jueves, 28 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (X)



PÁNICO EN EL CHUPA

(Capítulo diez)


Lo que no me pase a mí, seguro que le pasa a algún otro porque, lo que está de pasar, acaba pasando.
Madrugo, cargo el carro de la compra en el súper, me tomo mi cortadito en el centro cívico “con sacarina, María, que estoy tope chungo”, y salgo echando leches para que no se me escape el 400.
El 400 es el bus que hace la circunvalación al barrio. Cuando entró en funcionamiento, todo el mundo lo llamaba “el chupa” porque costaba lo mismo que un chupa chup; una pela.
Era de aquellos con los asientos de escai color guardia civil, y con una barra de cambio de marchas que llegaba hasta la mitad del bus. Ahora cuesta ochenta pelas, pero la genta le sigue llamando el chupa, porque con las tradiciones no puede ni la inflación.
El caso es que soy el único usuario del servicio y como el carné que yo tengo no sirve para conducir, porque es el de artesano que me dio la generalitat, me ponen hasta un conductor por el mismo precio.
Arranca y a los tres segundos suena la radio, la emisora, el intercomunicador… todo a la vez, que se oye fatal, dice seis o siete cosas, todas seguidas sin comas ni nada, el chofer frena, abre la puerta de su lado y sale corriendo.
Y yo allí solanas sin carné, sin chofer, sin servicio, sin tabaco y sin ganas de calentarme la cabeza. Me acerco a la emisora y le digo a la rejilla “central, repitan que es que hay un montón de interferencias. Que cambio”. Y como en las películas, la emisora se pone a hablar ella sola y me dice que “línea cuatrocientos, hagan salir a los pasajeros manteniendo la calma, y abandonen el vehículo. Tienen una amenaza de bomba debajo del tercer asiento de la derecha empezando por atrás”. Mira que bien, mi asiento de toda la vida, “venga ya (le digo yo a la rejilla) pero ¿quién coño va a poner una bomba en un bus que solo utilizan los niños que van al cole, las marujas como yo que venimos del mercado o las maripuris que van a la piscina de tres en tres?” y me doy cuenta de lo larga que me ha salido la pregunta, porque a penas me queda aire en los pulmones; y va la borde de la rejilla y me contesta que "y yo qué sé, tío; tú te bajas y al vehículo, que le insuflen por detrás; ok?” “ok”; y cuando me bajo, tirando del carro de la compra como buenamente puedo, me encuentro, ¡Oh sorpresa!, con el poli de la cara sonriente que me coge de los hombros, me da la vuelta y me cachea de arriba a abajo y viceversa. “Tranquilo, socio, que es la rutina para los casos de bomba” “sí, hombre sí; tranquilo, pero cada vez que nos vemos parece que yo fui quien mató a Kenedi” (le contesto con tanta confianza porque ya es como si fuésemos muy amigos. Creo que este tío me tiene en exclusiva para justificar su sueldo. Ya ni me pide el carné de identidad, el sonriente).
Se va para el coche patrulla y le dice al micro (parece que tenga un romance con el micro), le dice “comprobación, central, nombre fulano, número de la papela, tal y tal; cambio” y al momento le dice la central “¿otra vez ese tío? ¿pero es que sois novios o qué?” “oye, Contreras, que yo soy un hombre muy hombre, muy casado y muy respetable, ¿vale?” “sí hombre, sí; ¿y lo sabe tu mujer?” “¿lo de muy hombre, lo de muy casado o lo de muy respetable?” “anda, déjalo ya, risitas, que nos van a dar la uvas” le corta la central; y yo allí de pasmarote, aguantando tonterías que no son mías, con una bomba debajo de mi asiento favorito y con unas ganas locas de fumarme un cigarro.
“Que está limpio (otra vez la central); que desde la última vez y la otra y la otra… sigue limpísimo; que hasta aquí llega el olor a limpieza inmaculada que despide el pobre hombre; que lo dejes en paz de una vez, coño, y te dediques a buscar maleantes; cambio. ¡oye! Dile al limpio que como ya es casi de la familia, que se pase por aquí en navidad que le apartamos una cesta. Así lo conocemos y nos tomamos unos vinos; cambio otra vez” y el risitas se da la vuelta y me dice “que recuerdos del Contreras, el de comprobaciones” “vale, hombre, gracias e igualmente; ¿puedo irme ya?” “tú mismo” “¿y la bomba?” “¿qué bomba?” “la del bus” “¿en el bus hay una bomba?”.
Agarro el carro con las dos manos de fumar, y me eclipso hasta en centro cívico para meterme tres dosis seguidas de cafeína…

jueves, 21 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (IX)


EL MORGAN, ENTRE OTROS


(Capítulo nueve)


