MEDICINA GENERAL (dos)
(Capítulo seis)
Y ya estoy en hoy, que madrugo y tengo agujetas hasta en las pestañas gracias a los sacos de arena de Miguel.
Le preparo el café a Marga (para mí nada, porque el análisis de sangre es en ayunas), preparo también los dos almuerzos para el crío porque el crío, pobrecito mío, almuerza dos veces, y me voy para el ambulatorio de San Andrés.
Todo perfecto; de verdad.
Me llaman para sacarme sangre, entro, me siento en un sillón de escai casi negro, me dejo atar la goma en el brazo cuando la enfermera, o la practicante o lo que sea está mirando lo bien que le ha quedado el nudo de la goma, le informo de que ese brazo es el malo; el bueno para sacarme sangre es el otro; que en el que me ha puesto la goma, en la mili me dijeron que no tenía venas. Pero es que en la mili, lo primero que te dicen es que no tienes nada.
Así que armada de la paciencia que no le exige el convenio laboral, cambia la goma y se está no menos de diez minutos buscándome su vena preferida; no la encuentra y desiste. Parece que ahora se conforma con cualquier cosa que parezca una vena. Por fin encuentra algo. Mete la aguja, hace retroceder el embolo de la jeringuilla y saca la sangre que tiene que sacar; y como la tiene que sacar, oscura y espesa, que es como siempre la he tenido.
Yo ni me entero.
-¿Te he hecho daño?- -Nada de nada, oye; estoy por darte 250 centilitros más de regalo- Doy las gracias casi rozando el suelo con la frente y, literalmente, ruedo por las escaleras para llegar a tiempo a las radiografías. Seis pisos rodando y ni me despeino.
Radiografías en la planta baja. Aquí mejor que antes. Le doy los papeles a la señora del mostrador, los mira, me mira, me remira y dice -espere al fondo del pasillo-. –Al fondo del pasillo- repito en voz alta como para informarme a mí mismo. –SÍ SEÑOR, AL FONDO DEL PASILLO LE HE DICHO. ¿ESTÁ SORDO?- me grita la señora y yo -perdone, señorita, ¿cómo dice?. Es que soy un poco sordo; sobre todo a partir de los 143 decibelios-.
Y el pasillo que parece no tener fondo. Pero bueno, el caso es que llego, reclamo la atención de los presentes, me programo la voz de Nina Hagen e inicio, a capela, el Nessun Dorma, de Turandot. Puccini. Acto tercero escena primera.
-Nessun Dorma…NESSUN DORMA…- y cuando acabo, la gente aplaudiendo a rabiar; incluso la señora del mostrador. Dos abuelillas salen llorando a la calle y vuelven con varios ramos de claveles, los reparten y todos y todas me lanzan flores entre gritos de bravo, bravo, otra, otra…y, ya presto estoy para realizar un glorioso bis, cuando aparecen tras los cristales los clones de Popeyeitor, disfrazados de guardias jurados, porras en mano y dispuestos a poner fin al recital.
Me salva la voz impersonal de los altavoces diciendo que quien se llame como yo, o sea yo, se persone en la puerta cuatro desprovisto de cadenas y pendientes. Desaparezco tras la puerta cuatro y no me quito ni cadenas ni pendientes, porque no uso, y además me dejo puestas las cervicales, que nunca se sabe.
Me hacen un par de fotos, frente y perfil y cuando salgo, la gente sige aplaudiendo pidiendo más, lanzando flores y abucheando a los popeyeitors que continúan porra en mano. Pero ellos y sus caretos malgeniados tienen más peso específico, y yo hago mutis por el foro sonriendo y lanzando besos a mis incondicionales. Otra vez será.
Subo al bus y tras pagar lo convenido, me pongo a deleitar a los aburridos usuarios con mi versión de “el loco en la colina”, de Lennon y McCarney.
“Dai after dai, alone on te jil, te man güi te folis grin quepin perfecti estil, bat nobodi güants tu nou jim…”
Porque, digan lo que digan, nada como un día cantarín para superar la medicina general…
Y ya estoy en hoy, que madrugo y tengo agujetas hasta en las pestañas gracias a los sacos de arena de Miguel.
