jueves, 31 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (VI)


MEDICINA GENERAL (dos)


(Capítulo seis)



Y ya estoy en hoy, que madrugo y tengo agujetas hasta en las pestañas gracias a los sacos de arena de Miguel.
Le preparo el café a Marga (para mí nada, porque el análisis de sangre es en ayunas), preparo también los dos almuerzos para el crío porque el crío, pobrecito mío, almuerza dos veces, y me voy para el ambulatorio de San Andrés.
Todo perfecto; de verdad.
Me llaman para sacarme sangre, entro, me siento en un sillón de escai casi negro, me dejo atar la goma en el brazo cuando la enfermera, o la practicante o lo que sea está mirando lo bien que le ha quedado el nudo de la goma, le informo de que ese brazo es el malo; el bueno para sacarme sangre es el otro; que en el que me ha puesto la goma, en la mili me dijeron que no tenía venas. Pero es que en la mili, lo primero que te dicen es que no tienes nada.
Así que armada de la paciencia que no le exige el convenio laboral, cambia la goma y se está no menos de diez minutos buscándome su vena preferida; no la encuentra y desiste. Parece que ahora se conforma con cualquier cosa que parezca una vena. Por fin encuentra algo. Mete la aguja, hace retroceder el embolo de la jeringuilla y saca la sangre que tiene que sacar; y como la tiene que sacar, oscura y espesa, que es como siempre la he tenido.
Yo ni me entero.
-¿Te he hecho daño?- -Nada de nada, oye; estoy por darte 250 centilitros más de regalo- Doy las gracias casi rozando el suelo con la frente y, literalmente, ruedo por las escaleras para llegar a tiempo a las radiografías. Seis pisos rodando y ni me despeino.
Radiografías en la planta baja. Aquí mejor que antes. Le doy los papeles a la señora del mostrador, los mira, me mira, me remira y dice -espere al fondo del pasillo-. –Al fondo del pasillo- repito en voz alta como para informarme a mí mismo. –SÍ SEÑOR, AL FONDO DEL PASILLO LE HE DICHO. ¿ESTÁ SORDO?- me grita la señora y yo -perdone, señorita, ¿cómo dice?. Es que soy un poco sordo; sobre todo a partir de los 143 decibelios-.
Y el pasillo que parece no tener fondo. Pero bueno, el caso es que llego, reclamo la atención de los presentes, me programo la voz de Nina Hagen e inicio, a capela, el Nessun Dorma, de Turandot. Puccini. Acto tercero escena primera.
-Nessun Dorma…NESSUN DORMA…- y cuando acabo, la gente aplaudiendo a rabiar; incluso la señora del mostrador. Dos abuelillas salen llorando a la calle y vuelven con varios ramos de claveles, los reparten y todos y todas me lanzan flores entre gritos de bravo, bravo, otra, otra…y, ya presto estoy para realizar un glorioso bis, cuando aparecen tras los cristales los clones de Popeyeitor, disfrazados de guardias jurados, porras en mano y dispuestos a poner fin al recital.
Me salva la voz impersonal de los altavoces diciendo que quien se llame como yo, o sea yo, se persone en la puerta cuatro desprovisto de cadenas y pendientes. Desaparezco tras la puerta cuatro y no me quito ni cadenas ni pendientes, porque no uso, y además me dejo puestas las cervicales, que nunca se sabe.
Me hacen un par de fotos, frente y perfil y cuando salgo, la gente sige aplaudiendo pidiendo más, lanzando flores y abucheando a los popeyeitors que continúan porra en mano. Pero ellos y sus caretos malgeniados tienen más peso específico, y yo hago mutis por el foro sonriendo y lanzando besos a mis incondicionales. Otra vez será.
Subo al bus y tras pagar lo convenido, me pongo a deleitar a los aburridos usuarios con mi versión de “el loco en la colina”, de Lennon y McCarney.
“Dai after dai, alone on te jil, te man güi te folis grin quepin perfecti estil, bat nobodi güants tu nou jim…”
Porque, digan lo que digan, nada como un día cantarín para superar la medicina general…

jueves, 24 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (V)


MEDICINA GENERAL (uno)



(Capítulo cinco)



