también lo tiene, pero ese lo instaló él. De hecho, fue él quien me lo consiguió.
Lo de antes, lo que decía… “No es que sea un portento en cuanto a lo del coeficiente intelectual…” no viene a cuento, pero me sirve para hacer un repaso mental de los lugares a los que puedo recurrir a la hora de centrar o corregir el texto. De imprimir, no hay manera.
…y yo delante de la pantalla gris, después del calambrazo, esperando a que se acaben de ejecutar las órdenes internas.
Vale; me toca. Meto el diskette en la diskettera. Llamo al directorio que me interesa, CD tal, orden de ejecución, sólo tal, perfecto; selecciono el archivo en el menú, Alt-A, cambio de unidad de directorio, D, selecciono lo que me da la gana y aparece el texto que tengo que corregir.
Todo bien… hasta que aparece el perro y decide corregir él; y como con la cola no tiene bastante, se endereza sobre las patas traseras y comienza a teclear directamente con las patas delanteras y a boleo. El muy perro insiste en hacer amigos, pero yo no trago. Creo que ahora sí que tendría que pedir el comodín del bate de beisbol.
Despulso el pulsador, que sigue en el mismo sitio, y le corto la corriente a esta máquina idiota aunque en realidad, más que cortar, lo que hago es quedarme yo con la corriente porque acaba de pegarme el segundo calambrazo. Le dedico al perro, con todo el odioso cariño de que soy capaz una larga retahíla de insultos barriobajeros y el muy borde, se hace el sordo y se larga ladrando El puente sobre el río Kwai, versión rap, contento como si acabase de ganarle una partida de ajedrez al ordenador. Y yo alucino, que es algo que me cuesta poco, además de ser gratis.
Como no soy tan tonto, esta vez le doy al pulsador con una percha y a distancia; y como tampoco soy tan listo, no tengo en cuenta que la percha es de diseño, pero metálica. Recibo con resignación un nuevo patapúm eléctrico y empiezo a sacar humo por la nariz; como en los dibujos animados. Tranqui, socio, que es el humo del cigarro.
Repito todo lo del CD tal y el Alt-A y todo eso, mirando de reojo hacia la puerta por si al perro le da por volver a entrar para ayudarme, pero no entra; así que corrijo deprisa, ESC y vuelvo atrás, Ctr-B, centrar y guionar de forma artesana; casi acabado. Selecciono grabar y salir, grabo y salgo, y fin.
Saco el diskette, lo enfundo el la bolsita de plástico, el diskette, y dejo el ordenador funcionando. Que calambree a otro y si puede ser, que sea al perro asqueroso. Por listo.
Franki me dedica siete ruidos y treinta y tres gárgaras cuando paso ante la puerta del lavabo y como voy mirando a la derecha, tropiezo dos veces y a la vez: con el maldito perro que siempre está donde no tiene que estar, y con Trini que sale de la cocina llevando los vasos de café en la mano.
Como era de esperar, el café cae encima del lomo del perro que se queja un poquito porque quema, y yo me descojono mentalmente (¡qué bonito¡) que se joda el perro.
Los tres sin decir palabra y meneando el café con la cucharilla comunitaria, uno menea y dos esperan, ocupando cada uno un lado de la mesa; el cuarto lado, la mesa es rectangular, está pegado a la pared aguantando un espejo de mural. Así da la impresión de que somos seis, repetidos de dos en dos. Tres parejas de gemelos, tomando café. Y ojo a la mesa, que no es una mesa cualquiera: un tablero de aglomerado de dieciséis, de dos metros por uno y medio, lacado en negro y con dos agujeros grandes y cuadrados en los que están encajadas sendas racholas de las del suelo, gris clarito con motas de gris oscuro, casi negro, de treinta y cinco por treinta y cinco. Las patas de la mesa son de otra esfera: el hierro forjado que servía de soporte a una antigua máquina de coser, ruedecillas incluidas. Y de las sillas, pues ya ves… la de Franki, metálica tubular con respaldo riñonero, la mía, plegable de las de la playa a rayas verdes y granate y la de Trini, de tijera pero de caña de bambú; la del gato, porque también hay un gato negro, silencioso y distante, es una butaca de madera con cojín azul, que hasta el azul huele a gato. Hay otra silla en un rincón, pero no la utiliza nadie porque es de oficina y aquí nadie sabe como funciona. Y lo que menos destaca, en una pared abarrotada de naderías, es un tapiz pequeñito que monté sobre una madera maciza, con hilo dorado y flecos de bolas azul cobalto y que se llama Tuareg. Por lo del azul.
La verdad es que el comedor parece un boceto de Dalí cuando empezaba.
Acabo el café, que se ha quedado frío esperando el turno de cucharilla, le digo a Franki, por enésima vez, que me regale el romancero gitano de Lorca, y por enésima vez me enchega a pastar fango. Tiene una edición de 1936 que vale una pasta. Que me suicide, dice Franki entre gárgara y gárgara. Yo también le quiero.
Captado el mensaje, cojo las llaves antiguas que ya son mías porque las gané al trivial, les recuerdo que nos deben, a Marga y a mí, una cazuela de callos, y les veo meterse de nuevo en la habitación después de darme un beso de buenas noches. No esperaba menos de alguien que soporta vivir en compañía de semejante perro.
Agarro la cafetera por el mango, que en realidad es la maneta de una puerta, solo que reciclada en mango, y vierto lo que queda sobre el lomo de mi amigo, el asesino potencial, formato canino. Ya no quema y el animal se puede entretener lamiendo hasta la hora de comer, que aquí será la hora de desayunar. Pero al perro le da igual, porque se alimenta de sus malas ideas. Siempre contra mí. Creo que tiene un cactus por cerebro; casi como yo.
Cierro la puerta por fuera pensando en lo de lo cruel que es no poder recuperar el instante inmediatamente anterior al instante en el que se vive. (Ya, vale, me habría ido bien una coma (,) en alguna parte, porque la frase puede resultar larga; lo sé, soy consciente, pero si no la podéis leer de un tirón, es hora de empezar a creer en dejar de fumar.)
Sigo pensando, aunque a estas horas de la mañana no es lo que mejor se me da, en lo ingrato que debe resultar ser perro. Pero si además de ser perro, eres cafeinómano…eso ya tiene que ser la leche en polvo. Con la cafeína corriéndole a uno por las venas, bumbum, bumbum, y la yugular a punto de estallar por la tensión arterial o algo así. Y como única queja, un ladrido tan raro que no sabes por donde cogerlo.
Creo que más temprano que tarde, este perro acabará saliendo del armario; a mí no me la da…
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