jueves, 26 de noviembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (I)


TODO NORMAL
(Capítulo uno)

Tengo poco que contar, así que intentaré ser breve. Había salido a comprar el pan, entre otras cosas y como siempre, y me pararon simplemente porque pasaba por allí y a alguien tenían que parar. Más o menos a la altura del Ferrer y Guardia, junto a esos contenedores de basura que siempre están vacíos porque la porquería la dejan fuera tirada por el suelo, se para un coche de la policía y me dan el alto desde dentro; yo me paro y espero. Baja un poli con cara de simpático, me saluda llevándose la mano a la gorra y me pregunta si tengo documentación, «claro», digo yo que no salgo de casa si no es con el carné en la boca; echo mano al bolsillo de atrás del pantalón, donde llevo la cartera de piel que me regaló Marga hace dos o tres cumpleaños, la saco, busco el DNI y se lo entrego al cara de simpático.
El hombre se lo estudia por delante y por detrás y se lo da por la ventanilla a su compañero y este pone la boca detrás de un micro y dice tres o cuatro cosas incluido el número.
Y yo esperando. Ya sé de qué va, porque cada vez que bajo al centro me paran unas cuantas veces para comprobarme. A los diez o doce minutos suena la radio del coche y solo puedo distinguir que una voz impersonal dice «limpio».
El poli simpático recoge el carné de manos del compañero, se acerca a mí y me lo entrega, «la rutina. Disculpe usted las molestias, buenos días», se sube al coche y se van.
Por la hora, la puerta del Ferrer y Guardia llena de niños esperando que suene la sirena para entrar. Todos se ponen a gritarme «bravo, bravo, torero, torero», yo saludo a los niños y a sus madres levantando la mano y sigo con lo mío.
Llego a la panadería; «buenos días, Susana» «buenos días, que te pongo?» «cinco», me las pone el la bolsa de plástico del súper, «¿quieres algo más?» «no» «trescientas veinticinco» «vale», le pago con quinientas, me da el cambio, me despido y salgo. Hasta aquí, todo normal.
Tengo que ir a la Caja a poner la cartilla al día y según lo que quede, igual saco dos mil pelas para ir pasando; pero primero voy al quiosco a comprar el periódico y de paso pillo tabaco. Dos paquetes; como cada día.
Entro en la Caja, saco la cartilla del bolsillo y me voy para el cajero automático; sigo las instrucciones de la pantalla de fósforo verde y descubro que todavía quedan treinta y dos mil disponibles. Vale. Meto el número secreto y le pido a la máquina que me de dos mil. Hace taca-taca por dentro y me da lo que le pido; ni un duro más.
Esa máquina de tonta no tiene un pelo. No tiene un pelo de nada.
Estoy guardando los billetes en la cartera de piel que me regaló ... ya lo he dicho, perdón, y de pronto oigo que alguien grita a dos palmos de mi oído malo «ESTO ES UN ATRACO», «no me jodas», pienso yo para mí, me giro y veo dos tíos de unos veinte años, uno con un pistolón que tiene que aguantar con las dos manos y el otro con una hoz, ambos con la cara descubierta. El del pistolón me mira, luego mira a los demás clientes y dice «todo el mundo pegado a la pared», los otros clientes no eran tantos, una maruja no tan maruja, de unos cuarenta y pocos, y el señor Andrés que ya es algo mayor; está jubilado más o menos desde que la policía vestía de gris.
Los empleados de la Caja, Jaime, otro que no se como se llama y el delegado, que lo acaban de trasladar aquí, se quedan tan tranquilos detrás de los cristales blindados. «Abre la puerta», le dice uno de los chavales a Jaime, «no»; «que abras o me lío a tiros», «que no abro», «pues abre tú», le dice al otro empleado. Que si quieres. Allí no abre nadie. Jaime coge el teléfono y le dice al del pistolón que va a llamar a la poli, pero el delegado le dice que no llame, que tienen rehenes; y me mira a mi guiñándome un ojo como de complicidad. El de la hoz parece mudo, pero no lo es, ve la bolsa del súper con cinco barras de pan y me pregunta si es de hoy, «sí», le digo, «dame un trozo, colega, que tengo hambre», «y una mierda como un maniquí te voy a dar. Te esperas a que te den la pasta y después te compras una barra que la panadería está aquí al lado», «venga, tío, enrrooooóllate» «que te operes después de una maratón», le digo.
El del pistolón se da cuenta de que no van a abrir la puerta para llegar a la pasta y se va para la maruja «tu que tienes?», le pregunta «hijo mío, ¿Y A TI QUE COÑO TE IMPORTA?», le contesta la mujer «vale, vale» dice el chaval y se va para el señor Andrés «venga abuelo, dame lo que tengas» «no tengo nada nada nada, porque venía a cobrar la pensión y no me habéis dado tiempo» «¡joder!, vaya día».