Hoy madrugo porque ayer bajé al médico y ya tengo el día organizado; pero empiezo con lo que fue y después sigo con lo que es.
Salí, como siempre salgo, a comprar el pan, solo que decidí comprarlo en el súper y así tengo excusa para tomarme un cortado en el centro cívico; llego y María, la inminente suegra de Miguel, me recuerda que he quedado con él y a mí se me cae el alma al suelo porque cada vez que quedo con Miguel me cuesta un cansancio infinito. Me tomo el cortado, le pago a María, y encarrilo camino del cansancio.
Cuando entro en el piso, con el pan y cuatro cortados encima, el número de bares que encuentro en el recorrido, me entero de que el camión aún no ha llegado y Miguel y yo nos pasamos cerca de dos horas hablando del tiempo, de hacienda, de dimisiones y de corrupciones y, cuando ya tengo la chaqueta puesta y me estoy despidiendo en la calle, aparece por la esquina un tío con cara de mala leche. El chofer del camión. Se nos acerca mucho y pregunta con la voz desde la tráquea, recién operado -¿aquí?- -aquí- le contestamos los dos a la vez; -¡joder! Vaya pasaje, por aquí no entra el camión!!!- y es que Miguel se ha comprado un piso metido entre bloques y para dar con él hay que hacer un máster en laberintos. A los diez minutos aparece el camión y parece uno de esos que salen en los huevos de chocolate; deduzco que el chofer se queja de vicio.
Miguel, muy amable, me ayuda a quitarme la chaqueta y sin perder su eterna sonrisa, me ofrece unos guantes justo de mi talla.
Total, no menos de treinta sacos de arena, diez o doce de cemento-cola, racholas por un tubo, suelo de gres gris como veinte cajas, flexos, tuberías de cobre, más racholas, más sacos, más de todo…( la verdad es que en lugar de reformar el lavabo, lo que quiere es construir un bloque nuevo. Este camión, más el de la semana pasa, ya suman…cinco).
Cuando acabamos de descargar y subir el material al piso, chorreamos sudor como para fabricar dos o tres océanos. El chofer de la voz traqueosa, desapareció en cuanto la última rachola salió del camión y cobró la factura, iva y propina incluidas.
Nos tomamos un kas, Miguel de naranja y yo de limón, con unas patatas fritas de bolsa (calidad suprema, precio recomendado), y salgo corriendo porque me pilla el toro para preparar la comida.
Hoy, macarrones; son una solución rápida. El crío se los come sin mirar, pero yo no puedo con ellos. En realidad, con lo que no puedo es con los macarrones que preparo yo; cuando como en un bar o en casa de alguien, si hay macarrones, encantado. Pero si se trata de los que cocino yo, ni los miro. Así que el crío macarrones y yo un par de huevos fritos.
Llego a casa, me ducho, preparo la comida preconcebida, aparece el crío cantando que ha recuperado natu y mates y olé (creo que se refiere a naturales y matemáticas, pero no entiendo lo de olé), comemos cada uno lo suyo y salgo corriendo para el médico porque tengo concertada la hora de visita: YA.
Entro en el ambulatorio organizando mentalmente los saludos…y no saludo. El celador está en la duermevela y no se entera, Lourdes, la dire de L’informatiu, no se deja ver, Miguel está picando paredes en el piso y no reconozco a nadie más. En la pared hay un cartel gigante que ruega silencio de forma contundente: un loro verde y debajo, un letrero que reza: “¡NO SEAS LORO, COÑO!”.
Saludo al loro sin mirarlo -hola, loro- -hola, hola, hola..-, además de verde es borde.
Me siento frente a la puerta doce del segundo piso y, como siempre, espero. Y espero. Y espero…
Sale la enfermera con la lista de visitas y lee -Marga tal y tal-, me levanto con la barba puesta, entro en la consulta y la doctora me dice, sin mirarme, -siéntate, Marga- me mira, me ve y..-¿Margarito?- -ni una ni otro- digo yo y le explico que Marga se rompió un pie hace una semana, (de verdad, se rompió un pie, uno solo, porque pisó mal en el único escalón que había; de haber dos escalones, seguro que se rompe los dos pies)…-y yo te traigo (le digo a la doctora) el informe del traumatólogo para que me digas cuando y donde le quitamos la escayola-.
No hay problema.
Lo arregla todo, sella un par de hojas amarillas y fin.
Como ya estoy allí, ataco con lo mío y así aprovecho la visita. -que me mareo-, le digo; -vale, algo más?- -algo más, pero ya voy servido con los mareos- -cuenta, cuenta-; la doctora es más joven que yo, está de buen humor y le cuento que, por ejemplo, voy andando y de buenas a primeras se me van la vista y la cabeza. Dos o tres segundos. Después todo vuelve a su sitio y yo no he perdido ni el paso, o sea, que no es por agacharme o levantarme con brusquedad, porque me pasa cuando estoy de pie. Le digo lo de los dolores de cabeza y ella le pide a la enfermera que me tome la tensión. Aprovecho el lapsus para enterarme de qué se ha roto Marga -no hay rotura, hay fractura- -¿de qué?- -de la base del quinto metatarso- -claro- …pero estoy pensando que como si me la pica un pollo. No sabía que Marga tenía un metatarso, ¡¡¡ iba a saber que no, que tiene cinco !!!, o más. Mejor paro de preguntar.
Y la enfermera, que se queda con mi cara, se quita el zueco blanco y el calcetín negro, y me da una clase magistral en torno a la situación de la fractura. Queda medio claro que la cosa está en la parte externa del empeine, pero por abajo. Como si se hubiese roto un trozo de la planta del pie.
Después de la demostración me lía el brazo derecho con lo de la tensión, mete el endoscopio (¿endoscopio?) entre el brazo y la tela impermeable y empieza a dar aire con una pera de goma.; cuando la aguja se para, la enfermera alucina.
Lo saca todo y me monta la misma tómbola en el brazo izquierdo. Vuelta a empezar y cuando acaba, sigue alucinando -doctora, este hombre tendría que estar muerto- y a mí me dice que estoy a no sé cuantos y no sé cuantos y que tengo pinta de sumarme a los súper-hipertensos; yo le digo que todo eso ya me lo dijeron en la mili, pero que de lo que te decían en la mili, la mitad menos tres. O cuatro. -pues te vamos a controlar durante unas cuantas semanas y, de entrada, menos café. O ninguno. Y del tabaco hablamos el próximo día-. Yo respiro fuerte, cojo aire, y no le doy las gracias. Sólo faltaba.
La doctora, que sigue con buen humor, acaba de rellenar papeles, sella, sonríe y recita. Pero abrevio: un análisis de sangre completito, diabetes incluida, y un par de radiografías de las cervicales.
Me explican entre las dos el sistema de pedir hora por teléfono (por teléfono, como si fuera tan fácil desde casa), porque no me entero, y sintiéndolo mucho no tengo más remedio que pedirles, por favor, que me lo den por escrito. Dos veces. Pero se niegan.
Y ni por esas. Salgo sin haberme enterado de nada, más por culpa mía que de ellas, y para consolarme me invito a un cortado en el centro cívico, dónde si no?. Ya empezaré mañana a rebajar la dosis de café.
Cuando llego a casa empiezo los intentos telefónicos para concertar hora en el ambulatorio de San Andrés y ¡¡¡lo consigo a la primera!!!; pero no solo eso, además me lo monto para poder hacerlo todo hoy, que es el día después…(continuará)