Sólo le faltaba eso; además de hacerse socio honorario del club SuperTres, el Morgan se ha puesto dos pendientes, eso sí, los dos en la misma oreja. Dice que andar por ahí con un aro en cada lado de la cara, en las orejas, es una mariconada digna de los piratas, o de los ingleses que, según él, son lo mismo.
Porque la verdad es que la opinión que el Morgan tiene sobre los ingleses, no va más allá que el respeto que le merecería una lombriz. Este tío es increíble.
Se llena la boca con descalificaciones hacia la Pérfida Albión y acaba, siempre, con ardor de estómago de la mala leche que le entra. Además de increíble, irremediable.
Y lo peor es que cree que Inglaterra está debajo de Méjico, entre Camboya y el Besós. No hace falta decir que es un intelectual de los de barra de bar.
El Morgan, definitivamente, pertenece a esa tribu que piensa, con preclara lucidez, que la imaginación es la velocidad punta de la inteligencia; aunque la imaginación de este hombre tiene de inteligente lo que de filosófico tiene un báter boca abajo. Con decir que de lo que más le gusta hablar es de la metafísica inductiva de la gilipollez…
Es un personaje que ya te cae mal de entrada porque piensas que, en realidad, no tiene ni etimología ni prosodia y al oírlo, recuerdas el refrán de “A palabras incoherentes, oídos persicopédicos”, o algo así, ahora mismo no estoy por refranes. Es el puro y tétrico retrato del gato del jorobado de Notre Dame.
Y una vez finalizada la descripción totalmente imparcial de este tío (totalmente imparcial, lo juro), voy con lo que tenía que haber ido desde el principio: Entro en el “Límite” y me encuentro a Salva vestido de aragonés y cantando jotas… “…y tengo las albarcas rotas, y la bolsa sin un duro, qué invierno me espera, niña…”.
El Salva es el dueño, camarero, chef, metre, somelier, relaciones públicas y todo, del “Limite”. El sitio no está mal. Es un bar con dos ambientes en la planta baja y arriba, el techo. Porque es un bar con techo y Salva, un dueño con ojeras; algo de lo que no pueden presumir todos los dueños. El local, sin contar a Salva, está vacío, las sillas sobre las mesas, suelo recién fregado, la cafetera aún fría, la tele puesta a toda pastilla con un concurso de los de buscar pareja… eso en el primer ambiente; en el segundo, la cosa marcha de forma diferente. Los billares vacíos, los futbolines vacíos porque las figuritas de metal que suelen estar ensartadas en las barras de hierro están meando, las figuritas, no las barras, la cafetera no está ni fría ni caliente porque en el segundo ambiente no hay cafetera, ni falta que hace, el tablón de anuncios lleno, repito, lleno, de fotos originales, papelitos de compra-venta de cualquier cosa, carteles publicitarios de conciertos de rock y, además, en el rincón más oscuro y olvidado del tablón, un poema de Montse; el poema más triste de la historia mundial de la literatura universal de todos los tiempos: un folio DIN4 en blanco con dos manchas amarillentas. Las manchas rodeadas por un solo círculo en lápiz y a media página, con escritura apresurada, una inscripción que dice “estas son mis lágrimas. Están aquí por ti”. No tiene firma, pero todo el mundo sabe que es de Montse, porque todo el mundo sabe que algo así sólo saldría de ella. De todas formas y puestos a sincerarnos, Montse es una de las dos personas que saben que el poema es mío; la otra persona, claro, es Marga. Pero Montse se presta a seguir el juego y yo encantado con el anonimato.
Qué voy a decir, a mí el poema me encanta; siempre que entro al bar, antes de marcharme, lo leo un par de veces. A más de uno le corroe la envidia porque le gustaría ser el autor, El Morgan, por ejemplo.
A lo que iba; menos Salva de aragonés cantando jotas, todo vacío. “Socio, que me voy a por el periódico, si traen el pan, lo coges” me dice el camarero polivalente, y se marcha tan feliz. Yo me quedo sentado en un taburete, como de dóberman, mirando el ventilador negro que hay en el techo del primer ambiente.
Y entonces entra el Morgan, de lado para que no me fije en los dos pendientes, y me dice “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir” “allá van los señoríos derechos a se acabar e consumir”, le digo yo sin quitar los ojos de su oreja. Podríamos haber dicho “buenos días” como todo el mundo, pero ni el Morgan mi yo somos todo el mundo; ni siquiera la mitad del mundo. En realidad, hay veces en las que dudo que seamos de este mundo. Hoy nos da por Jorge Manrique, pero cuando me entra con Boccaccio o con Petrarca, me hago polvo buscando la continuación del saludo.
