PÁNICO EN EL CHUPA
(Capítulo diez)
Lo que no me pase a mí, seguro que le pasa a algún otro porque, lo que está de pasar, acaba pasando.
Madrugo, cargo el carro de la compra en el súper, me tomo mi cortadito en el centro cívico “con sacarina, María, que estoy tope chungo”, y salgo echando leches para que no se me escape el 400.
El 400 es el bus que hace la circunvalación al barrio. Cuando entró en funcionamiento, todo el mundo lo llamaba “el chupa” porque costaba lo mismo que un chupa chup; una pela.
Era de aquellos con los asientos de escai color guardia civil, y con una barra de cambio de marchas que llegaba hasta la mitad del bus. Ahora cuesta ochenta pelas, pero la genta le sigue llamando el chupa, porque con las tradiciones no puede ni la inflación.
El caso es que soy el único usuario del servicio y como el carné que yo tengo no sirve para conducir, porque es el de artesano que me dio la generalitat, me ponen hasta un conductor por el mismo precio.
Arranca y a los tres segundos suena la radio, la emisora, el intercomunicador… todo a la vez, que se oye fatal, dice seis o siete cosas, todas seguidas sin comas ni nada, el chofer frena, abre la puerta de su lado y sale corriendo.
Y yo allí solanas sin carné, sin chofer, sin servicio, sin tabaco y sin ganas de calentarme la cabeza. Me acerco a la emisora y le digo a la rejilla “central, repitan que es que hay un montón de interferencias. Que cambio”. Y como en las películas, la emisora se pone a hablar ella sola y me dice que “línea cuatrocientos, hagan salir a los pasajeros manteniendo la calma, y abandonen el vehículo. Tienen una amenaza de bomba debajo del tercer asiento de la derecha empezando por atrás”. Mira que bien, mi asiento de toda la vida, “venga ya (le digo yo a la rejilla) pero ¿quién coño va a poner una bomba en un bus que solo utilizan los niños que van al cole, las marujas como yo que venimos del mercado o las maripuris que van a la piscina de tres en tres?” y me doy cuenta de lo larga que me ha salido la pregunta, porque a penas me queda aire en los pulmones; y va la borde de la rejilla y me contesta que "y yo qué sé, tío; tú te bajas y al vehículo, que le insuflen por detrás; ok?” “ok”; y cuando me bajo, tirando del carro de la compra como buenamente puedo, me encuentro, ¡Oh sorpresa!, con el poli de la cara sonriente que me coge de los hombros, me da la vuelta y me cachea de arriba a abajo y viceversa. “Tranquilo, socio, que es la rutina para los casos de bomba” “sí, hombre sí; tranquilo, pero cada vez que nos vemos parece que yo fui quien mató a Kenedi” (le contesto con tanta confianza porque ya es como si fuésemos muy amigos. Creo que este tío me tiene en exclusiva para justificar su sueldo. Ya ni me pide el carné de identidad, el sonriente).
Se va para el coche patrulla y le dice al micro (parece que tenga un romance con el micro), le dice “comprobación, central, nombre fulano, número de la papela, tal y tal; cambio” y al momento le dice la central “¿otra vez ese tío? ¿pero es que sois novios o qué?” “oye, Contreras, que yo soy un hombre muy hombre, muy casado y muy respetable, ¿vale?” “sí hombre, sí; ¿y lo sabe tu mujer?” “¿lo de muy hombre, lo de muy casado o lo de muy respetable?” “anda, déjalo ya, risitas, que nos van a dar la uvas” le corta la central; y yo allí de pasmarote, aguantando tonterías que no son mías, con una bomba debajo de mi asiento favorito y con unas ganas locas de fumarme un cigarro.
“Que está limpio (otra vez la central); que desde la última vez y la otra y la otra… sigue limpísimo; que hasta aquí llega el olor a limpieza inmaculada que despide el pobre hombre; que lo dejes en paz de una vez, coño, y te dediques a buscar maleantes; cambio. ¡oye! Dile al limpio que como ya es casi de la familia, que se pase por aquí en navidad que le apartamos una cesta. Así lo conocemos y nos tomamos unos vinos; cambio otra vez” y el risitas se da la vuelta y me dice “que recuerdos del Contreras, el de comprobaciones” “vale, hombre, gracias e igualmente; ¿puedo irme ya?” “tú mismo” “¿y la bomba?” “¿qué bomba?” “la del bus” “¿en el bus hay una bomba?”.