jueves, 17 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (IV)


LECTURAS, TELEFONOS Y TELEVISORES

(Capítulo cuatro)



La media tarde, a poder ser de un día festivo y mejor aun si llueve, es uno de los mejores momentos para practicar el sano deporte de riesgo de la lectura; aunque los deportes, salvando de la crema a dos o tres, como el ajedrez (no por su lado bélico, sino por lo que tiene de esfuerzo mental para el desarrollo de la lógica de previsión), las canicas, el tejo, el lanzamiento olímpico de chirimoyas peladas (fruto del chirimoyo) y la lectura como tal, los deportes, digo, poco tienen de culturales.
Dicho y hecho. Hoy es fiesta, media tarde, creo que en la tele caballos que corren como locos preguntándose porqué corren como locos, un café…perfecto.
Empiezo, cómo no, con la mejor novela de aventuras jamás escrita. Tiene intriga, pasión, incesto, masacres, incendios, fantasía, buenos, menos buenos, malos, malos malísimos, más buenos, más malos, sacrificios, sexo gratuito e incluso subliminal… menú completo. Perfecta combinación.
Abro al azar. Éxodo 21:9. El 9 no lo entiendo, el 10 no está mal, el 11 algo machista, el 12… el 12 acaba diciendo -…ha de ser muerto sin falta.-, el 13…, el 14 -…has de llebarlo a mi altar a morir.-, el 15 -…ha de ser muerto sin falta.-, el 16…, el 17 -…ha de ser muerto sin falta.-…Por hoy, ya tengo hecho el cupo de muertos.
Apaga y vámonos. Cambio de libro.
Suela el teléfono, lo cojo -diga-, digo, y al otro lado del hilo -…dieciséis horas, tres minutos, cuarenta y siete segundos…piii…dieciséis hor..- me quedo de pasta de boniato pero no dejo que la tía monótona me achante; -que digas; que te escucho- y ella -…dieciséis hor..-; cuelgo y miro el aparato esperando que en cualquier momento explote; no explota y yo sigo con lo mío.
Bella del Señor, Albert Cohen; aprovecho el recordatorio para poner en el tocadiscos, en vinilo, claro, el de “Nuevos ángeles para una vieja ceremonia” del otro Cohen, Leonard. Vuelvo a abrir al azar: Capítulo 28, página 238, párrafo segundo. Tela. Describe al dedillo el sistema utilizado por los que mandan, en cualquier parte, cuando se reúnen para sacar adelante un país, una empresa, una acequia o una partida de mús; lo que sea.
Con tanta dudosa perspectiva de optimismo, cada vez tengo menos ganas de culturizarme. Ha parado de llover y cualquier escusa es buena para descansar de la práctica del deporte, por sedentario que este sea. Y es lo que hago; descanso sumergiéndome en otro tipo de cultura. Me entero de que: (uno) la hija de no sé qué cantante supuestamente famoso, ha decidido cambiar de marca de fabada en lata. Fotos en color a doble página de la susodicha chorreando fabada sobre su vestido de charol, sonrisa de oreja a oreja, dientes perfectamente alicatados hasta el techo y ojeras de diseño; la cara de haberse pasado la vida rompiendo platos; (dos) la princesa de Allí le tiene puesto el ojo al príncipe de Allá para todos sabemos Qué, todos sabemos Dónde, todos sabemos Cuando y todos sabemos Cómo; (tres) los cuatro que se separan este mes, se han citado con las cuatro que también se separan este mes, para concertar los precios de su próxima separación una vez cobrada la separación actual. Fotos de familia con los interfectos cogiéndose las manos y buscándose los cuernos con la mirada; (cuatro) salen dos que no tienen nada que decir, que esa es la noticia, y la foto es para que la gente no los olvide; (cinco)…(seis)…(siete)…