El caso es que no tenían pinta de atracar a nadie. El de la hoz mirando el pan, con cara de hambre, y el del pistolón se viene para mí «tú qué?» «yo qué?» le digo, «tú qué tienes» «yo tengo cinco de cuarto largas, y casi un periódico y dos paquetes de tabaco» «digo de pasta» «de pasta tengo dos mil pelas, pero ni se te ocurra tocarlas, fantasmón con pistolón» «pues yo no salgo de aquí con las manos vacías, así que te tocó, dame el dinero o te hago los agujeros para los pendientes y además, metes la cartilla en la máquina y sacas lo que te quede» «y una mierda como la de ese», le digo y sigo «tu me ves cara de imbécil o qué?, gilipollas, que cuando tu vas, yo hace rato que vengo. Te crees que después de cinco años chupando condena en el talego voy a dejar que me ligues las dos mil y lo que me queda en la máquina?. Pues vas de culo» miento como un párroco, porque yo no he pasado del vestíbulo de la cárcel un día que fui a ver a un pariente. «¿Has estado en el talego?» me pregunta con ojos como de que se lo cree, «como que acabo de salir, socio». A mí me da la impresión de que estos no son capaces de atracar ni por invitación, y se lo digo «mira, tío, lo mejor es que paséis y os larguéis antes de que llegue la poli, y os pongáis a ensayar atracos, por lo menos, dos veces por semana».
Y para qué te voy a contar; el del pistolón se sienta en la butaca que hay allí y no usa nadie, deja la pistola en el suelo y se pone a llorar como una magdalena. Y entonces me doy cuenta; porque siempre he estado escuchando lo mismo "llorando como una magdalena. Como una revelación. Resulta que no se refieren a las magdalenas de magdalena, se refieren a las Magdalenas, las tías, la Magdalena de las tres Marías, las que lloraban a los pies de la cruz del coleguita que clavaron en un palo. Me doy cuenta de todo en cuestión de segundos y me digo para mí mismo «mira al pobre chaval. Llorando como una MAGDALENA». Y es que más de treinta años sin darte cuenta de una cosa tan sencilla, por culpa de no saber hablar con propiedad, me preocupa.
Me acerco al chaval, le doy una patada a la pistola y la mando a la otra punta, como en las películas, y el tío se abraza a mí como si yo fuese su padre. Lo que faltaba.
Saco del bolsillo de atrás la cartera de piel que me rega... ¡joder, como me repito!, el caso es que le doy las dos mil pelas. El señor Andrés se acerca y la da el dinero de la pensión, que sí que la había cobrado, solo que se hacía el sueco, y la maruja, muy digna ella, se acerca también, le pasa al chaval un montón de billetes y dice «yo me voy, que va a empezar el culebrón de.. . », ni me entero de quien, y la señora sale por la puerta como si la puerta fuese suya. Todos la miramos salir y vemos tras el cristal al poli simpático con un megáfono ante la boca. «tú, el de la barba, (el de la barba soy yo), quédate donde estás porque mi compañero te apunta con un magnum 357» dice el poli. Menudo otro; este se cree que un magnum te sale en los paquetes de pipas. «el que parece mudo... (sigue el policía) ... que abra la puerta. Vamos a entrar, pero vienen refuerzos; que lo sepas, barbas». Y cuando el de la hoz abre la puerta, entra en estampida el simpático, gritando que ya me había clichado antes, y me pega con todo el megáfono en el puente de la nariz. Naturalmente, yo me desmayo y me rompo la muñeca derecha al caer.
Cuando recobro el conocimiento, entre ellos ya habían aclarado quién atracaba y quién era atracado. El poli me choca la mano de la muñeca rota, yo grito y él dice «la rutina. Disculpe las molestias. Buenos días». Sale de la Caja escoltando a los atracadores, con la pistola en una mano y la hoz en la otra, como si fuera un campesino revolucionario, ayuda a los dos chavales a entrar en la parte de atrás del coche, arrancan y adiós. Pero nadie nos devuelve nada ni al señor Andrés ni a mí; la señora, muy digna ella, se había largado a ver un culebrón; ya lo he dicho ¿verdad?.
Salgo de la Caja con la muñeca rota y me meto en el bar.
