jueves, 14 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (VIII)


EL ABUELO Y ALGO MÁS



(Capítulo ocho)


Elena, la conserja, sentada tras el mostrador que le sirve de trinchera defensiva y sólo deja ver su cabeza, cana ya, me ataca seis pasos antes de que aparque el carrito de la compra donde siempre; en mi parking reservado. “¿Sabes quién se murió ayer?”. Ayer fue miércoles y por tanto, aunque tengo mis reservas, hoy es jueves. No sé quién murió ayer, pero como Elena me cae bien, no dudo en contestarle, eso sí, a la gallega o sea, con otra pregunta “¿treinta y seis en Sarajevo?” “no hombre, no; aquí en el barrio.” “pues no tengo ni idea, Elena, de verdad que lo siento; si quieres salgo y pregunto por ahí.” “No hace falta (me dice) ya te lo digo yo; ¿tú te acuerdas de aquel abuelito pequeñito, con la cabecita pequeñita y una gafitas pequeñitas, que siempre se tomaba un cafetito y leía el periódico?.” Con tanto diminutivo seguido me estoy empequeñeciendo yo mismo e incluso me va a costar distinguir al abuelo en mi memoria. Casi dudo de lo real del defuncionado. Quizás de todo tan pequeñito, el pobre abuelo ni existía. Por otro lado, tampoco son horas ni lugares para explicarle a Elena mis dudas. “Si, Elena, me acuerdo de él” “pues ayer se murió así, sin más; ¿sabes cómo?” “sí. Así sin más” le contesto desarmado. Se medio sonríe para sus adentros y me dice “venga ya, güasón” “pero Elena, si no sabía ni que había muerto, ¿cómo iba a saber cómo…?”.
Creo que no me escucha esperando a que acabe de hablar, porque de cada diez veces, nueve se toma a broma lo que digo; pero eso le pasa a mucha gente que se queja de que cuando hablo, no saben si lo hago en serio o no. La verdad es que yo siempre hablo en serio; el problema es que los demás me escuchan en broma y por eso pasa lo que pasa: que parezco el arquitecto de la torre de Babel…”pues yo te digo cómo” dice Elene servicial como buena conserja que es.
Se levanta, deja a la vista la solapa en la que lleva un pin con el lazo metálico y rojo de solidaridad con los afectados por el Sida y que, por cierto, quedó en que me conseguiría uno igual para mi incipiente colección, (porque tengo la manía de que, en cuanto tengo dos cosas de algo, empiezo una colección: chapas de botella, mecheros, periódicos, máquinas de escribir, vasitos de chupito, botellas de licor en miniatura, virus de ordenador, gafas usadas, monedas, sellos, herramientas antiguas y antigüedades en general… y ahora, pins o pines o como se diga.) se aclara la voz, Elena, y relata. Yo atento porque, evidentemente, es una información crucial para ejercer el derecho al voto.
Tema: “La muertecita del Abuelito Pequeñito…” “el hombre se ha muerto con la llave en la cerradura” informa Elena, y yo no sé si tomarme la información por el lado literal o por el lado metafórico. “¿qué llave y qué cerradura, Elena? Inquiero, ignorante de mi. “Pues que la vecina de enfrente salió y se lo encontró allí, de pie, dándole la espalda y con la llave en la cerradura; como abriendo o cerrando; no se sabe si iba o si venía” “Elena, cuando uno está muerto, poco puede importarle ya si va o si viene” y ella sigue con su desinteresado informe, sin oírme, pero sin dejar de escucharme “parece que la vecina le dijo: abuelito ¿qué hace ahí paradito? ¿no puede abrir la puertecita? Y el hombre allí paradito que ni se mueve ni dice ni respira; claro, como que estaba muerto; ¿de qué le iba a servir ya respirar?. Vaya una muerte rara ¿no?” “más que rara, original; es como morirse menos y sin querer molestar” le digo en plan filósofo y ella, “pero digo yo, si el hombre se encontraba mal, podía haberle tocado el timbre a la vecina” y otra vez a discernir entre lo literal y lo metafórico. “Elena, no creo que estuviera el hombre para tocarle nada a nadie y mucho menos para pedirle a una vecina que le haga sitio en el sofá para morirse y tal”.
Entre informes y elaboradas opiniones personales, consigo deducir que seis horas después de que la vecina encontrara al abuelo delante de su propia puerta, apareció el señor juez para hacer el levantamiento del cadáver. Y durante todo ese tiempo de espera, el pobre hombre allí, con la llave en la cerradura, de pie durante seis horas, intentando abrir una puerta que no iba a poder abrir y además, poco le importaban ya la puerta, la vecina, la cerradura y la llave; esperando que el señor juez apareciese y le diera permiso para acabar de morirse en paz.
Triste y macabro como la vida misma.
Y en la calle, ante la puerta de la portería, dos policías barrando el paso a todo aquel que no pudiese demostrar, con papeles, que era vecino de la escalera. El muerto esperando al juez, los vecinos esperando al juez, los policías esperando al juez… y el juez en una boda; la suya.