Y Leonard Cohen con el chunda chunda de que “esto es una guerra entre el hombre y la mujer…esto es una guerra entre…esto es una guerra entre…
Está claro que no hay forma de descansar cuando se practica el deporte de la lectura.
Vuelve a sonar el teléfono que, por cierto, ya me está tocando la gaita con tanto riiing riiing…; puedo dejar que suene hasta que se canse y deje de sonar, o puedo cogerlo, para que deje de sonar. Hago de tripas corazón. Esta vez no digo ni mú y espero a que quien sea se identifique; pero el muy borde debe estar esperando lo mismo y no se identifica…o sí -aquí el contestador automático de la sede Vaticana; al oir la señal comenzará el rezo del santo rosario mariano, con la actuación estelar de monseñor (no se qué, en suajiri); a los coros, las hermanas ursulinas que son muy buenas porque nos llevan de excursión; a los teclados fray escoba; a las maracas…-. Cuelgo consciente de mi cara de susto y verdaderamente asustado ante tanta amenaza. La curiosidad me entierra, pero si se trata de un bromista, creo que sé quién es.
Dejo a un lado la revista de “cultura general” y me lanzo directamente a la yugular de “La senda del perdedor”, de Bouwosky. Este hombre me consuela porque realmente lo pasa peor que yo; en lo que seguro no congeniamos, en cualquiera de sus libros, es en que el tío se pasa media novela borracho y la otra media, emborrachándose; por lo demás, se presenta como el más perdedor de los perdedores. Mi perfecto padrino.
Leo cuatro o cinco páginas salteadas y al acabar, completamente relajado, tiro el libro en dirección a la estantería y llamo con un silbido a mi mosca particular para que me dé un masaje en las cervicales. El último combate me lo ganó por mareo técnico.
Como la muy asquerosa de la mosca no aparece, me coloco delante del teléfono esperando que suene. Y suena. Esta vez no la descuelgo pero, por lo que veo, eso al aparato le da lo mismo porque empieza a hablar él solo como si estuviera vivo -hooolasss??? Con quién hablooo??? Me dices tu nombre, maruja guapa querida??? ¡¡¡hola, querida!!! Ya sabes que acabas de ganar un álbum para coleccionar cupones de ahorro (¿cupones de ahorro?) eso es, maruja guapa querida, cupones de ahorro; si contestas correctamente a una pregunta, entraras automáticamente en el sorteo de los cupones para que los puedas coleccionar pegándolos en el álbum. ¿Preparada? ¿Sí? Pues ahí va la pregunta: ¿Cuántas vez te he llamado “maruja” “guapa” y “querida” desde que estoy hablando contigoooo? OOOH, no, lo siento mucho, maruja estúpida idiota; adiós, otra vez será…-. Y vuelta a empezar por parte del ordenador del otro lado de la línea… -hooolasss??? Con quién hablooo??? Medices tu monbr…-. Increible. Puedo escuchar los concursos de la tele por el teléfono, sin tener que descolgarlo. Cuando se lo cuente a Marga no se lo va a creer.
Lo primero que hará, será decirme que la tele no funciona desde hace dos meses, porque con la tormenta se le quemó el no sé qué de no sé donde; que el teléfono está cortado por falta de pago, que con tanto café y tanto tabaco me estoy provocando una aluminosis cerebral, que me deje de tanta tontería porque ya soy mayorcito para andar por ahí queriendo llamar la atención, y que vaya ejemplo le voy a dar al crío con tanta gilipollez.
Después nos sentaremos los dos delante del teléfono a esperar que, con suerte, alguien llame y así podremos escuchar las noticias del telediario…
P.D. Están de obras en la fachada del bloque, adecentándola, y ahora tengo la casa MÁS llena de polvo. Voy a tener que cerrar las ventanas.

