EL MORGAN, ENTRE OTROS
(Capítulo nueve)
Sólo le faltaba eso; además de hacerse socio honorario del club SuperTres, el Morgan se ha puesto dos pendientes, eso sí, los dos en la misma oreja. Dice que andar por ahí con un aro en cada lado de la cara, en las orejas, es una mariconada digna de los piratas, o de los ingleses que, según él, son lo mismo.
Porque la verdad es que la opinión que el Morgan tiene sobre los ingleses, no va más allá que el respeto que le merecería una lombriz. Este tío es increíble.
Se llena la boca con descalificaciones hacia la Pérfida Albión y acaba, siempre, con ardor de estómago de la mala leche que le entra. Además de increíble, irremediable.
Y lo peor es que cree que Inglaterra está debajo de Méjico, entre Camboya y el Besós. No hace falta decir que es un intelectual de los de barra de bar.
El Morgan, definitivamente, pertenece a esa tribu que piensa, con preclara lucidez, que la imaginación es la velocidad punta de la inteligencia; aunque la imaginación de este hombre tiene de inteligente lo que de filosófico tiene un báter boca abajo. Con decir que de lo que más le gusta hablar es de la metafísica inductiva de la gilipollez…
Es un personaje que ya te cae mal de entrada porque piensas que, en realidad, no tiene ni etimología ni prosodia y al oírlo, recuerdas el refrán de “A palabras incoherentes, oídos persicopédicos”, o algo así, ahora mismo no estoy por refranes. Es el puro y tétrico retrato del gato del jorobado de Notre Dame.
Y una vez finalizada la descripción totalmente imparcial de este tío (totalmente imparcial, lo juro), voy con lo que tenía que haber ido desde el principio: Entro en el “Límite” y me encuentro a Salva vestido de aragonés y cantando jotas… “…y tengo las albarcas rotas, y la bolsa sin un duro, qué invierno me espera, niña…”.
El Salva es el dueño, camarero, chef, metre, somelier, relaciones públicas y todo, del “Limite”. El sitio no está mal. Es un bar con dos ambientes en la planta baja y arriba, el techo. Porque es un bar con techo y Salva, un dueño con ojeras; algo de lo que no pueden presumir todos los dueños. El local, sin contar a Salva, está vacío, las sillas sobre las mesas, suelo recién fregado, la cafetera aún fría, la tele puesta a toda pastilla con un concurso de los de buscar pareja… eso en el primer ambiente; en el segundo, la cosa marcha de forma diferente. Los billares vacíos, los futbolines vacíos porque las figuritas de metal que suelen estar ensartadas en las barras de hierro están meando, las figuritas, no las barras, la cafetera no está ni fría ni caliente porque en el segundo ambiente no hay cafetera, ni falta que hace, el tablón de anuncios lleno, repito, lleno, de fotos originales, papelitos de compra-venta de cualquier cosa, carteles publicitarios de conciertos de rock y, además, en el rincón más oscuro y olvidado del tablón, un poema de Montse; el poema más triste de la historia mundial de la literatura universal de todos los tiempos: un folio DIN4 en blanco con dos manchas amarillentas. Las manchas rodeadas por un solo círculo en lápiz y a media página, con escritura apresurada, una inscripción que dice “estas son mis lágrimas. Están aquí por ti”. No tiene firma, pero todo el mundo sabe que es de Montse, porque todo el mundo sabe que algo así sólo saldría de ella. De todas formas y puestos a sincerarnos, Montse es una de las dos personas que saben que el poema es mío; la otra persona, claro, es Marga. Pero Montse se presta a seguir el juego y yo encantado con el anonimato.
Qué voy a decir, a mí el poema me encanta; siempre que entro al bar, antes de marcharme, lo leo un par de veces. A más de uno le corroe la envidia porque le gustaría ser el autor, El Morgan, por ejemplo.
A lo que iba; menos Salva de aragonés cantando jotas, todo vacío. “Socio, que me voy a por el periódico, si traen el pan, lo coges” me dice el camarero polivalente, y se marcha tan feliz. Yo me quedo sentado en un taburete, como de dóberman, mirando el ventilador negro que hay en el techo del primer ambiente.
Y entonces entra el Morgan, de lado para que no me fije en los dos pendientes, y me dice “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir” “allá van los señoríos derechos a se acabar e consumir”, le digo yo sin quitar los ojos de su oreja. Podríamos haber dicho “buenos días” como todo el mundo, pero ni el Morgan mi yo somos todo el mundo; ni siquiera la mitad del mundo. En realidad, hay veces en las que dudo que seamos de este mundo. Hoy nos da por Jorge Manrique, pero cuando me entra con Boccaccio o con Petrarca, me hago polvo buscando la continuación del saludo.