Me pregunta por el camarero, le digo que ha ido a por el periódico, me dice que le ponga un quinto y le digo que una mierda, que yo no estoy en esta vida para ponerle quintos a nadie; y menos a estas horas. Como es un tío gracioso, recapacita y suelta que yo, o sea, yo, no estoy en esta vida ni para poner quintos ni para poner sextos, que los quintos y los sextos los ponen los paletas a medida que avanza la construcción.
Es de un gracioso este hombre…
Cuando llega Salva, el Morgan ya se ha ventilado tres cervezas y cuatro bolsas de ganchitos. Yo no quiero nada, porque el primer café de la cafetera, me da diarrea.
“Adiós, Salva” digo desde la puerta “adiós, Salva” dice el Morgan justo a mi lado; y Salva no se entera porque el volumen de la tele le inmuniza los oídos. En la puerta nos tropezamos con Alfredo; todos le llaman Popeye pero, aunque se llama José, yo le llamo Alfredo, o Nicolás, o Pedro Andrés; según el día, le llamo cualquier cosa que no sea ni Popeye ni José; así nunca me equivoco. El caso es que viene contento porque ha cobrado el paro y nos invita a una ronda. Vuelta a entrar y al Morgan la ronda le dura otras tres cervezas y dos bolsas más de ganchitos; no sé que coño le dan de comer en su casa, suponiendo que le den. Y encima va por ahí presumiendo de que es abstemio y no prueba ni gota de alcohol; la verdad es que a lo mejor es así, porque la cerveza es Sin (alcohol). Yo no tomo nada por lo de la diarrea del primer café de la cafetera y todo eso.
Discutimos un rato sobre si el límite de velocidad es acumulativo, y llegamos a la conclusión de que así es; recapitulo: resulta que a la entrada del barrio hay una placa que limita la velocidad a cincuenta kilómetros por hora; pues bien, hemos deducido entre los tres que cuando un coche entra al barrio a treinta por hora, el coche que va detrás, tiene derecho a aprovechar los veinte kilómetros que el de delante no hace servir, y el tío, o la tía, puede entrar a setenta por hora como si tal cosa. Si uno entra a setenta, pase; es uno. Pero si cinco entran a treinta, el sexto acumula un copón y si le da la gana puede entrar al barrio zumbando a trescientos por hora. La deducción, los cálculos matemáticos, las deliberaciones y la conclusión final, nos lleva nuestra buena hora y media. El Morgan promete que escribirá una carta a L’informatiu para quejarse, que es lo suyo, de la falta de respeto hacia las señales de tráfico y yo paso a hacer un artículo sobre el mismo tema, aunque creo que este mes no colaboraré con un artículo; prefiero hacer un poema de esos que solo entendemos mi sombra, Bukoski y yo; son cortitos y no necesitan mucho espacio en mi cerebro.
Ya me han avisado de que es el último número (de L’informatiu), de momento, porque están hasta las cachas de deudas y el impresor quiere cobrar; quizás en septiembre estén aquí las subvenciones prometidas por el ayuntamiento y la generalitat, y puedan volver a salir. Eso de depender de un par de irresponsables que deciden según han pasado la noche, no lo acabo de ver del todo claro.
Volvamos a lo de antes; Salva comienza a hacer la suma, con la calculadora, de la púa que le tiene dejada Alfredo, y tarda más de veinte minutos en sacar el resultado porque la púa de Alfredo ocupa dos páginas y media. Total: justo la mitad y tres cuartos de lo que ha cobrado del paro. El tío paga la deuda y sigue tan feliz porque aún le queda dinero para invitar a otra ronda; otra ronda… y entra el alcalde con su bigote puesto y colgada del hombro, la bolsa del pan.
Alucinamos porque es un día de cada día, sin campañas electorales, y lo que menos esperas es que entre al bar todo un señor alcalde, con la bolsa del pan colgando del hombro. Ni sin.