jueves, 10 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (III)


CENTRO CÍVICO, CÍVICO


(Capítulo tres )


Cuando entro, está allí toda la cartería almorzando. Correos queda dos puertas más allá, y todos los funcionarios, o casi, vienen en tropel apurando el tiempo y pidiendo todos a la vez. Ni me miran, porque están más que acostumbrados a verme entrar tirando del carro de la compra, lleno, antes de la nueve de la mañana.
Aparco el carro donde siempre, junto a la puerta de la barra, y contemplo el vestíbulo del centro cívico, recién fregado y oliendo a limpio. A estas horas da gusto venir; se puede fumar hasta las diez, casi no hay gente y después de que los carteros empiecen la digestión, puedo leer gratis la prensa; no es de los sitios en los que peor me salen las cosas.
Tenemos de todo; señoras y más señoras de la limpieza (ningún señor), conserjes a nuestro libre albedrío e incluso un par de psicólogas; pero la dulce locura de este barrio no la cura la escuela completa del doctor Jung.
Naturalmente, hay un director, macedonia de secretarias, administrativos varios, asistentes sociales titulados o en espera de titulación, algún que otro paseapasillos profesional… de todo.
Miguel tiene esa sonrisa sospechosa que se le junta en la coronilla. Nadie tiene una sonrisa tan exagerada recién acabadas las vacaciones, por cortas que estas sean. Seguramente se recrea viendo a los demás con cara de mala leche aunque, para tres que trabajan en este país, no entiendo que se pasen el día enfadados.
Miguel es el camarero y es el mismo que, según horario, trabaja de administrativo en el ambulatorio; sí, el que colaboraba en el arreglo de mis dos muñecas dislocadas. Por las mañanas ayuda aquí no se si a su inminente suegra, su inminente cuñada, su inminente esposa o a una ONG. Ayuda a quien le toca. El caso es que “por la mañana, rocío, al medio día calor, por la tarde los mosquitos, quiero se ayudador”; y este se apunta a un bombardeo, pero para recibir las bombas. Por las mañanas, en el bar, se dedica a la fabricación potencial de enfermos y las tardes las dedica a rehabilitarlos en el ambulatorio. Negocio redondo. Y como por lo visto le sobra tiempo, está en el consejo de redacción de L’informatiu y es su fotógrafo oficial.
-El sábado estuvo aquí el alcalde-, me dice sin variar ni un milímetro la sonrisa; -¿no dejó pagado un café para mí?- -no pagó ni el suyo-. Como todo buen alcalde que se precie..
Le pido un cortado, como siempre ( mi riñón ya está como la más próspera plantación de café, y un día de estos espero con impaciencia un buen cólico o algo de eso ), y le pregunto a Elena, la conserje, si ha llegado Pilar.
Pilar es una de las secretarias o de las administrativas o de las…no sé, pero es alguien. Seguro.
Ha llegado. Sale del despacho y ataco. Le pregunto si en su ordenador tiene el programa que necesito para imprimir. -Sí y no-, me dice.
-Vale-. No es que tenga nada contra los gallegos, al contrario; mi prima es directora de algo en radio Coruña, se casó con un gallego y a partir de entonces, se convirtió en una potencial aportadora de galleguitos que engrandecerán las arcas de esta comunidad; no podía esperar ninguna otra respuesta por parte de Pilar, porque Pilar es gallega. -Me explico-, dice una vez saboreada mi cara de estupor; -lo tengo en el menú principal y el escritorio, como opción de trabajo, pero lo borré en la última limpieza- Pongo cara de ser de letras, muy intelectual, y le sigo la corriente -lo tienes de forma virtual- -¿el programa?- -el programa-; ahora la cara de estupor es la suya y después de tres o cuatro segundos reiniciando la parte derecha de su cerebro, se defiende -no sé… lo tengo en el menú prin…- -vale, vale…(la corto antes de que vuelva a ejercer de funcionaria) …lo que quiero decir es que lo tienes de forma irreal, inexistente, falsa… virtual. Que está pero que no; y como no, no se puede ejecutar, aunque estuvo hasta que limpiaste el disco duro, seguramente con lejía-; -en realidad lo limpié con supraplux, que tiene triptonita-. Es un verdadero diálogo de besugos y Pilar se rebela como poseedora de un sentido del humor tan grande y tan gallego, comparable únicamente a la simpatía con la que llena el vestíbulo y yo, rompo con el plan de ser como de letras.
El caso es que estaba como al principio: sin poder imprimir, hablando como un besugo de cara estupefacta y pensando en qué echarle a la olla para hacer las lentejas.
Pero abrevio; el ordenador de abajo, en las oficinas, NO TIENE el programa que necesito, pero SI TIENE la impresora que necesito; y el ordenador de arriba, Pilar no sabe si tiene el programa, pero seguro que no tiene impresora.

