CENTRO CÍVICO, CÍVICO
(Capítulo tres )
Cuando entro, está allí toda la cartería almorzando. Correos queda dos puertas más allá, y todos los funcionarios, o casi, vienen en tropel apurando el tiempo y pidiendo todos a la vez. Ni me miran, porque están más que acostumbrados a verme entrar tirando del carro de la compra, lleno, antes de la nueve de la mañana.
Aparco el carro donde siempre, junto a la puerta de la barra, y contemplo el vestíbulo del centro cívico, recién fregado y oliendo a limpio. A estas horas da gusto venir; se puede fumar hasta las diez, casi no hay gente y después de que los carteros empiecen la digestión, puedo leer gratis la prensa; no es de los sitios en los que peor me salen las cosas.
Tenemos de todo; señoras y más señoras de la limpieza (ningún señor), conserjes a nuestro libre albedrío e incluso un par de psicólogas; pero la dulce locura de este barrio no la cura la escuela completa del doctor Jung.
Naturalmente, hay un director, macedonia de secretarias, administrativos varios, asistentes sociales titulados o en espera de titulación, algún que otro paseapasillos profesional… de todo.
Miguel tiene esa sonrisa sospechosa que se le junta en la coronilla. Nadie tiene una sonrisa tan exagerada recién acabadas las vacaciones, por cortas que estas sean. Seguramente se recrea viendo a los demás con cara de mala leche aunque, para tres que trabajan en este país, no entiendo que se pasen el día enfadados.
Miguel es el camarero y es el mismo que, según horario, trabaja de administrativo en el ambulatorio; sí, el que colaboraba en el arreglo de mis dos muñecas dislocadas. Por las mañanas ayuda aquí no se si a su inminente suegra, su inminente cuñada, su inminente esposa o a una ONG. Ayuda a quien le toca. El caso es que “por la mañana, rocío, al medio día calor, por la tarde los mosquitos, quiero se ayudador”; y este se apunta a un bombardeo, pero para recibir las bombas. Por las mañanas, en el bar, se dedica a la fabricación potencial de enfermos y las tardes las dedica a rehabilitarlos en el ambulatorio. Negocio redondo. Y como por lo visto le sobra tiempo, está en el consejo de redacción de L’informatiu y es su fotógrafo oficial.
-El sábado estuvo aquí el alcalde-, me dice sin variar ni un milímetro la sonrisa; -¿no dejó pagado un café para mí?- -no pagó ni el suyo-. Como todo buen alcalde que se precie..
Le pido un cortado, como siempre ( mi riñón ya está como la más próspera plantación de café, y un día de estos espero con impaciencia un buen cólico o algo de eso ), y le pregunto a Elena, la conserje, si ha llegado Pilar.
Pilar es una de las secretarias o de las administrativas o de las…no sé, pero es alguien. Seguro.
Ha llegado. Sale del despacho y ataco. Le pregunto si en su ordenador tiene el programa que necesito para imprimir. -Sí y no-, me dice.
-Vale-. No es que tenga nada contra los gallegos, al contrario; mi prima es directora de algo en radio Coruña, se casó con un gallego y a partir de entonces, se convirtió en una potencial aportadora de galleguitos que engrandecerán las arcas de esta comunidad; no podía esperar ninguna otra respuesta por parte de Pilar, porque Pilar es gallega. -Me explico-, dice una vez saboreada mi cara de estupor; -lo tengo en el menú principal y el escritorio, como opción de trabajo, pero lo borré en la última limpieza- Pongo cara de ser de letras, muy intelectual, y le sigo la corriente -lo tienes de forma virtual- -¿el programa?- -el programa-; ahora la cara de estupor es la suya y después de tres o cuatro segundos reiniciando la parte derecha de su cerebro, se defiende -no sé… lo tengo en el menú prin…- -vale, vale…(la corto antes de que vuelva a ejercer de funcionaria) …lo que quiero decir es que lo tienes de forma irreal, inexistente, falsa… virtual. Que está pero que no; y como no, no se puede ejecutar, aunque estuvo hasta que limpiaste el disco duro, seguramente con lejía-; -en realidad lo limpié con supraplux, que tiene triptonita-. Es un verdadero diálogo de besugos y Pilar se rebela como poseedora de un sentido del humor tan grande y tan gallego, comparable únicamente a la simpatía con la que llena el vestíbulo y yo, rompo con el plan de ser como de letras.