El Morgan no puede aguantarse las ganas de preguntarle si es el alcalde de verdad, o si se trata de un holograma, “sí, soy el alcalde y estoy aquí…” pero Alfredo, o Nicolás según el día de la semana, le corta para preguntar “pero, deverdá deverdá deverdá que eres el alcalde?” “que sí, que de verdad que soy el alcalde” “¿y como es que te presentas sin guardaespaldas? Eso es una temeridad” pregunta y opina el Morgan que no hace más que ponerse de lado para que el alcalde pueda ver sus pendientes de sucedáneo de plata. “Traigo un guardaespaldas, pero tiene familia aquí al lado y se ha acercado a verla.” “Ah, vale” (todos a la vez). Se sienta, el alcalde, ante la mesa que está llena de ganchitos por todas partes y que da asco. Ha venido a la inauguración de las escaleras mecánicas, pero las escaleras, oficialmente, no las ponen en marcha hasta agosto y no las inauguran hasta octubre. Estamos a junio. Se ha hecho un lío con la agenda de inauguraciones, porque alguien de la oposición le ha metido mano (a la agenda, no al alcalde).
Entra el guardaespaldas con su hermana, su cuñado y tres sobrinos que parecen Juanito, Jorgito y Jaimito; trillicísimos hasta la médula. “Que mira, jefe, que te presento a la familia” le dice al alcalde; “hola familia” dice el alcalde con la voz de cazalla que le caracteriza y que en lo primero que piensas, si nunca le has oído hablar, es en un resacón del veintitrés. Salva despierta y se da cuenta de que la situación es una mina de oro; pregunta qué van a tomar y toma nota, cosa que nunca hace, pero se tira el moco; el guardaespaldas dos bocatas de chistorra, la hermana nada que está a régimen, el cuñado una barrecha y los sobrinos, una barra de helado cada uno; el alcalde, como está de penitencia municipal, una infusión con agua bendita.
El Salva rompe la nota de pedidos y se lía con el micro de la radio pirata que tenemos en el barrio…”charli diecitantos, aquí charli diecicuantos, ¿alguien me copia?, cambio” “te copio, charli diecicuantos, aquí el escorpión con espuelas de Arizona, cambio” “oye, escorpión de Arizona… (¡¡¡CON ESPUELAS!!! grita el otro)… vale, con espuelas, oye, pasa la bola, que tengo aquí al alcalde, cambio” “¿con el bigote?, cambio” “con el bigote y el guardaespaldas, cambio” “pregúntale si son suyos o son de atrezzo, cambio” “alcalde, que si el bigote y el guardaespaldas son tuyos, o sólo te los pones para salir en la tele” “Los dos son de prestao” contesta el alcalde y Salva “aquí charli diecicuantos, que son de prestao y que pases la bola que tengo aquí al alcalde, cambio” “recibido charli diecicuantos, paso la bola pero ¿Dónde es AQUÍ?, cambio” “en el Límite, imbécil, cambio” “¿en el Limite cuarenta y ocho horas?, cambio” “en el Límite de tu padre, gilipollas, cambio” “vale, charli diecicuantos, copiado; verifico: charli diecicuantos está en el límite, porque es imbécil y el alcalde está aquí pasando la bola, cambio” “escorpión con espuelas, no te me columpies, que me cago en treintaitres, cambio” “copiado, charli diecicuantos, no te me columpio que te cagas en treintaitres, cambio y ¿corto?” “sí hijo, sí; córtate a ver si te desangras, idiostúpido, cambio y te corto si te pillo, so mamón”.
Salva suda que ni se sabe, y el alcalde se aclara la voz para pasar a la acción…”ejem..ejem..tiri…tiri; vale. TIRITITÓN, TÓN TÓN; TIRITITÓN, TÓN TÓN; TIRITITÍ, TÓN TÓN; TIRITITÓN TÍN TÓN…”; el guardaespaldas se ha subido a la mesa y asesina a pisotones a los ganchitos que quedan con vida. Después se arranca a taconazos por bulerías y la familia, la hermana, el cuñado y los sobrinos, se hacen cisco las manos empeñados en ejercer de palmeros. Venga juerga flamenca para antes de comer. El alcalde tirititón…, el guarda que se curra la página el tío bailando y dando botes y vueltas que parece un molinete de feria y los demás dale que te dale a las palmas… Y los normales, el Morgan, el Salva, el Alfredo y yo, como viendo un poltergeis…
El final es que toda la mañana perdida escuchando las paridas del Morgan y aguantando las pasadas del alcalde y sus lolailos, me da la hora de hacer la comida, hoy arroz a la cubana, y no he conseguido tomarme ni un maldito cortado que no sea el primero, por lo de la diarrea.
La parte buena es que la tensión, la mía, se va a tener que dar con un canto en los dientes, porque hoy no pienso echarle una mano; ni para bajar ni para subir.
¡Ah! Bajé al médico el otro día, con el análisis y las radiografías, pero ya lo contaré en otro momento, que se me pasa el arroz.
El agua hirviendo, dos puñados, frío el tomate frito de bote…¿o el tomate frito no hace falta freírlo?...

