martes, 16 de febrero de 2010

(PUEBLO) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (XIII)



Y CON ESTO…




(Capítulo trece)





Y con esto y un bizcocho… que ya estoy de vacaciones.
Hasta más ver.
Salud.

jueves, 11 de febrero de 2010

(PUEBLO) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (XII)


AHORA VIVIMOS EN UN PUEBLO DE MONTAÑA


(Capítulo doce)

Ahora vivimos en un pueblo de montaña, he jubilado a la cartera de piel que me regaló Marga por mi cumpleaños, y tenemos un gato.
Y cinco higueras, un nisperero, varios manzanos, un huerto de no se cuantos metros cuadrados y trescientos cincuenta vecinos. En todo el pueblo.
Los vecinos no sé, porque conozco a pocos, pero el gato se lo pasa que te pees. Llegó a casa que no media medio palmo, y ya va camino de los tres cuartos de metro.
Se pasa el día cazando topos y ratolines de campo.
Una de las primeras noches pican a la puerta y nos mosqueamos porque para picar en la puerta de la casa, primero hay que picar en el timbre de la verja, y si pican directamente en la puerta, es porque se han saltado la verja.
El caso es que abro, y no hay nadie a la altura de mis ojos; pero a diez centímetros del suelo, me encuentro con, por lo menos, entre treinta y siete y sesenta y un ratolines de campo; todos con una cara de no te menees, que te metemos. Y yo de pasmarote delante de los ratones y el gato detrás de mí, temblando en gato, y sin decir ni miau. “que venimos a por ese” me dice el ratón de delante que debía ser el más viejo, porque llevaba bastón, señalando al gato. “ese se llama Gato, y vive aquí; no como otros, que están de ocupas”
Y el ratón del bastón, que ni se inmuta con la indirecta, sigue en sus trece; “que venimos a por ese, que ha asesinado al chamán” “al cha qué?” le digo yo que sé perfectamente lo que ha dicho. “que ha asesinado al gurú” “¡ah!, que se ha cargado al cura” y lo dejo descolocado.
“Gato, tu tienes algo que ver con el cura de esta gente?” Y el gato me mira, bosteza, se despereza, coge un palillo de su oreja y se pone ha limpiarse los dientes. La respuesta es clara. Se lo ha comido por los piés.
“mire, buen hombre, o buen ratón, o buen lo que sea, que pague el seguro, que para eso cobran. Le parece?” y el ratón saca una libreta no se de donde y me dice “si es usted tan amable de decirme el nombre de su compañía y su número de póliza...” y yo le doy los datos que me pide, y aquí paz y después gloria.
Pero la cosa no pasó de ahí. Ningún seguro vino a reclamar nada. Supongo que los ratolines de campo emprendieron su propio éxodo y creo que algo tuvo que ver el gato. Porque este gato es de letras. Es el único gato que conozco, y aquí arriba he llegado a conocer a no menos de ciento cincuenta gatos, es el único gato que conozco, digo, que sabe hacer la “O” con un canuto. Literal. Primero lía el canuto, lo enciende, y después con el humo te hace la “O”, la “Z” y la “W”; también escribe “t’estimo, mami” y “Blowin in the wind”; pero la canción entera, y en inglés. Bien es verdad que no sale de ahí pero, joder, yo no soy capaz de pasar de la “O” y además me sale rota; como una ese (una S así). Si fuera persona de creer en la reencarnación, diría que este gato antes fue cualquiera de los gatos de Allan Poe. O el mismísimo Allan Poe.
Y además, ronca.
Después vinieron las gallinas, el gallo, los patos, las ocas y, sobretodo y por desgracia, el puto zorro; pero el original, no el del Banderas, y a partir del puto zorro, sólo quedan la mitad de las gallinas y el gallo; con la mitad de las plumas y la autoestima por los suelos, pero gallo al fin y al cabo. Nos da la hora puntualmente, eso sí, a las dos de la madrugada, y poco más. ¿Pero para qué da la hora un gallo a las dos de la madrugada? ¿para que me acerque a regar los ajos? ¿para que corra a ordeñas unas vacas que no creo llegar a tener nunca? ¿para recordarnos que dentro de una hora serán las tres de la madrugada?; pues no. Para tocarnos la gaita a todos los vecinos del pueblo. Y no hay más que hablar. Con el gallo es mejor no discutir. No es ni de letras ni de ciencias. Es de “te saco un ojo, mamón”. Una vez le dije que dejase de comerse las lechugas y casi me cuesta la vida; desde entonces le dejo que se coma lo que quiera, menos mis uñas, que son sólo mías.
También llegó el perro, pero ese es de otro planeta y merece capítulo aparte; y no me invento lo de “otro planeta”, llegó prácticamente en una nave espacial y desde entonces nos trae por el camino… que quiere. Se pasa el día levitando y mascando tabaco. Y escupiéndolo, claro.
Marga llama a cada gato por su nombre, e incluso les pregunta cosas tipo si han pasado buena noche o si tienen hambre o si les apetece un vermú; pero eso no es grave. Lo grave es lo mío que cada vez que les pregunta algo, dejo lo que esté haciendo esperando a que le contesten; y aquí arriba no saben ni lo que es un psiquiatra. Lo más parecido es un vecino que planta sauces para hacer aspirinas.
Seguro que estáis pesando que desvarío, y tenéis razón. Acabo de darme cuenta de que me estoy fumando las acelgas y ya estoy a punto para la entrevista de trabajo en el ayuntamiento. Vamos allá.