El caso es que estaba como al principio: sin poder imprimir, hablando como un besugo de cara estupefacta y pensando en qué echarle a la olla para hacer las lentejas.
Pero abrevio; el ordenador de abajo, en las oficinas, NO TIENE el programa que necesito, pero SI TIENE la impresora que necesito; y el ordenador de arriba, Pilar no sabe si tiene el programa, pero seguro que no tiene impresora.
Cuando vuelvo a la barra del bar, el cortado está como un témpano y Miguel, el sonriente, me pregunta si le pone unos cubitos de hielo; no le molesto con tonterías porque está leyendo la prensa deportiva; así que yo mismo lo vierto en la fregadera y le pido otro a su inminente suegra.
Entran juntos el punki y el skin. Auténticos y jevis. El uno con la bomber, las doc martens y rapado hasta el hueso del cráneo y el otro… de punki; con cresta en la cabeza, claro, e imperdibles por todas la orejas. Piden, cada uno, un baso de leche templada con sacarina y una bolsa de pistachos. Todo el mundo tiene los ojos puestos en ellos; me acerco y les pido fuego. Los dos encienden el mechero a la vez y me queman la barba sin querer; se disculpan, pero Miguel ya me ha enchufado un sifón en la cara y estoy chorreando. -Colega (me dice el punki) ¿a ti te suena Casio?- -sí; Casio Longino- -¿veeees?, longines también- se exalta el skin; -Longino, perdona- aclaro con toda mi buena intención. -Pues recita, colega, que aquí el amigo anda un poco con la bola pa’yá más o menos de cuando el Aníbal cruzaba en moto-. El punki parece culto, incluso diría que lo es, pero peca un poco en cuanto a la terminología expresiva del lenguaje. Me aclaro la voz, me seco la cara, me peino la barba con los dedos y recito; básicamente, que si el Longino echó una mato a la hora de cargarse a César, que si Brutus era Brutus, y no el malo de Popeye; que se fue a la guerra de Filipos, (Longino), y buscó a un liberto para que lo matara, (a Longino, o sea, a él mismo); que su nombre de pila era Cayo, cómo no, y que corría el año 42 a, punto, C, punto. Cayo Casio Longino. Fin. -Te enteras, cacho skin colega? (y el punki me mira y dice señalando a su amigo) este tío se creía que Casio era un reloj, y que Longino también- -Ya. Y Cesar una colonia, Liberto unos tejanos y Filipos, puritos habanos-.
El caso es que me pagan el cortado en agradecimiento por la clase magistral y como disculpa por lo de la barba, se pasan diez minutos haciéndose broma entre ellos y sin meterse con nadie, discutiendo animadamente de temas culturales y cuando se van, se despiden educadamente de todo el mundo; uno por uno; carteros incluidos.
La gente descansa y se relaja, afloja los esfínteres, se felicitan unos a otros por lo bien que han sabido llevar la situación y Miguel, manteniendo en todo momento la sonrisa, me pregunta feliz -¿sabes que coche me voy a comprar- -sí; el cocherito leré- -¿ya te lo había dicho?-. Me deja planchado. Después comenta algo de celebrar una cena para conmemorar el cumpleaños (uno) de la revista (L’informatiu). Cena en el chino de la plaza verde. Hablamos de contratar un par de payasos para amenizar la fiesta y al final llegamos a la conclusión de que ya seremos bastantes payasos solo con que vayamos la mitad de los colaboradores. Decidimos llamarlo celebración, porque las cosas buenas se celebran; las cosas malas son las que se conmemoran, se rememoran, se traen de nuevo a la memoria, se recuerdan… el caso es dejar claro que siguen estando presentes por malas que sean.
¿Para qué sirve que el gobierno japonés perdone las bombas atómicas, si cada agosto se rememoran? ¿Para qué sirve el perdón, si no se acompaña del olvido? ¿Para qué sirve un ordenador sin impresora? ¿Para qué sirve una impresora que no imprime la “ñ”? ¿Para qué sirve un cenicero en una moto?