Todo iba a la perfección. A medida que iban entrando, Elena los ponía al corriente y así, desde las secretarias hasta los asistentes, pasando por las psicólogas, las sociólogas, el encargado del teatro, las otras conserjas, los del bar, los de la limpieza, yo mismo, tres abueletes que siempre andan por aquí, como perdidos, buscándose los unos a los otros, los pedagogos, los de la ludoteca, las vecinas de Miguel que siempre van a tomarse un cortado después de dejar a los críos en el cole… vamos, todo el mundo que osa poner los pies en el vestíbulo, despistado o no, deja un pequeño dispendio monetario, con la finalidad de comprar un par de coronas de flores funerarias para enviarlas al entierro del abuelito pequeñito.
Elena se encarga de telefonear a las dos floristerías del barrio, la de la plaza roja y la de la plaza verde, encarga las coronas, ¡¡¡que ya están preparadas!!! según nos informa sobre la marcha; como no sabe la dirección, decidimos, también sobre la marcha, que las traigan aquí, al centro cívico.

Y digo que “todo iba a la perfección”, porque así es. “Iba”. En cuestión de segundos dejó de ir bien, y pasó a no ir. Ni bien ni mal. Ni masculino, ni femenino, ni neutro.
Feliz como una col de Lombardía, aparece como si tal cosa el abuelito pequeñito, presumiblemente en estado defuncionado, se va tan pancho para la barra del bar, pide un cafetito con leche, saca de un diminuto monedero unas monedas, paga lo que tiene que pagar, y coge caminito para el mostrador de información donde, risueño como siempre, le dice a Elena, que como todos nosotros se ha quedado de pasta de boniato, “Buenos días, guapa, ¿me podría usted dejar el periódico? Ya sabe, para leerlo un poquito” “pero abuelo (casi grita Elena) ¿usted no se murió ayer?” “no hija, no; que va, es que me dio la catalepsia y cuando me da, aprovecho para pensar. Pero cuando vino el señor juez se me pasó, les invité a una copita de orujo, a él y a su recién estrenada señora, les conté lo que había estado pensando y estuvimos riendo hasta las cuatro de la mañana con las cosas de la vida, cantando “…a las barricadas, a las barricadas, por el triunfo de la confederación…”.
Hasta ahí, más o menos todo controlado. Pero cuando aparecen las floristas, las dos, cargadas con sendas coronas de flores y preguntando dónde las dejan y a quién le cobran, a todo el mundo le da la cistitis y los lavabos se colapsan.
El abuelito se mira las coronas, se persigna a la antigua usanza, y de un manotazo se espanta la mosca que tiene tras la oreja. “Gracias por el periódico (dice dirigiéndose a Elena). Oye, guapa, ¿es que hay algún velatorio?”; y sin esperar respuesta, se sienta en la primera silla con la que se tropieza, se acerca la mesa más cercana y con el primer sorbo de café, comienza a mover la cabeza como aprobando el chiste gráfico de la última página. El de “el roto”.
Yo decido que es el mejor momento para hacer lo que mejor se me da: desaparecer.
Me monto a orcajadas sobre el carro de la compra, activo el dispositivo que conecta los propulsores a reacción, enciendo los antiniebla, saco los alerones, pongo en marcha el detector de minas ecológicas, pulso el encendedor automático de cigarrillos, introduzco en el panel digital la clave de apertura del cenicero, y cuando ya me he cercionado del correcto funcionamiento de mi carrito del mercado, poco a poco, con disimulo, comienzo a darle a los pedales.
Nadie me ve desaparecer, pero da igual; estoy seguro de que sólo el abuelito se ha dado cuenta de que yo estaba allí, porque me despide diciendo adiós con la mano…

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