jueves, 4 de febrero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (XI)



LA VACUNA

(Capítulo once)


Hipocondríaco. Eso es lo que soy. Un Hipocondríaco Crónico Moderado, que tiene hora para las doce y cuarto.
Vacuna contra la gripe, y me concentro en otra enfermedad.
Bajo tan feliz al ambulatorio y, cosa rara, consigo llegar sin tener ningún percance; y lo que es aún más raro, sin provocarlo.
Como es por la mañana, Miguel no está. Ni en cuerpo ni en alma, ni en espíritu, ni en camisón.
El que tiene turno de mañana, de administrativo, es una especie de alférez de navío venido a menos, empeñado a gritos en que los pacientes que quieren consultar, formen fila de a cuatro en fondo, y se alineen por la derecha. Parece la voz de los altavoces del aeropuerto, porque repite las frases en tres idiomas: castellano, catalán y romaní.
Piso a tres ancianos y a una embarazada, toso con la tos tísica que vengo ensayando desde que me dieron día y hora, la gente se aparta y me desprecia por aquello de que, tenga lo que tenga, seguro que se contagia, y llego al fin a la ventanilla que han dejado entre dos de los cristales blindados.
Porque en este ambulatorio, cuando quieres consultar algo, parece que vayas a pedir un préstamo hipotecario. Hay un blindaje de siete centímetros, con antivirus y apertura retardada.
“Arriba los bolígrafos, esto es una intervención quirúrgica” le digo al presunto alférez reciclado en administrativo; y el tío, sin pensar, me suelta “¿hora?” “doce y cuarto” “alineándose en fila de cuatro en fondo, por favor; rango y posición” ; alargo el brazo derecho hasta la altura del hombro y me alineo yo sólo. “Fulano de tal, enfermo, vacuna antigripe” le canto con la música de la muerte tenía un precio. Me mira, deja de mirarme, busca, no encuentra, sigue buscando, se cansa de buscar, hace como que no se ha cansado, se afina la voz y me dice “será el pasillo de arriba, siga las indicaciones” “vale socio, cubicado; cambio y corto”, y le giño tres veces los dos ojos a la vez.
Trato de encontrar las indicaciones y no las encuentro. Trato de encontrar alguna indicación que me indique la situación de las indicaciones, y tampoco la encuentro. Dejo de tratar de encontrar, y me busco la vida como La Paquera. Subo a la planta de arriba y reconozco un pasillo con diecisiete puertas. La verdad es que siempre han estado allí, pero como yo sólo hago uso de la puerta doce y, como mucho, de la trece, nunca había reparado en las otras quince.
Una puerta, otra puerta, otra puerta más; y delante de cada una de ellas, una cola inmensa de gente comentando.
“…que si yo estoy malo…” “…que si yo estoy peor…” “…que si eso no es nada porque yo, que estoy malo y enfermo, además sudo que no veas…” “…pues yo perdí un dedo, dentro de mi propia nariz…” “…pues yo perdí un ojo…” “…¿dentro de mi propia nariz?...” “…no, sudando…”.
El caso es que hay una puerta ¡¡¡que no tiene cola!!! (de gente); y además, con un cartel pegado que dice “VACUNAS”.
No cabe duda, es mi día de suerte. Consigo llegar sin bajas a la vista, encuentro mi puerta, la mía, casi a la primera, no tengo que esperar turno porque estoy yo sólo y ya me toca… a veces la justicia es justa. Tanto, que hasta puede apretar si quiere de justa que es. En cuanto salga de aquí, hago una primitiva, una quiniela y me compro un ciego y le invito a cenar.