Hay casi tantas preguntas sin respuesta, como respuestas que no merecen ser preguntadas…
Cuando entro, está allí toda la cartería almorzando. Correos queda dos puertas más allá, y todos los funcionarios, o casi, vienen en tropel apurando el tiempo y pidiendo todos a la vez. Ni me miran, porque están más que acostumbrados a verme entrar tirando del carro de la compra, lleno, antes de la nueve de la mañana.
Aparco el carro donde siempre, junto a la puerta de la barra, y contemplo el vestíbulo del centro cívico, recién fregado y oliendo a limpio. A estas horas da gusto venir; se puede fumar hasta las diez, casi no hay gente y después de que los carteros empiecen la digestión, puedo leer gratis la prensa; no es de los sitios en los que peor me salen las cosas.
Tenemos de todo; señoras y más señoras de la limpieza (ningún señor), conserjes a nuestro libre albedrío e incluso un par de psicólogas; pero la dulce locura de este barrio no la cura la escuela completa del doctor Jung.
Naturalmente, hay un director, macedonia de secretarias, administrativos varios, asistentes sociales titulados o en espera de titulación, algún que otro paseapasillos profesional… de todo.
Miguel tiene esa sonrisa sospechosa que se le junta en la coronilla. Nadie tiene una sonrisa tan exagerada recién acabadas las vacaciones, por cortas que estas sean. Seguramente se recrea viendo a los demás con cara de mala leche aunque, para tres que trabajan en este país, no entiendo que se pasen el día enfadados.
Miguel es el camarero y es el mismo que, según horario, trabaja de administrativo en el ambulatorio; sí, el que colaboraba en el arreglo de mis dos muñecas dislocadas. Por las mañanas ayuda aquí no se si a su inminente suegra, su inminente cuñada, su inminente esposa o a una ONG. Ayuda a quien le toca. El caso es que “por la mañana, rocío, al medio día calor, por la tarde los mosquitos, quiero se ayudador”; y este se apunta a un bombardeo, pero para recibir las bombas. Por las mañanas, en el bar, se dedica a la fabricación potencial de enfermos y las tardes las dedica a rehabilitarlos en el ambulatorio. Negocio redondo. Y como por lo visto le sobra tiempo, está en el consejo de redacción de L’informatiu y es su fotógrafo oficial.
-El sábado estuvo aquí el alcalde-, me dice sin variar ni un milímetro la sonrisa; -¿no dejó pagado un café para mí?- -no pagó ni el suyo-. Como todo buen alcalde que se precie..
Le pido un cortado, como siempre ( mi riñón ya está como la más próspera plantación de café, y un día de estos espero con impaciencia un buen cólico o algo de eso ), y le pregunto a Elena, la conserje, si ha llegado Pilar.
Pilar es una de las secretarias o de las administrativas o de las…no sé, pero es alguien. Seguro.
Ha llegado. Sale del despacho y ataco. Le pregunto si en su ordenador tiene el programa que necesito para imprimir. -Sí y no-, me dice.
-Vale-. No es que tenga nada contra los gallegos, al contrario; mi prima es directora de algo en radio Coruña, se casó con un gallego y a partir de entonces, se convirtió en una potencial aportadora de galleguitos que engrandecerán las arcas de esta comunidad; no podía esperar ninguna otra respuesta por parte de Pilar, porque Pilar es gallega. -Me explico-, dice una vez saboreada mi cara de estupor; -lo tengo en el menú principal y el escritorio, como opción de trabajo, pero lo borré en la última limpieza- Pongo cara de ser de letras, muy intelectual, y le sigo la corriente -lo tienes de forma virtual- -¿el programa?- -el programa-; ahora la cara de estupor es la suya y después de tres o cuatro segundos reiniciando la parte derecha de su cerebro, se defiende -no sé… lo tengo en el menú prin…- -vale, vale…(la corto antes de que vuelva a ejercer de funcionaria) …lo que quiero decir es que lo tienes de forma irreal, inexistente, falsa… virtual. Que está pero que no; y como no, no se puede ejecutar, aunque estuvo hasta que limpiaste el disco duro, seguramente con lejía-; -en realidad lo limpié con supraplux, que tiene triptonita-. Es un verdadero diálogo de besugos y Pilar se rebela como poseedora de un sentido del humor tan grande y tan gallego, comparable únicamente a la simpatía con la que llena el vestíbulo y yo, rompo con el plan de ser como de letras.