jueves, 14 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (VIII)


EL ABUELO Y ALGO MÁS



(Capítulo ocho)


Elena, la conserja, sentada tras el mostrador que le sirve de trinchera defensiva y sólo deja ver su cabeza, cana ya, me ataca seis pasos antes de que aparque el carrito de la compra donde siempre; en mi parking reservado. “¿Sabes quién se murió ayer?”. Ayer fue miércoles y por tanto, aunque tengo mis reservas, hoy es jueves. No sé quién murió ayer, pero como Elena me cae bien, no dudo en contestarle, eso sí, a la gallega o sea, con otra pregunta “¿treinta y seis en Sarajevo?” “no hombre, no; aquí en el barrio.” “pues no tengo ni idea, Elena, de verdad que lo siento; si quieres salgo y pregunto por ahí.” “No hace falta (me dice) ya te lo digo yo; ¿tú te acuerdas de aquel abuelito pequeñito, con la cabecita pequeñita y una gafitas pequeñitas, que siempre se tomaba un cafetito y leía el periódico?.” Con tanto diminutivo seguido me estoy empequeñeciendo yo mismo e incluso me va a costar distinguir al abuelo en mi memoria. Casi dudo de lo real del defuncionado. Quizás de todo tan pequeñito, el pobre abuelo ni existía. Por otro lado, tampoco son horas ni lugares para explicarle a Elena mis dudas. “Si, Elena, me acuerdo de él” “pues ayer se murió así, sin más; ¿sabes cómo?” “sí. Así sin más” le contesto desarmado. Se medio sonríe para sus adentros y me dice “venga ya, güasón” “pero Elena, si no sabía ni que había muerto, ¿cómo iba a saber cómo…?”.
Creo que no me escucha esperando a que acabe de hablar, porque de cada diez veces, nueve se toma a broma lo que digo; pero eso le pasa a mucha gente que se queja de que cuando hablo, no saben si lo hago en serio o no. La verdad es que yo siempre hablo en serio; el problema es que los demás me escuchan en broma y por eso pasa lo que pasa: que parezco el arquitecto de la torre de Babel…”pues yo te digo cómo” dice Elene servicial como buena conserja que es.
Se levanta, deja a la vista la solapa en la que lleva un pin con el lazo metálico y rojo de solidaridad con los afectados por el Sida y que, por cierto, quedó en que me conseguiría uno igual para mi incipiente colección, (porque tengo la manía de que, en cuanto tengo dos cosas de algo, empiezo una colección: chapas de botella, mecheros, periódicos, máquinas de escribir, vasitos de chupito, botellas de licor en miniatura, virus de ordenador, gafas usadas, monedas, sellos, herramientas antiguas y antigüedades en general… y ahora, pins o pines o como se diga.) se aclara la voz, Elena, y relata. Yo atento porque, evidentemente, es una información crucial para ejercer el derecho al voto.
Tema: “La muertecita del Abuelito Pequeñito…” “el hombre se ha muerto con la llave en la cerradura” informa Elena, y yo no sé si tomarme la información por el lado literal o por el lado metafórico. “¿qué llave y qué cerradura, Elena? Inquiero, ignorante de mi. “Pues que la vecina de enfrente salió y se lo encontró allí, de pie, dándole la espalda y con la llave en la cerradura; como abriendo o cerrando; no se sabe si iba o si venía” “Elena, cuando uno está muerto, poco puede importarle ya si va o si viene” y ella sigue con su desinteresado informe, sin oírme, pero sin dejar de escucharme “parece que la vecina le dijo: abuelito ¿qué hace ahí paradito? ¿no puede abrir la puertecita? Y el hombre allí paradito que ni se mueve ni dice ni respira; claro, como que estaba muerto; ¿de qué le iba a servir ya respirar?. Vaya una muerte rara ¿no?” “más que rara, original; es como morirse menos y sin querer molestar” le digo en plan filósofo y ella, “pero digo yo, si el hombre se encontraba mal, podía haberle tocado el timbre a la vecina” y otra vez a discernir entre lo literal y lo metafórico. “Elena, no creo que estuviera el hombre para tocarle nada a nadie y mucho menos para pedirle a una vecina que le haga sitio en el sofá para morirse y tal”.
Entre informes y elaboradas opiniones personales, consigo deducir que seis horas después de que la vecina encontrara al abuelo delante de su propia puerta, apareció el señor juez para hacer el levantamiento del cadáver. Y durante todo ese tiempo de espera, el pobre hombre allí, con la llave en la cerradura, de pie durante seis horas, intentando abrir una puerta que no iba a poder abrir y además, poco le importaban ya la puerta, la vecina, la cerradura y la llave; esperando que el señor juez apareciese y le diera permiso para acabar de morirse en paz.
Triste y macabro como la vida misma.
Y en la calle, ante la puerta de la portería, dos policías barrando el paso a todo aquel que no pudiese demostrar, con papeles, que era vecino de la escalera. El muerto esperando al juez, los vecinos esperando al juez, los policías esperando al juez… y el juez en una boda; la suya.


Todo iba a la perfección. A medida que iban entrando, Elena los ponía al corriente y así, desde las secretarias hasta los asistentes, pasando por las psicólogas, las sociólogas, el encargado del teatro, las otras conserjas, los del bar, los de la limpieza, yo mismo, tres abueletes que siempre andan por aquí, como perdidos, buscándose los unos a los otros, los pedagogos, los de la ludoteca, las vecinas de Miguel que siempre van a tomarse un cortado después de dejar a los críos en el cole… vamos, todo el mundo que osa poner los pies en el vestíbulo, despistado o no, deja un pequeño dispendio monetario, con la finalidad de comprar un par de coronas de flores funerarias para enviarlas al entierro del abuelito pequeñito.
Elena se encarga de telefonear a las dos floristerías del barrio, la de la plaza roja y la de la plaza verde, encarga las coronas, ¡¡¡que ya están preparadas!!! según nos informa sobre la marcha; como no sabe la dirección, decidimos, también sobre la marcha, que las traigan aquí, al centro cívico.