Me pregunta por el camarero, le digo que ha ido a por el periódico, me dice que le ponga un quinto y le digo que una mierda, que yo no estoy en esta vida para ponerle quintos a nadie; y menos a estas horas. Como es un tío gracioso, recapacita y suelta que yo, o sea, yo, no estoy en esta vida ni para poner quintos ni para poner sextos, que los quintos y los sextos los ponen los paletas a medida que avanza la construcción.
Es de un gracioso este hombre…
Cuando llega Salva, el Morgan ya se ha ventilado tres cervezas y cuatro bolsas de ganchitos. Yo no quiero nada, porque el primer café de la cafetera, me da diarrea.
“Adiós, Salva” digo desde la puerta “adiós, Salva” dice el Morgan justo a mi lado; y Salva no se entera porque el volumen de la tele le inmuniza los oídos. En la puerta nos tropezamos con Alfredo; todos le llaman Popeye pero, aunque se llama José, yo le llamo Alfredo, o Nicolás, o Pedro Andrés; según el día, le llamo cualquier cosa que no sea ni Popeye ni José; así nunca me equivoco. El caso es que viene contento porque ha cobrado el paro y nos invita a una ronda. Vuelta a entrar y al Morgan la ronda le dura otras tres cervezas y dos bolsas más de ganchitos; no sé que coño le dan de comer en su casa, suponiendo que le den. Y encima va por ahí presumiendo de que es abstemio y no prueba ni gota de alcohol; la verdad es que a lo mejor es así, porque la cerveza es Sin (alcohol). Yo no tomo nada por lo de la diarrea del primer café de la cafetera y todo eso.
Discutimos un rato sobre si el límite de velocidad es acumulativo, y llegamos a la conclusión de que así es; recapitulo: resulta que a la entrada del barrio hay una placa que limita la velocidad a cincuenta kilómetros por hora; pues bien, hemos deducido entre los tres que cuando un coche entra al barrio a treinta por hora, el coche que va detrás, tiene derecho a aprovechar los veinte kilómetros que el de delante no hace servir, y el tío, o la tía, puede entrar a setenta por hora como si tal cosa. Si uno entra a setenta, pase; es uno. Pero si cinco entran a treinta, el sexto acumula un copón y si le da la gana puede entrar al barrio zumbando a trescientos por hora. La deducción, los cálculos matemáticos, las deliberaciones y la conclusión final, nos lleva nuestra buena hora y media. El Morgan promete que escribirá una carta a L’informatiu para quejarse, que es lo suyo, de la falta de respeto hacia las señales de tráfico y yo paso a hacer un artículo sobre el mismo tema, aunque creo que este mes no colaboraré con un artículo; prefiero hacer un poema de esos que solo entendemos mi sombra, Bukoski y yo; son cortitos y no necesitan mucho espacio en mi cerebro.
Ya me han avisado de que es el último número (de L’informatiu), de momento, porque están hasta las cachas de deudas y el impresor quiere cobrar; quizás en septiembre estén aquí las subvenciones prometidas por el ayuntamiento y la generalitat, y puedan volver a salir. Eso de depender de un par de irresponsables que deciden según han pasado la noche, no lo acabo de ver del todo claro.
Volvamos a lo de antes; Salva comienza a hacer la suma, con la calculadora, de la púa que le tiene dejada Alfredo, y tarda más de veinte minutos en sacar el resultado porque la púa de Alfredo ocupa dos páginas y media. Total: justo la mitad y tres cuartos de lo que ha cobrado del paro. El tío paga la deuda y sigue tan feliz porque aún le queda dinero para invitar a otra ronda; otra ronda… y entra el alcalde con su bigote puesto y colgada del hombro, la bolsa del pan.
Alucinamos porque es un día de cada día, sin campañas electorales, y lo que menos esperas es que entre al bar todo un señor alcalde, con la bolsa del pan colgando del hombro. Ni sin.