Espero delante de la puerta. Y espero. Y espero. Y, como siempre en mi vida, sigo esperando y mientras espero, me recuerda algo. Cuento tres mil setecientas dieciocho ovejitas saltando la valla y, cuando estoy casi a punto de quedarme dormido por falta de ovejas, le doy unos golpecitos a la puerta, solo dos y con toda la timidez de que soy capaz. Aún no he quitado los nudillos de la puerta cuando esta se abre de golpe.
“Hola” le digo a la enfermera nueva. Y es que cuando quiero ser ingenioso y original, soy un desastre.
Deduzco que es nueva porque prendido de la bata blanca inmaculada, tiene un pin, tamaño cenicero de mármol, con datos que no se prestan a engaño: “soy nueva a estrenar; perdonen las disculpas” y debajo de las letras, medio huevo duro y una lata de atún. Todo en PVC rojo chillón.
“Hola” me dice. Parecemos léxicamente clónicos; “que lo de la vacuna” le digo; “que qué vacuna” me pregunta; “pues la de la gripe”. Yo ya empiezo a estar hartito. “Pues no es aquí”; y yo “como la puerta tiene el letrero…” “¿qué letrero?” y entorna la puerta para verla mejor y dice “como pille al de las bromas, le voy a operar de viruelitas ponzoñosas”. A mí se me viene a la memoria Miguel, que es el más bromista de los bromistas, y ella de un manotazo arranca el letrero de la puerta; entonces aparece ante mi vista la cruda realidad: “W.C. Enfermeras” y en rotulador fucsia, “proivía la entrá a tol personal, menos las diplomás”.
“Y lo de la vacuna, ¿dónde es?” “debe ser por ahí; siga las indicaciones”. Esta también se sabe el manual. Paso de buscar indicaciones y bajo a la planta de abajo, porque es imposible bajar a la planta de arriba. En este ambulatorio, sólo hay dos plantas y cada una está en su sitio: la de arriba, que está arriba y tiene diecisiete puertas, y la de abajo, que está abajo, y tiene un alférez de navío en el turno de mañana.
Por la puerta blindada que hay al final de las ventanillas blindadas, aparece una enfermera blindada de las de cofia y delantalito. De esas que tienen contrato indefinido con el Vaticano. Me voy para ella, como flotando entre el bien y el mal, y le digo “oye, hermana, lo de la vacuna…” “al final de pasillo, imbécil. Y yo no soy tu hermana” “vale; ¿qué pasillo?” “el de detrás de la puerta” “vale; ¿qué puerta?”; y va la tía vaticana y me señala la puerta… de la calle.
Me siento allí mismo, en el suelo, suelto un par de lágrimas de las de alegría y desenfreno, vuelvo a ponerme en pié, me alineo de cuatro en fondo por la derecha, y salgo a la calle en busca de la aventura. Y alineado como voy, me cuelo por la puerta de urgencias. El guarda jurado se echa mano a la pistola poniendo cara de clintisbur y pensando lo de “alégrame el día”, pero le lanzo un par de besitos y huye despavorido.
Cuando me desconcentro de la alineación, veo que en urgencias hay un pasillo… con diecisiete puertas.
Y la veo al fondo. Claramente. Pasadas las diecisiete puertas, hay una enfermera jeringuilla en mano. Te lo juro. En medio del pasillo, con una jeringuilla cargada en la mano izquierda. La aguja sin capuchón y chorreando un hilillo espeso de vete a saber qué. La mano libre, la derecha, en jarras. Mirándome como de estar esperando desde las doce y cuarto; y es que, entre pitos y flautas, ya son las dos menos diez.