«Lo de siempre, Javi», le digo a uno de los dueños; me mira y dice «han atracado en la Caja» «no me digas» le digo. «No veas, se han liado a tiros y me parece que se han cargado al Jaime» «no me digas» «a una mujer le han dado con la culata y tiene fractura de cráneo» «no me digas»; me pone el cortado, me lo tomo y cuando voy a pagar me doy cuenta de que no tengo un duro. «Javi, te pago mañana, que me han atracado en la Caja», « ¡¡¡NO ME DIGAS!!! », me contesta con los codos apoyados en la barra y mirando a la morena de pelo corto que se pasa el día echando en la máquina tragaperras. Hasta aquí, todo normal.
Me paso por casa, dejo el pan, el periódico, pero no el tabaco y bajo al ambulatorio. Miguel está detrás del mostrador leyendo la revista L’informatiu con la que colaboro escribiendo una columna fija cada mes. Él, Miguel, está en el consejo de redacción. «Bien el artículo de esta mes», me dice, «¿que haces aquí? ¿no tienes el horario de tarde?» le pregunto, «hoy lo he cambiado con la compañera porque tenía que hacerse una ecografía. ¿Quieres número?» «quiero un médico» «¿ya?» «ya» «están almorzando» «me espero».
Y me espero. Y me espero. Y me sigo esperando. Y me convenzo de que han empalmado el almuerzo con la comida y esta con la cena.
Cuando ya me he esperado como dos o trescientas veces, aparece un médico.
Miguel sigue leyendo y yo me voy para el médico y le pregunto si me puede escayolar la muñeca, que la tengo rota. «Saque usted número», me dice. «Venga ya, hombre, que me duele» «la vida es dolor, amigo», me contesta, «Doctor, que va en serio, mire» le pongo la muñeca en las narices, la mira con curiosidad y me dice «detrás de la hinchazón, lo que hay no es una rotura, es una dislocación» «eso es grave?» «menos que un cáncer y más que un uñero».
Vale. No te jode el filósofo. Me echa mano al hombro llevándome hacia la sala de curas mientras me cuenta algo sobre su hija pequeña, que también se dislocó una muñeca, la operaron, y aprovecharon la operación para hacerle un injerto de algo importante. Genial.
Genial, porque yo no necesito algo importante, de momento. Aunque al paso que voy y con el estrés que soporto, no tardaré. Ya me está saliendo una calva de la hostia en la coronilla.
Hace que me siente en una banqueta de metal, se asoma a la puerta, llama a Miguel y me coge la mano. Miguel entra y el médico le dice que me agarre por detrás y sin avisar, pega un tirón del copón. Suena como si un hueso se colocase en su sitio y yo me desmayo otra vez. Vaya mañana.
Me despierto con la muñeca izquierda (la otra) rota, porque por lo visto me he caído otra vez. Se montan entre los dos el mismo número del tirón, como por rutina, y esta vez consigo no perder el conocimiento. «Cómo te la has roto?» me pregunta Miguel «la izquierda o la derecha?» le pregunto yo «la primera» me contesta «en un atraco» contesto «pues dedícate a otra cosa» me dice paternal; «no me digas».
Subo como puedo al bus, sin agarrarme a ningún sitio, y bajo de la misma manera.
Le pido a la señora Araceli, la vecina, que me abra la puerta de casa porque yo no puedo ni sacar la llave y me pregunta «qué te ha pasado?. Te ha pillado un tren?» «no. En un atraco la derecha y en el médico la izquierda» «es que están mal los atracos. Y el médico ya no te digo. Tendrías que estar más tranquilo y no buscarte tantos problemas» «no me diga».
Entro en casa, cierro la puerta con el pie tratando de no dislocármelo también, me siento en el sofá y me quedo mirando el pan y el periódico. Todo el trajín me a dado hambre y me apetece leer las noticias, pero ni puedo hacerme la comida ni podría pasar las páginas. La tele no funciona, porque a algún lumbreras se le ocurrió sobrecargar la resistencia de recepción de la antena, y la quemó. No puedo quitarme la chaqueta y me pongo a sudar a chorros; como no tengo nada mejor que hacer y como no puedo hacer nada mejor, comienzo un combate de boxeo con la mosca que vive en casa por derechos adquiridos. Lleva aquí desde, por lo menos, que nació el crío hace ya catorce años. Tanto la mosca como yo, contamos con una ventaja distinta cada uno. Ella puede volar, pero yo tengo los puños vendados y casi escayolados, así que como consiga darle, lo va a pasar mal.
Hasta aquí, todo normal. Como casi cada día. Veremos mañana la que me espera cuando salga a comprar el pan, el periódico y el tabaco y para colmo, parece que algo me molesta en el bolsillo de atrás del pantalón, ya saben, donde guardo la cartera de piel que me regaló Marga hace dos o tres cumpleaños.