Cuando vuelvo a la barra del bar, el cortado está como un témpano y Miguel, el sonriente, me pregunta si le pone unos cubitos de hielo; no le molesto con tonterías porque está leyendo la prensa deportiva; así que yo mismo lo vierto en la fregadera y le pido otro a su inminente suegra.
Entran juntos el punki y el skin. Auténticos y jevis. El uno con la bomber, las doc martens y rapado hasta el hueso del cráneo y el otro… de punki; con cresta en la cabeza, claro, e imperdibles por todas la orejas. Piden, cada uno, un baso de leche templada con sacarina y una bolsa de pistachos. Todo el mundo tiene los ojos puestos en ellos; me acerco y les pido fuego. Los dos encienden el mechero a la vez y me queman la barba sin querer; se disculpan, pero Miguel ya me ha enchufado un sifón en la cara y estoy chorreando. -Colega (me dice el punki) ¿a ti te suena Casio?- -sí; Casio Longino- -¿veeees?, longines también- se exalta el skin; -Longino, perdona- aclaro con toda mi buena intención. -Pues recita, colega, que aquí el amigo anda un poco con la bola pa’yá más o menos de cuando el Aníbal cruzaba en moto-. El punki parece culto, incluso diría que lo es, pero peca un poco en cuanto a la terminología expresiva del lenguaje. Me aclaro la voz, me seco la cara, me peino la barba con los dedos y recito; básicamente, que si el Longino echó una mato a la hora de cargarse a César, que si Brutus era Brutus, y no el malo de Popeye; que se fue a la guerra de Filipos, (Longino), y buscó a un liberto para que lo matara, (a Longino, o sea, a él mismo); que su nombre de pila era Cayo, cómo no, y que corría el año 42 a, punto, C, punto. Cayo Casio Longino. Fin. -Te enteras, cacho skin colega? (y el punki me mira y dice señalando a su amigo) este tío se creía que Casio era un reloj, y que Longino también- -Ya. Y Cesar una colonia, Liberto unos tejanos y Filipos, puritos habanos-.
El caso es que me pagan el cortado en agradecimiento por la clase magistral y como disculpa por lo de la barba, se pasan diez minutos haciéndose broma entre ellos y sin meterse con nadie, discutiendo animadamente de temas culturales y cuando se van, se despiden educadamente de todo el mundo; uno por uno; carteros incluidos.

La gente descansa y se relaja, afloja los esfínteres, se felicitan unos a otros por lo bien que han sabido llevar la situación y Miguel, manteniendo en todo momento la sonrisa, me pregunta feliz -¿sabes que coche me voy a comprar- -sí; el cocherito leré- -¿ya te lo había dicho?-. Me deja planchado. Después comenta algo de celebrar una cena para conmemorar el cumpleaños (uno) de la revista (L’informatiu). Cena en el chino de la plaza verde. Hablamos de contratar un par de payasos para amenizar la fiesta y al final llegamos a la conclusión de que ya seremos bastantes payasos solo con que vayamos la mitad de los colaboradores. Decidimos llamarlo celebración, porque las cosas buenas se celebran; las cosas malas son las que se conmemoran, se rememoran, se traen de nuevo a la memoria, se recuerdan… el caso es dejar claro que siguen estando presentes por malas que sean.
¿Para qué sirve que el gobierno japonés perdone las bombas atómicas, si cada agosto se rememoran? ¿Para qué sirve el perdón, si no se acompaña del olvido? ¿Para qué sirve un ordenador sin impresora? ¿Para qué sirve una impresora que no imprime la “ñ”? ¿Para qué sirve un cenicero en una moto?
Hay casi tantas preguntas sin respuesta, como respuestas que no merecen ser preguntadas…

jueves, 3 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (II)


SALIR AL “EXTRANJERO”

( Capítulo dos )