Y digo que “todo iba a la perfección”, porque así es. “Iba”. En cuestión de segundos dejó de ir bien, y pasó a no ir. Ni bien ni mal. Ni masculino, ni femenino, ni neutro.
Feliz como una col de Lombardía, aparece como si tal cosa el abuelito pequeñito, presumiblemente en estado defuncionado, se va tan pancho para la barra del bar, pide un cafetito con leche, saca de un diminuto monedero unas monedas, paga lo que tiene que pagar, y coge caminito para el mostrador de información donde, risueño como siempre, le dice a Elena, que como todos nosotros se ha quedado de pasta de boniato, “Buenos días, guapa, ¿me podría usted dejar el periódico? Ya sabe, para leerlo un poquito” “pero abuelo (casi grita Elena) ¿usted no se murió ayer?” “no hija, no; que va, es que me dio la catalepsia y cuando me da, aprovecho para pensar. Pero cuando vino el señor juez se me pasó, les invité a una copita de orujo, a él y a su recién estrenada señora, les conté lo que había estado pensando y estuvimos riendo hasta las cuatro de la mañana con las cosas de la vida, cantando “…a las barricadas, a las barricadas, por el triunfo de la confederación…”.
Hasta ahí, más o menos todo controlado. Pero cuando aparecen las floristas, las dos, cargadas con sendas coronas de flores y preguntando dónde las dejan y a quién le cobran, a todo el mundo le da la cistitis y los lavabos se colapsan.
El abuelito se mira las coronas, se persigna a la antigua usanza, y de un manotazo se espanta la mosca que tiene tras la oreja. “Gracias por el periódico (dice dirigiéndose a Elena). Oye, guapa, ¿es que hay algún velatorio?”; y sin esperar respuesta, se sienta en la primera silla con la que se tropieza, se acerca la mesa más cercana y con el primer sorbo de café, comienza a mover la cabeza como aprobando el chiste gráfico de la última página. El de “el roto”.
Yo decido que es el mejor momento para hacer lo que mejor se me da: desaparecer.
Me monto a orcajadas sobre el carro de la compra, activo el dispositivo que conecta los propulsores a reacción, enciendo los antiniebla, saco los alerones, pongo en marcha el detector de minas ecológicas, pulso el encendedor automático de cigarrillos, introduzco en el panel digital la clave de apertura del cenicero, y cuando ya me he cercionado del correcto funcionamiento de mi carrito del mercado, poco a poco, con disimulo, comienzo a darle a los pedales.
Nadie me ve desaparecer, pero da igual; estoy seguro de que sólo el abuelito se ha dado cuenta de que yo estaba allí, porque me despide diciendo adiós con la mano…

jueves, 7 de enero de 2010

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (VII)



EL PERRO DE MIS AMIGOS

(Capítulo siete)