Ella en una punta del pasillo y yo en la otra punta. Sólos. Sin testigos de por medio.
Yo voy hacia ella, temblando, y ella viene hacia mí silbando “por un puñado de dólares”. Estamos a un palmo el uno del otro; su aliento empieza a provocarme urticaria en la nariz y le digo, mirando la jeringuilla, “señorita, lo de la vacuna de la gripe…” “y ¿usted es…?” “fulanito de tal”. Se gira, jeringuilla en la mano izquierda, brazo derecho en jarras, y cambiando el silbido por el de “hasta que llegó su hora”. Y yo justo allí, detrás de ella.
Y ella va y se da la vuelta con toda la brutalidad que jamás caracterizó a las enfermeras, y me clava el codo del brazo en jarras, en medio de la boca del estómago. Es entonces cuando me decido por un par de úlceras para mi próxima enfermedad.
Estoy en el suelo revolcándome de dolor; solos ella y yo, repito, y ya sé que repito, pero es que no me lo puedo creer porque la impetuosa enfermera, hace altavoz poniendo sus dos manos delante de la boca y grita mi nombre…”FULANITODETAL” “yooo…” intento decir desde el suelo; pero solo consigo gesticular con la boca, porque no puedo coger aire para emitir sonido alguno.
Los dos solos. Nadie en el pasillo y no parece haber nadie detrás de las diecisiete puertas… y la tía se pone a gritar mi nombre a un pasillo vacío, sabiendo que el del nombre soy yo, porque acabo de darle mi nombre unas líneas más atrás.
Pues va y se repite. Gritando. “FULANITODETAL” y yo desde el suelo, intentando emitir algún sonido, pero esta vez le estiro de la pernera del pantalón blanco, como llamando su atención y sin el más mínimo asomo libinidoso.
Me mira desde sus alturas y grita “¿USTED ES DON FULANITODETAL?” “que sí” farfullo yo que he conseguido meter un poquito de aire en los pulmones. Y ella a lo suyo y con sus gritos “FULANITODETAL Y QUÉ MÁS?” “y cual” “DON FULANITADETAL… Y CUAL” sigue gritándonos al pasillo y a mí… “MUY BIEN, DON FULANITODETAL…Y CUAL, NACIDO EL DIA TAL DEL MES TAL DEL AÑO TAL…” y en lugar de decir mi fecha de nacimiento, dice la fecha en la que me dieron día y hora para vacunarme; hace dos semanas. Pero ella tiene sus propios quehaceres, y eso parece no importarle porque, gritando, comenta para sus adentros “PUES NO APARENTA LA EDAD QUE TIENE; PARECE MAYOR…” y es que esta mujer es tan rara, que hasta se le oyen los pensamientos. Creo que tengo que dejar de mezclar el café con el tabaco. Empiezo a mosquearme, pero solo un poquito, porque caigo en la cuenta de que eso de encontrarme a una enfermera en medio de un pasillo, armada con una jeringuilla, preparada para atacar con una aguja sin capuchón pillando gérmenes de esos que, aunque sean hospitalario, no dejan de ser gérmenes, o virus o bacilos o lo que sea… pues que no es muy normal, no?.
Aquí hay algo que no cuadra y yo he conseguido ponerme en pie. La enfermera me coge por la pechera con la mano libre y de un tirón me sienta en el mostrador “¿me va a pinchar así y aquí? “SÍ, ¿NO?” “pues no sé…” “a” pero así “a”, sin nada más; sin hache al final, sin signos ortográficos, sin énfasis… sin nada. Y en minúscula. “a”. Vamos, una mierda de “a” para venir de toda una enfermera puesta y titulada.