María telefonea temprano para invitarnos a comer. Quizás le pase algo en el trabajo, porque hoy es jueves y, aunque comience la semana santa, aquí se trabaja, por lo menos, hasta medio día. Marga dice que sí, que vale, que bueno y que vamos; no hay problema. Ella se irá desde el trabajo cuando acabe y yo desde casa. Nos vemos allí. El crío no va, dice, porque tiene deberes. Vale; le dejo preparados unos macarrones, que es lo mismo que comió ayer en casa de su abuela; le encantan los macarrones.
Cojo un par de diskettes por si puedo hacer algo en la oficina, ya que cuatro años trabajando allí me otorga algún derecho, me tomo un nolotil para prevenir posibles dolores de cabeza y andar tranquilo, pillo la puerta y me largo.
Todo está controlado: el pan en el congelador, los platos fregados y el polvo, en el mismo sitio que ha estado siempre; sobre los muebles.
Voy pensando en lo mío mientras bajo la cuesta hasta que reparo en un chaval que anda delante de mí. Tiene perilla de mosquetero y viste un tejano lila y una camiseta gruesa sin mangas y con capucha; me da la impresión de que está levantando unas pesas invisibles, hasta que caigo.
Mano a la capucha, saca de ella un cigarro, lo rompe, se lo desparrama por la mano, mano a la oreja para colocar en ella el filtro del cigarro, de nuevo a la capucha, saca el chocolate, corta un trozo con la uña, lo junta con el tabaco, mechero de la improvisada capucha-mochila, calienta el chocolate, lo mezcla, de donde siempre saca una biblia, coge una hoja y se lía, tan feliz, un canuto. Deja todo lo que le sobra en la capucha, enciende y a fumar. Yo semialucino por la maestría; todo sobre la marcha y con un dominio del copón.
Vale. El chaval a lo suyo. Quizás también va a casa de María a comer; nunca se sabe. La verdad es que no tendría que haber dicho nada porque ahora, la poli se dedicará a la investigación concienzuda de capuchas sospechosas.
Al crío la han quedado siete de esta evaluación.
Pero que tranquilos, que lo controla, dice; que las recupera todas y aprueba el curso, dice. Y un manojo de ajos tiernos, pienso yo. Tiene siete de esta… y cuatro de la anterior; total: once asignaturas por recuperar y a sumar lo que le quede de la tercera evaluación. Me tiene frito.
Espero que algún día se me quite la costumbre de referirme a él diciendo “el crío”. Mide casi 1,80 y calza un 47.
La gente se extraña y me pregunta ¿es que tienes un hijo?, y les contesto que sí, pero que me sobra metro y medio. No se me ocurre otra respuesta más falta de originalidad.
Cuando me doy cuenta, pensando en lo mío y siempre tras los pasos del de la perilla, ya he llegado a la parada del bus. El chaval también. Pasada una media hora, yo esperando y el otro fumando porros, llega un Parets; el chaval se acerca a la puerta, pregunta al chofer si para no se donde, apaga el canuto en el escalón y sube. Desde la ventanilla me lanza un par de besos y se despide diciendo adiós con la mano; como si de toda la vida.
Después de casi hora y media de espera y habiendo dejado pasar dos Mollet y un Sentmenat por autopista, aparece el de Caldas que es el mío. Subo y caminito. No para hasta la Llagosta y allí comienza la verdadera carga de personal; solo mujeres de mediana edad y que la que menos, carga con tres bolsas. Los jueves hay mercadillo en la Lagosta y viene gente de todas las poblaciones cercanas. No paramos en la Florida y entre la calefacción y la chaqueta tejana forrada de pelo, me estoy deshidratando; hace un sol que alguien diría que es de justicia, pero que en realidad es de la hostia.
En Santa Perpetua la descarga deja sitio para poder respirar con normalidad; después la carretera es recta y bordeada de polígonos industriales. Más carretera hasta el cruce de Sabadell-Granollers en el que, por lo visto, el semáforo lo instalaron ya estropeado a propósito. Es la entrada de Palau y yo me bajo en la próxima. Un matrimonio mayor, ciego él y con bastón, se las ven y se las desean para poder bajar porque los escalones quedan demasiado separados de la carretera y la altura, sobre todo cuando no se ve, es una aventura peligrosa; les echo una mano, sobre todo a él, y después de un cuarto de hora de maniobras ya estamos todos abajo presentándonos y despidiéndonos, arropados por los vítores de los demás pasajeros; …gracias, gracias y más gracias… y así hasta que me dan un millón de gracias llenas de sinceridad. Seguramente no les cuadra que alguien con pelo largo y barba, y con los tejanos rotos por veintitrés partes, se preste para ayudar sin pensar en robarles el bolso. “Pues de nada, señora”. Qué voy a decir ?.
Enciendo un cigarro y veo que esto no ha cambiado. Es un polígono industrial en el que han empotrado un montón de casa adosadas que parecen una sucursal de la nave de Gurb; el de Mendoza. Las grietas salieron después. Sigue el mal olor que despiden las industrias y el ruido que producen los camiones, o sea, tal y como lo dejé hace cuatro años, cuando decidí plegar del trabajo en la oficina. Aquí sí que la vida sigue igual… como en todas partes. Hace tres horas que salí de casa para hacer un recorrido de veinte minutos en bicicleta homologada.