Paso olímpicamente de la buena esperanza y me la suda que Franki se levante o no de mala leche; empiezo a picar con los nudillos en todas las partes picables del exterior de la casa y tanto me da que arda Troya. Como es un piso bajo, no hay problema de vértigos.
Ya sé que es temprano, pero la aventura es la aventura. Pico en la puerta de la calle, en el cristal de la ventana del comedor y por fin, en la persiana cerrada de la habitación. Trini también dormía hasta que mi valeroso rescate la ha sacado de cualquiera de sus pesadillas.
Me abren los dos, como ayudándose, me miran los dos, me ven los dos y me odian los dos. No es para menos, porque para ellos son las nueve de la madrugada; solo hace cuatro horas que se fueron de mi casa después de perder, al trivial, una olla de callos y tres llaves antiguas. <¿tú nunca duermes?>, me escupe Franki de lado, y yo..."sólo cuando duermo".
Una vez dentro, me río para disculparme . Parece que Trini me agradece el haberla sacado de un mal sueño, porque se pregunta a sí misma si alguien quiere café; "pues claro que quiero café, no pensarás que he venido a veros a ti y al ladrón de letras este"; porque Franki toca la guitarra en un grupo de nombre húmedo, Charco o algo así, y no hace mucho descubrí que están utilizando una letra de cuando yo tenia tres generaciones menos, que sacó Sergio a ritmo de tango, pero que estos ladrones cantan a ritmo de blues. O eso es lo que ellos dicen que es, un blues; el caso es que…”Yo tenía medio bollo, ella tenía la otra mitad, en su bollo había jamón, en su bollo había jamón, y en el mío no había ná….” sólo suena bien si es como tango.
Y entonces aparece el perro, que no se parece en nada, físicamente, al de la peli de Isasmendi, pero mentalmente es igual de cabrón. De un coletazo, de los de alegría, me hace polvo la muñeca izquierda aún convaleciente de la rotura.
Yo no tengo nada en contra de los animales. Ni a favor. Siempre que se limiten a ser animales y basta; se trata de un problema de adaptación; o de desadaptación: a mí no me da la gana de adaptarme a ellos y ellos no consienten en adaptarse a mí.
Pero con este perro es otra historia. Cada vez que entro en la casa, el muy bestia se me tira encima y me veo aguantando sus bofetones de cola y los lametones de alegría reprimida que podría seguir reprimida. La verdad es que es un perro, dicho en el más hiriente y ofensivo de los sentidos. A pesar de no tener contra él más de tres o cuatro veces lo que él tiene contra mí, creo que en el fondo nos odiamos por igual. Pero él lo disimula, el muy hipócrita, haciéndose el simpático y moviendo la cola.
Más que de una raza definida, estoy por apostar que es un hibrido de todas las razas por definir; a la vez y en todo, incluso en lo mental. Es un perro que se emperra en ser, realmente, el mejor amigo del hombre, pero debe creer que yo soy el único de por aquí y no se molesta en preguntar si lo quiero como amigo; y es evidente que no lo quiero.
El caso es que una vez superada la película del perro, me voy directamente a la habitación de la cría que a estas horas ya se ha marchado al cole. Como es natural, aún con la ventana abierta, la habitación huele a pies que tira de espaldas, rebotas, te vuelve a tirar de espaldas y así hasta que pierdes el conocimiento. Porque a la cría le cantan los pies pese a quien pese y a quien sobrepese.
Le quito al ordenador la bandera catalana con la que lo defienden del polvo, pulso el pulsador, que para eso está, y me da un calambrazo del copón; "císcome en todos tus microchips, maldita continuación de una estrecha mente yanki" le digo, porque es un IBM de los de andar por casa. No me contesta; de hacerlo, sabe que soy capaz de pedir el comodín del bate de beisbol, pero me parpadea desde la pantalla mientras hace lo que tiene que hacer. Se encienden las lucecitas de por aquí y por allá…
No es que yo sea un portento en cuanto a lo del coeficiente intelectual (según si el día es lluvioso o no, oscilo entre el 48 negativo y el…48 negativo) pero cada vez que me encuentro delante de un ordenador, lo rodeo y a traición, le instalo el programa que utilizo para escribir. Entero. Siete diskettes de doble densidad; por lo que pueda pasar.
Tengo el programa en el ordenador de Miguel, en el de la cría de Trini, que es este, en el que Johnny le ha dejado a Kike, en el de las crías de María, en Palau, en otro que tuve durante un tiempo en casa, hasta que lo vendí por diez billetes más de lo que me costó… ni me acuerdo de las veces que lo habré instalado.
Mi primo también lo tiene, pero ese lo instaló él. De hecho, fue él quien me lo consiguió.
Lo de antes, lo que decía… “No es que sea un portento en cuanto a lo del coeficiente intelectual…” no viene a cuento, pero me sirve para hacer un repaso mental de los lugares a los que puedo recurrir a la hora de centrar o corregir el texto. De imprimir, no hay manera.
…y yo delante de la pantalla gris, después del calambrazo, esperando a que se acaben de ejecutar las órdenes internas.
Vale; me toca. Meto el diskette en la diskettera. Llamo al directorio que me interesa, CD tal, orden de ejecución, sólo tal, perfecto; selecciono el archivo en el menú, Alt-A, cambio de unidad de directorio, D, selecciono lo que me da la gana y aparece el texto que tengo que corregir.
Todo bien… hasta que aparece el perro y decide corregir él; y como con la cola no tiene bastante, se endereza sobre las patas traseras y comienza a teclear directamente con las patas delanteras y a boleo. El muy perro insiste en hacer amigos, pero yo no trago. Creo que ahora sí que tendría que pedir el comodín del bate de beisbol.
Despulso el pulsador, que sigue en el mismo sitio, y le corto la corriente a esta máquina idiota aunque en realidad, más que cortar, lo que hago es quedarme yo con la corriente porque acaba de pegarme el segundo calambrazo. Le dedico al perro, con todo el odioso cariño de que soy capaz una larga retahíla de insultos barriobajeros y el muy borde, se hace el sordo y se larga ladrando El puente sobre el río Kwai, versión rap, contento como si acabase de ganarle una partida de ajedrez al ordenador. Y yo alucino, que es algo que me cuesta poco, además de ser gratis.
Como no soy tan tonto, esta vez le doy al pulsador con una percha y a distancia; y como tampoco soy tan listo, no tengo en cuenta que la percha es de diseño, pero metálica. Recibo con resignación un nuevo patapúm eléctrico y empiezo a sacar humo por la nariz; como en los dibujos animados. Tranqui, socio, que es el humo del cigarro.
Repito todo lo del CD tal y el Alt-A y todo eso, mirando de reojo hacia la puerta por si al perro le da por volver a entrar para ayudarme, pero no entra; así que corrijo deprisa, ESC y vuelvo atrás, Ctr-B, centrar y guionar de forma artesana; casi acabado. Selecciono grabar y salir, grabo y salgo, y fin.
Saco el diskette, lo enfundo el la bolsita de plástico, el diskette, y dejo el ordenador funcionando. Que calambree a otro y si puede ser, que sea al perro asqueroso. Por listo.
Franki me dedica siete ruidos y treinta y tres gárgaras cuando paso ante la puerta del lavabo y como voy mirando a la derecha, tropiezo dos veces y a la vez: con el maldito perro que siempre está donde no tiene que estar, y con Trini que sale de la cocina llevando los vasos de café en la mano.
Como era de esperar, el café cae encima del lomo del perro que se queja un poquito porque quema, y yo me descojono mentalmente (¡qué bonito¡) que se joda el perro.