El Morgan no puede aguantarse las ganas de preguntarle si es el alcalde de verdad, o si se trata de un holograma, “sí, soy el alcalde y estoy aquí…” pero Alfredo, o Nicolás según el día de la semana, le corta para preguntar “pero, deverdá deverdá deverdá que eres el alcalde?” “que sí, que de verdad que soy el alcalde” “¿y como es que te presentas sin guardaespaldas? Eso es una temeridad” pregunta y opina el Morgan que no hace más que ponerse de lado para que el alcalde pueda ver sus pendientes de sucedáneo de plata. “Traigo un guardaespaldas, pero tiene familia aquí al lado y se ha acercado a verla.” “Ah, vale” (todos a la vez). Se sienta, el alcalde, ante la mesa que está llena de ganchitos por todas partes y que da asco. Ha venido a la inauguración de las escaleras mecánicas, pero las escaleras, oficialmente, no las ponen en marcha hasta agosto y no las inauguran hasta octubre. Estamos a junio. Se ha hecho un lío con la agenda de inauguraciones, porque alguien de la oposición le ha metido mano (a la agenda, no al alcalde).
Entra el guardaespaldas con su hermana, su cuñado y tres sobrinos que parecen Juanito, Jorgito y Jaimito; trillicísimos hasta la médula. “Que mira, jefe, que te presento a la familia” le dice al alcalde; “hola familia” dice el alcalde con la voz de cazalla que le caracteriza y que en lo primero que piensas, si nunca le has oído hablar, es en un resacón del veintitrés. Salva despierta y se da cuenta de que la situación es una mina de oro; pregunta qué van a tomar y toma nota, cosa que nunca hace, pero se tira el moco; el guardaespaldas dos bocatas de chistorra, la hermana nada que está a régimen, el cuñado una barrecha y los sobrinos, una barra de helado cada uno; el alcalde, como está de penitencia municipal, una infusión con agua bendita.
El Salva rompe la nota de pedidos y se lía con el micro de la radio pirata que tenemos en el barrio…”charli diecitantos, aquí charli diecicuantos, ¿alguien me copia?, cambio” “te copio, charli diecicuantos, aquí el escorpión con espuelas de Arizona, cambio” “oye, escorpión de Arizona… (¡¡¡CON ESPUELAS!!! grita el otro)… vale, con espuelas, oye, pasa la bola, que tengo aquí al alcalde, cambio” “¿con el bigote?, cambio” “con el bigote y el guardaespaldas, cambio” “pregúntale si son suyos o son de atrezzo, cambio” “alcalde, que si el bigote y el guardaespaldas son tuyos, o sólo te los pones para salir en la tele” “Los dos son de prestao” contesta el alcalde y Salva “aquí charli diecicuantos, que son de prestao y que pases la bola que tengo aquí al alcalde, cambio” “recibido charli diecicuantos, paso la bola pero ¿Dónde es AQUÍ?, cambio” “en el Límite, imbécil, cambio” “¿en el Limite cuarenta y ocho horas?, cambio” “en el Límite de tu padre, gilipollas, cambio” “vale, charli diecicuantos, copiado; verifico: charli diecicuantos está en el límite, porque es imbécil y el alcalde está aquí pasando la bola, cambio” “escorpión con espuelas, no te me columpies, que me cago en treintaitres, cambio” “copiado, charli diecicuantos, no te me columpio que te cagas en treintaitres, cambio y ¿corto?” “sí hijo, sí; córtate a ver si te desangras, idiostúpido, cambio y te corto si te pillo, so mamón”.
Salva suda que ni se sabe, y el alcalde se aclara la voz para pasar a la acción…”ejem..ejem..tiri…tiri; vale. TIRITITÓN, TÓN TÓN; TIRITITÓN, TÓN TÓN; TIRITITÍ, TÓN TÓN; TIRITITÓN TÍN TÓN…”; el guardaespaldas se ha subido a la mesa y asesina a pisotones a los ganchitos que quedan con vida. Después se arranca a taconazos por bulerías y la familia, la hermana, el cuñado y los sobrinos, se hacen cisco las manos empeñados en ejercer de palmeros. Venga juerga flamenca para antes de comer. El alcalde tirititón…, el guarda que se curra la página el tío bailando y dando botes y vueltas que parece un molinete de feria y los demás dale que te dale a las palmas… Y los normales, el Morgan, el Salva, el Alfredo y yo, como viendo un poltergeis…
El final es que toda la mañana perdida escuchando las paridas del Morgan y aguantando las pasadas del alcalde y sus lolailos, me da la hora de hacer la comida, hoy arroz a la cubana, y no he conseguido tomarme ni un maldito cortado que no sea el primero, por lo de la diarrea.
La parte buena es que la tensión, la mía, se va a tener que dar con un canto en los dientes, porque hoy no pienso echarle una mano; ni para bajar ni para subir.
¡Ah! Bajé al médico el otro día, con el análisis y las radiografías, pero ya lo contaré en otro momento, que se me pasa el arroz.
El agua hirviendo, dos puñados, frío el tomate frito de bote…¿o el tomate frito no hace falta freírlo?...