Sudando pero tranquilo, me paro en el bar en el que comía cuando trabajaba en la zona, saludo a los dueños, pido un cortado, comentamos como nos va a cada uno, miro para atrás y… veo al Morgan sentado en una mesa leyendo el periódico. Me mira y nos saludamos desde el más profundo de los silencios con un inexpresivo movimiento de cabeza. Increíble. El Morgan es un semi abuelo intelectualmente camaleónico, que vive en el mismo barrio que yo y que se dedica a nada en particular, Pero “a nada en particular” como oficio; en serio. Si le preguntas, te contesta que trabaja “de nada en particular”.
De vez en cuando manda una carta a la sección de “cartas a la directora” de L’informatiu con el que colaboro. Por lo general son temas relacionados con el barrio y sin pies ni cabeza, que en su mayoría se inventa. Con tono irónico, cínico a veces, dice cosas como que está hasta las pelotas de las obras, que dónde está el alcalde, que si patatín que si patatán… firma como “el jubilado amateur” y cree que nadie sabe que es él quien escribe. Es un secreto a voces porque a todo el mundo le dice lo mismo -este soy yo. El jubilado amateur. Pero no lo digas que es un secreto- ; así que nadie le dice a nadie algo que se supone que nadie sabe, pero que no hay quien no sepa. Él cree que es escritor porque hará ocho años, su nieta le regaló una estilográfica recargable que encontró en un todo a cien.
El caso es que allí estaba el Morgan, la última persona que pensaría en encontrarme tan lejos del barrio.
Me despido de los dueños del bar después de tomarme el cortado y pagar, y me voy a la oficina.
Saludo a todo el mundo, besos, besos, y más besos, y me lío con el ordenador sin pedir permiso; no hace falta. Quien no sabe de qué va, ser lo imagina.
El ordenador es nuevo y mucho mejor que el mío, porque el mío es de los que funcionan con carburo y manivela, pero no puedo imprimir porque la impresora no reconoce la “ñ”.
Pillo caminito y me voy con un adiós desde la puerta.
Llego al 18 y después de tocar el timbre, que no suena, diez o doce veces, me doy cuenta de que la puerta está tapiada; estupendo.
Aguanto que el perillas me lance besos, me paso tres horas de viaje, soporto el ruido y el mal olor, no puedo imprimir y, encima, me voy a quedar sin comer.
La puerta debe estar recién tapiada porque paso un dedo y me llevo un pegote de cemento fresco.
Le pregunto a la vecina de la derecha si sabe algo, pero la vecina de la derecha no está como para saber. Riega las macetas con los ojos casi cerrados y apesta a oftalidón desde dos vidas más allá.
La vecina de la izquierda, jovencísima, parece que sí que sabe; y lo que sabe es que no pagan; tiene ganas de hablar. Le digo que me habían invitado a comer; como si a ella le importara, y me aconseja que, si no he traído la comida, empiece comiéndome la tapia y después, un par de macetas. Y yo, que solo las macetas, que soy vegetariano; se ríe (¿cómo se lo montará la gente que no sale por la tele para tener una dentadura tan perfecta?); me invita a comer con ella. Acepto y cuando estamos por el café, recuerdo que Marga también tenía que venir. La jovencísima me comenta que la Lola le debe dinero a todo el mundo; ¿qué Lola? -la de aquí al lado- ¿la de aquí al lado no se llama María? -María vive en el 28-.
Doy unas exageradísimas gracias por la comida a mi anfitriona, digo adiós y salgo zumbando. Hay cosas que solo me pasan a mí.
Golpeo con la mano la puerta del 28, abre una de las crías, saludo a todo el mundo echándole las culpas al del autobús, tomo asiento y a comer. Otra vez.
Con las natillas del postre, ya me sale la comida hasta de entre las uñas y comenzamos a ponernos las chaquetas para volver antes de que empiece la caravana. Salimos con los vasos de plástico del café y el la reja de hierro me tropiezo con el Morgan. Si no fuese porque esto no va de espías, diría que este tío me está siguiendo. -¿Vais para el barrio?- pregunta sin mirar, como quien se saca algo de entre los dientes; que sí, que vamos para el barrio -pues me lleváis-
Pues te llevamos, no se hable más. Lo que tú mandes.
A María no le entusiasma la idea, porque es ella quien nos lleva a casa.
Durante el viaje, el Morgan no abre la boca, por temor a que María se la cierre de una mirada. Lo dejamos casi tirado bajo el puente de entrada al barrio y nosotros seguimos hasta el bloque.
-Adiós, María. Y muchas gracias. Adiós, Adeu.
Y María gira y empieza el camino de regreso.
Como siempre, antes de entrar en caso miro el buzón; y como siempre, me arrepiento de haberlo hecho. Solo hay malas noticias.
Teléfono, no se cuantos mil; gas, cuarto y mitad; luz, más de lo mismo; el agua, ni te cuento. Y, encima, la contribución, las basuras y la escalera.
Menos mal que a final de mes, cobraré algo por las clases de tapíz.
Este barrio rozaría la perfección si alguien diese con la forma de eliminar los recibos.
O por lo menos, con la forma de que dejen de enviarme a mí los recibos de todo el mundo.
¡¡¡ Ni que yo fuese el hijo del jefe !!!...