Agarro el carro con las dos manos de fumar, y me eclipso hasta en centro cívico para meterme tres dosis seguidas de cafeína…
Lo que no me pase a mí, seguro que le pasa a algún otro porque, lo que está de pasar, acaba pasando.
Madrugo, cargo el carro de la compra en el súper, me tomo mi cortadito en el centro cívico “con sacarina, María, que estoy tope chungo”, y salgo echando leches para que no se me escape el 400.
El 400 es el bus que hace la circunvalación al barrio. Cuando entró en funcionamiento, todo el mundo lo llamaba “el chupa” porque costaba lo mismo que un chupa chup; una pela.
Era de aquellos con los asientos de escai color guardia civil, y con una barra de cambio de marchas que llegaba hasta la mitad del bus. Ahora cuesta ochenta pelas, pero la genta le sigue llamando el chupa, porque con las tradiciones no puede ni la inflación.
El caso es que soy el único usuario del servicio y como el carné que yo tengo no sirve para conducir, porque es el de artesano que me dio la generalitat, me ponen hasta un conductor por el mismo precio.
Arranca y a los tres segundos suena la radio, la emisora, el intercomunicador… todo a la vez, que se oye fatal, dice seis o siete cosas, todas seguidas sin comas ni nada, el chofer frena, abre la puerta de su lado y sale corriendo.
Y yo allí solanas sin carné, sin chofer, sin servicio, sin tabaco y sin ganas de calentarme la cabeza. Me acerco a la emisora y le digo a la rejilla “central, repitan que es que hay un montón de interferencias. Que cambio”. Y como en las películas, la emisora se pone a hablar ella sola y me dice que “línea cuatrocientos, hagan salir a los pasajeros manteniendo la calma, y abandonen el vehículo. Tienen una amenaza de bomba debajo del tercer asiento de la derecha empezando por atrás”. Mira que bien, mi asiento de toda la vida, “venga ya (le digo yo a la rejilla) pero ¿quién coño va a poner una bomba en un bus que solo utilizan los niños que van al cole, las marujas como yo que venimos del mercado o las maripuris que van a la piscina de tres en tres?” y me doy cuenta de lo larga que me ha salido la pregunta, porque a penas me queda aire en los pulmones; y va la borde de la rejilla y me contesta que "y yo qué sé, tío; tú te bajas y al vehículo, que le insuflen por detrás; ok?” “ok”; y cuando me bajo, tirando del carro de la compra como buenamente puedo, me encuentro, ¡Oh sorpresa!, con el poli de la cara sonriente que me coge de los hombros, me da la vuelta y me cachea de arriba a abajo y viceversa. “Tranquilo, socio, que es la rutina para los casos de bomba” “sí, hombre sí; tranquilo, pero cada vez que nos vemos parece que yo fui quien mató a Kenedi” (le contesto con tanta confianza porque ya es como si fuésemos muy amigos. Creo que este tío me tiene en exclusiva para justificar su sueldo. Ya ni me pide el carné de identidad, el sonriente).
Se va para el coche patrulla y le dice al micro (parece que tenga un romance con el micro), le dice “comprobación, central, nombre fulano, número de la papela, tal y tal; cambio” y al momento le dice la central “¿otra vez ese tío? ¿pero es que sois novios o qué?” “oye, Contreras, que yo soy un hombre muy hombre, muy casado y muy respetable, ¿vale?” “sí hombre, sí; ¿y lo sabe tu mujer?” “¿lo de muy hombre, lo de muy casado o lo de muy respetable?” “anda, déjalo ya, risitas, que nos van a dar la uvas” le corta la central; y yo allí de pasmarote, aguantando tonterías que no son mías, con una bomba debajo de mi asiento favorito y con unas ganas locas de fumarme un cigarro.
“Que está limpio (otra vez la central); que desde la última vez y la otra y la otra… sigue limpísimo; que hasta aquí llega el olor a limpieza inmaculada que despide el pobre hombre; que lo dejes en paz de una vez, coño, y te dediques a buscar maleantes; cambio. ¡oye! Dile al limpio que como ya es casi de la familia, que se pase por aquí en navidad que le apartamos una cesta. Así lo conocemos y nos tomamos unos vinos; cambio otra vez” y el risitas se da la vuelta y me dice “que recuerdos del Contreras, el de comprobaciones” “vale, hombre, gracias e igualmente; ¿puedo irme ya?” “tú mismo” “¿y la bomba?” “¿qué bomba?” “la del bus” “¿en el bus hay una bomba?”.
Agarro el carro con las dos manos de fumar, y me eclipso hasta en centro cívico para meterme tres dosis seguidas de cafeína…