"vale. Pongo otra cafetera" dice Trini; "vale. pones otra cafetera" digo yo; "fffale. Gue poga odrla aheteha" dice Franki entre gárgara y gárgara. <¡Otra no, por favor!> piensa el perro.

Los tres sin decir palabra y meneando el café con la cucharilla comunitaria, uno menea y dos esperan, ocupando cada uno un lado de la mesa; el cuarto lado, la mesa es rectangular, está pegado a la pared aguantando un espejo de mural. Así da la impresión de que somos seis, repetidos de dos en dos. Tres parejas de gemelos, tomando café. Y ojo a la mesa, que no es una mesa cualquiera: un tablero de aglomerado de dieciséis, de dos metros por uno y medio, lacado en negro y con dos agujeros grandes y cuadrados en los que están encajadas sendas racholas de las del suelo, gris clarito con motas de gris oscuro, casi negro, de treinta y cinco por treinta y cinco. Las patas de la mesa son de otra esfera: el hierro forjado que servía de soporte a una antigua máquina de coser, ruedecillas incluidas. Y de las sillas, pues ya ves… la de Franki, metálica tubular con respaldo riñonero, la mía, plegable de las de la playa a rayas verdes y granate y la de Trini, de tijera pero de caña de bambú; la del gato, porque también hay un gato negro, silencioso y distante, es una butaca de madera con cojín azul, que hasta el azul huele a gato. Hay otra silla en un rincón, pero no la utiliza nadie porque es de oficina y aquí nadie sabe como funciona. Y lo que menos destaca, en una pared abarrotada de naderías, es un tapiz pequeñito que monté sobre una madera maciza, con hilo dorado y flecos de bolas azul cobalto y que se llama Tuareg. Por lo del azul.
La verdad es que el comedor parece un boceto de Dalí cuando empezaba.
Acabo el café, que se ha quedado frío esperando el turno de cucharilla, le digo a Franki, por enésima vez, que me regale el romancero gitano de Lorca, y por enésima vez me enchega a pastar fango. Tiene una edición de 1936 que vale una pasta. Que me suicide, dice Franki entre gárgara y gárgara. Yo también le quiero.
Captado el mensaje, cojo las llaves antiguas que ya son mías porque las gané al trivial, les recuerdo que nos deben, a Marga y a mí, una cazuela de callos, y les veo meterse de nuevo en la habitación después de darme un beso de buenas noches. No esperaba menos de alguien que soporta vivir en compañía de semejante perro.
Agarro la cafetera por el mango, que en realidad es la maneta de una puerta, solo que reciclada en mango, y vierto lo que queda sobre el lomo de mi amigo, el asesino potencial, formato canino. Ya no quema y el animal se puede entretener lamiendo hasta la hora de comer, que aquí será la hora de desayunar. Pero al perro le da igual, porque se alimenta de sus malas ideas. Siempre contra mí. Creo que tiene un cactus por cerebro; casi como yo.
Cierro la puerta por fuera pensando en lo de lo cruel que es no poder recuperar el instante inmediatamente anterior al instante en el que se vive. (Ya, vale, me habría ido bien una coma (,) en alguna parte, porque la frase puede resultar larga; lo sé, soy consciente, pero si no la podéis leer de un tirón, es hora de empezar a creer en dejar de fumar.)
Sigo pensando, aunque a estas horas de la mañana no es lo que mejor se me da, en lo ingrato que debe resultar ser perro. Pero si además de ser perro, eres cafeinómano…eso ya tiene que ser la leche en polvo. Con la cafeína corriéndole a uno por las venas, bumbum, bumbum, y la yugular a punto de estallar por la tensión arterial o algo así. Y como única queja, un ladrido tan raro que no sabes por donde cogerlo.
Creo que más temprano que tarde, este perro acabará saliendo del armario; a mí no me la da…