Empiezo a subirme la manga derecha y me dice, gritando, cómo no, que la izquierda y yo “¿por qué?” “PORQUE SIENDO USTED DIESTRO COMO ES, EN CASO DE TENER QUE REALIZAR ALGÚN TIPO DE TRABAJO O ESFUERZO, SERÁ MEJOR QUE EL DOLOR SE LE APOSENTE EN EL BRAZO IZQUIERDO, NO QUEDANDO ASÍ LIMITADA LA MOVILIDAD DEL DERECHO” “pero es que duele?” “CREO QUE MUCHÍSIMO”.
Genial. Duele, y la buena señora me acaba de declarar diestro de por vida y “…en caso de tener que realizar algún tipo de trabajo o esfuerzo…”; venga ya; con cuatro millones de parados y me va a tocar a mí la china de tener que ponerme a trabajar; con lo enfermísimo que estoy.
Pero como soy un trozo de pan recién hecho, no digo nada.
Si abro la boca, esta mujer es capaz de aprovechar para estirparme las úlceras que me toca tener el mes que viene. O el otro.
Sólo tengo la manga subida hasta la altura del codo, y la enfermera ya está tirando la jeringuilla en el contenedor especial para jeringuillas. Me unta el ¿pinchazo? con lo que parece ser una gasa empapada en alcohol, me da una colleja en el cogote y desaparece por la puerta diecisiete.
Y yo sentado en el mostrador, aguantándome la gasa y preguntándome, primero, ¿cómo es posible que no me haya enterado de que me han puesto una vacuna que duele muchísimo?; segundo, ¿realmente me ha vacunado esta señora?; tercero, ¿realmente estoy inmunizado contra la gripe?; y cuarto, ¿mejor un par de úlceras que una buena fiebre del Congo?.
Recojo mis preguntas, que están desparramadas por el suelo, y me voy disimulando.
Cruzo el barrio cuesta arriba sin dejar de aguantarme la gasa, porque cuando llegue a casa, quiero asegurarme de que realmente me han pinchado. En la gasa tiene que haber, por lo menos, una gotita de sangre, porque sangre, tengo; poca y posiblemente mezclada con horchata, pero tengo. Quiero ver una gotita de sangre, y a poder ser, roja. Lo dice el manual de autoenfermería para hipocondríacos que tengo en la mesita.
Y cuando llego a casa me siento en el sofá, porque estoy hacho polvo de la cuesta, le silbo a la mosca lo de “los siete magníficos” y decido inspeccionar lo de la sangre en la gasa.
Esta tía me ha untado con un dedo mojado en saliva. Seguro. No es que no haya sangre en la gasa, es que… no hay gasa. Me desnudo entero por si se ha metido entre la ropa…pero la gasa no aparece. Nada. Paso la escoba por toda la casa por si la muy asquerosa se ha escondido en algún rincón… y nada.
Paso de gasa.
Me concentro en buscar el pinchazo. Con una linterna, con una lupa, con un foco que tengo y que es de fotógrafo… nada.
Hace más de dos horas que estoy intentando localizar el pinchazo y no hay manera; he buscado hasta en el brazo derecho, que es donde no me han pinchado; he buscado en mis piernas, las dos, en el cuero cabelludo, en el ombligo, en las úlceras, en la parte de atrás del televisor, debajo del teléfono…nada. Que no hay pinchazo.
Y para colmo, me encuentro como cansado, me duele la cabeza, las articulaciones, los huesos, la garganta… creo que he pillado la gripe.
Y que conste, que cuando he entrado al ambulatorio, no la tenía. Seguro. Antes de entrar, me la he buscado por todas partes, porque sabía lo que iba a pasar…