Le preparo el café a Marga (para mí nada, porque el análisis de sangre es en ayunas), preparo también los dos almuerzos para el crío porque el crío, pobrecito mío, almuerza dos veces, y me voy para el ambulatorio de San Andrés.
Todo perfecto; de verdad.
Me llaman para sacarme sangre, entro, me siento en un sillón de escai casi negro, me dejo atar la goma en el brazo cuando la enfermera, o la practicante o lo que sea está mirando lo bien que le ha quedado el nudo de la goma, le informo de que ese brazo es el malo; el bueno para sacarme sangre es el otro; que en el que me ha puesto la goma, en la mili me dijeron que no tenía venas. Pero es que en la mili, lo primero que te dicen es que no tienes nada.
Así que armada de la paciencia que no le exige el convenio laboral, cambia la goma y se está no menos de diez minutos buscándome su vena preferida; no la encuentra y desiste. Parece que ahora se conforma con cualquier cosa que parezca una vena. Por fin encuentra algo. Mete la aguja, hace retroceder el embolo de la jeringuilla y saca la sangre que tiene que sacar; y como la tiene que sacar, oscura y espesa, que es como siempre la he tenido.
Yo ni me entero.
-¿Te he hecho daño?- -Nada de nada, oye; estoy por darte 250 centilitros más de regalo- Doy las gracias casi rozando el suelo con la frente y, literalmente, ruedo por las escaleras para llegar a tiempo a las radiografías. Seis pisos rodando y ni me despeino.
Radiografías en la planta baja. Aquí mejor que antes. Le doy los papeles a la señora del mostrador, los mira, me mira, me remira y dice -espere al fondo del pasillo-. –Al fondo del pasillo- repito en voz alta como para informarme a mí mismo. –SÍ SEÑOR, AL FONDO DEL PASILLO LE HE DICHO. ¿ESTÁ SORDO?- me grita la señora y yo -perdone, señorita, ¿cómo dice?. Es que soy un poco sordo; sobre todo a partir de los 143 decibelios-.
Y el pasillo que parece no tener fondo. Pero bueno, el caso es que llego, reclamo la atención de los presentes, me programo la voz de Nina Hagen e inicio, a capela, el Nessun Dorma, de Turandot. Puccini. Acto tercero escena primera.
-Nessun Dorma…NESSUN DORMA…- y cuando acabo, la gente aplaudiendo a rabiar; incluso la señora del mostrador. Dos abuelillas salen llorando a la calle y vuelven con varios ramos de claveles, los reparten y todos y todas me lanzan flores entre gritos de bravo, bravo, otra, otra…y, ya presto estoy para realizar un glorioso bis, cuando aparecen tras los cristales los clones de Popeyeitor, disfrazados de guardias jurados, porras en mano y dispuestos a poner fin al recital.
Me salva la voz impersonal de los altavoces diciendo que quien se llame como yo, o sea yo, se persone en la puerta cuatro desprovisto de cadenas y pendientes. Desaparezco tras la puerta cuatro y no me quito ni cadenas ni pendientes, porque no uso, y además me dejo puestas las cervicales, que nunca se sabe.
Me hacen un par de fotos, frente y perfil y cuando salgo, la gente sige aplaudiendo pidiendo más, lanzando flores y abucheando a los popeyeitors que continúan porra en mano. Pero ellos y sus caretos malgeniados tienen más peso específico, y yo hago mutis por el foro sonriendo y lanzando besos a mis incondicionales. Otra vez será.
Subo al bus y tras pagar lo convenido, me pongo a deleitar a los aburridos usuarios con mi versión de “el loco en la colina”, de Lennon y McCarney.
“Dai after dai, alone on te jil, te man güi te folis grin quepin perfecti estil, bat nobodi güants tu nou jim…”
Porque, digan lo que digan, nada como un día cantarín para superar la medicina general…