El caso es que estaba como al principio: sin poder imprimir, hablando como un besugo de cara estupefacta y pensando en qué echarle a la olla para hacer las lentejas.
Pero abrevio; el ordenador de abajo, en las oficinas, NO TIENE el programa que necesito, pero SI TIENE la impresora que necesito; y el ordenador de arriba, Pilar no sabe si tiene el programa, pero seguro que no tiene impresora.
Cuando vuelvo a la barra del bar, el cortado está como un témpano y Miguel, el sonriente, me pregunta si le pone unos cubitos de hielo; no le molesto con tonterías porque está leyendo la prensa deportiva; así que yo mismo lo vierto en la fregadera y le pido otro a su inminente suegra.
Entran juntos el punki y el skin. Auténticos y jevis. El uno con la bomber, las doc martens y rapado hasta el hueso del cráneo y el otro… de punki; con cresta en la cabeza, claro, e imperdibles por todas la orejas. Piden, cada uno, un baso de leche templada con sacarina y una bolsa de pistachos. Todo el mundo tiene los ojos puestos en ellos; me acerco y les pido fuego. Los dos encienden el mechero a la vez y me queman la barba sin querer; se disculpan, pero Miguel ya me ha enchufado un sifón en la cara y estoy chorreando. -Colega (me dice el punki) ¿a ti te suena Casio?- -sí; Casio Longino- -¿veeees?, longines también- se exalta el skin; -Longino, perdona- aclaro con toda mi buena intención. -Pues recita, colega, que aquí el amigo anda un poco con la bola pa’yá más o menos de cuando el Aníbal cruzaba en moto-. El punki parece culto, incluso diría que lo es, pero peca un poco en cuanto a la terminología expresiva del lenguaje. Me aclaro la voz, me seco la cara, me peino la barba con los dedos y recito; básicamente, que si el Longino echó una mato a la hora de cargarse a César, que si Brutus era Brutus, y no el malo de Popeye; que se fue a la guerra de Filipos, (Longino), y buscó a un liberto para que lo matara, (a Longino, o sea, a él mismo); que su nombre de pila era Cayo, cómo no, y que corría el año 42 a, punto, C, punto. Cayo Casio Longino. Fin. -Te enteras, cacho skin colega? (y el punki me mira y dice señalando a su amigo) este tío se creía que Casio era un reloj, y que Longino también- -Ya. Y Cesar una colonia, Liberto unos tejanos y Filipos, puritos habanos-.
El caso es que me pagan el cortado en agradecimiento por la clase magistral y como disculpa por lo de la barba, se pasan diez minutos haciéndose broma entre ellos y sin meterse con nadie, discutiendo animadamente de temas culturales y cuando se van, se despiden educadamente de todo el mundo; uno por uno; carteros incluidos.
La gente descansa y se relaja, afloja los esfínteres, se felicitan unos a otros por lo bien que han sabido llevar la situación y Miguel, manteniendo en todo momento la sonrisa, me pregunta feliz -¿sabes que coche me voy a comprar- -sí; el cocherito leré- -¿ya te lo había dicho?-. Me deja planchado. Después comenta algo de celebrar una cena para conmemorar el cumpleaños (uno) de la revista (L’informatiu). Cena en el chino de la plaza verde. Hablamos de contratar un par de payasos para amenizar la fiesta y al final llegamos a la conclusión de que ya seremos bastantes payasos solo con que vayamos la mitad de los colaboradores. Decidimos llamarlo celebración, porque las cosas buenas se celebran; las cosas malas son las que se conmemoran, se rememoran, se traen de nuevo a la memoria, se recuerdan… el caso es dejar claro que siguen estando presentes por malas que sean.
¿Para qué sirve que el gobierno japonés perdone las bombas atómicas, si cada agosto se rememoran? ¿Para qué sirve el perdón, si no se acompaña del olvido? ¿Para qué sirve un ordenador sin impresora? ¿Para qué sirve una impresora que no imprime la “ñ”? ¿Para qué sirve un cenicero en una moto?
Hay casi tantas preguntas sin respuesta, como respuestas que no merecen ser preguntadas…
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