MEDICINA GENERAL (uno)
(Capítulo cinco)
Hoy madrugo porque ayer bajé al médico y ya tengo el día organizado; pero empiezo con lo que fue y después sigo con lo que es.
Salí, como siempre salgo, a comprar el pan, solo que decidí comprarlo en el súper y así tengo excusa para tomarme un cortado en el centro cívico; llego y María, la inminente suegra de Miguel, me recuerda que he quedado con él y a mí se me cae el alma al suelo porque cada vez que quedo con Miguel me cuesta un cansancio infinito. Me tomo el cortado, le pago a María, y encarrilo camino del cansancio.
Cuando entro en el piso, con el pan y cuatro cortados encima, el número de bares que encuentro en el recorrido, me entero de que el camión aún no ha llegado y Miguel y yo nos pasamos cerca de dos horas hablando del tiempo, de hacienda, de dimisiones y de corrupciones y, cuando ya tengo la chaqueta puesta y me estoy despidiendo en la calle, aparece por la esquina un tío con cara de mala leche. El chofer del camión. Se nos acerca mucho y pregunta con la voz desde la tráquea, recién operado -¿aquí?- -aquí- le contestamos los dos a la vez; -¡joder! Vaya pasaje, por aquí no entra el camión!!!- y es que Miguel se ha comprado un piso metido entre bloques y para dar con él hay que hacer un máster en laberintos. A los diez minutos aparece el camión y parece uno de esos que salen en los huevos de chocolate; deduzco que el chofer se queja de vicio.
Miguel, muy amable, me ayuda a quitarme la chaqueta y sin perder su eterna sonrisa, me ofrece unos guantes justo de mi talla.
Total, no menos de treinta sacos de arena, diez o doce de cemento-cola, racholas por un tubo, suelo de gres gris como veinte cajas, flexos, tuberías de cobre, más racholas, más sacos, más de todo…( la verdad es que en lugar de reformar el lavabo, lo que quiere es construir un bloque nuevo. Este camión, más el de la semana pasa, ya suman…cinco).
Cuando acabamos de descargar y subir el material al piso, chorreamos sudor como para fabricar dos o tres océanos. El chofer de la voz traqueosa, desapareció en cuanto la última rachola salió del camión y cobró la factura, iva y propina incluidas.
Nos tomamos un kas, Miguel de naranja y yo de limón, con unas patatas fritas de bolsa (calidad suprema, precio recomendado), y salgo corriendo porque me pilla el toro para preparar la comida.
Hoy, macarrones; son una solución rápida. El crío se los come sin mirar, pero yo no puedo con ellos. En realidad, con lo que no puedo es con los macarrones que preparo yo; cuando como en un bar o en casa de alguien, si hay macarrones, encantado. Pero si se trata de los que cocino yo, ni los miro. Así que el crío macarrones y yo un par de huevos fritos.
Llego a casa, me ducho, preparo la comida preconcebida, aparece el crío cantando que ha recuperado natu y mates y olé (creo que se refiere a naturales y matemáticas, pero no entiendo lo de olé), comemos cada uno lo suyo y salgo corriendo para el médico porque tengo concertada la hora de visita: YA.
Entro en el ambulatorio organizando mentalmente los saludos…y no saludo. El celador está en la duermevela y no se entera, Lourdes, la dire de L’informatiu, no se deja ver, Miguel está picando paredes en el piso y no reconozco a nadie más. En la pared hay un cartel gigante que ruega silencio de forma contundente: un loro verde y debajo, un letrero que reza: “¡NO SEAS LORO, COÑO!”.
Saludo al loro sin mirarlo -hola, loro- -hola, hola, hola..-, además de verde es borde.
Me siento frente a la puerta doce del segundo piso y, como siempre, espero. Y espero. Y espero…
Sale la enfermera con la lista de visitas y lee -Marga tal y tal-, me levanto con la barba puesta, entro en la consulta y la doctora me dice, sin mirarme, -siéntate, Marga- me mira, me ve y..-¿Margarito?- -ni una ni otro- digo yo y le explico que Marga se rompió un pie hace una semana, (de verdad, se rompió un pie, uno solo, porque pisó mal en el único escalón que había; de haber dos escalones, seguro que se rompe los dos pies)…-y yo te traigo (le digo a la doctora) el informe del traumatólogo para que me digas cuando y donde le quitamos la escayola-.
No hay problema.
Lo arregla todo, sella un par de hojas amarillas y fin.
Como ya estoy allí, ataco con lo mío y así aprovecho la visita. -que me mareo-, le digo; -vale, algo más?- -algo más, pero ya voy servido con los mareos- -cuenta, cuenta-; la doctora es más joven que yo, está de buen humor y le cuento que, por ejemplo, voy andando y de buenas a primeras se me van la vista y la cabeza. Dos o tres segundos. Después todo vuelve a su sitio y yo no he perdido ni el paso, o sea, que no es por agacharme o levantarme con brusquedad, porque me pasa cuando estoy de pie. Le digo lo de los dolores de cabeza y ella le pide a la enfermera que me tome la tensión. Aprovecho el lapsus para enterarme de qué se ha roto Marga -no hay rotura, hay fractura- -¿de qué?- -de la base del quinto metatarso- -claro- …pero estoy pensando que como si me la pica un pollo. No sabía que Marga tenía un metatarso, ¡¡¡ iba a saber que no, que tiene cinco !!!, o más. Mejor paro de preguntar.
Y la enfermera, que se queda con mi cara, se quita el zueco blanco y el calcetín negro, y me da una clase magistral en torno a la situación de la fractura. Queda medio claro que la cosa está en la parte externa del empeine, pero por abajo. Como si se hubiese roto un trozo de la planta del pie.
Después de la demostración me lía el brazo derecho con lo de la tensión, mete el endoscopio (¿endoscopio?) entre el brazo y la tela impermeable y empieza a dar aire con una pera de goma.; cuando la aguja se para, la enfermera alucina.
Lo saca todo y me monta la misma tómbola en el brazo izquierdo. Vuelta a empezar y cuando acaba, sigue alucinando -doctora, este hombre tendría que estar muerto- y a mí me dice que estoy a no sé cuantos y no sé cuantos y que tengo pinta de sumarme a los súper-hipertensos; yo le digo que todo eso ya me lo dijeron en la mili, pero que de lo que te decían en la mili, la mitad menos tres. O cuatro. -pues te vamos a controlar durante unas cuantas semanas y, de entrada, menos café. O ninguno. Y del tabaco hablamos el próximo día-. Yo respiro fuerte, cojo aire, y no le doy las gracias. Sólo faltaba.
La doctora, que sigue con buen humor, acaba de rellenar papeles, sella, sonríe y recita. Pero abrevio: un análisis de sangre completito, diabetes incluida, y un par de radiografías de las cervicales.
Me explican entre las dos el sistema de pedir hora por teléfono (por teléfono, como si fuera tan fácil desde casa), porque no me entero, y sintiéndolo mucho no tengo más remedio que pedirles, por favor, que me lo den por escrito. Dos veces. Pero se niegan.
Y ni por esas. Salgo sin haberme enterado de nada, más por culpa mía que de ellas, y para consolarme me invito a un cortado en el centro cívico, dónde si no?. Ya empezaré mañana a rebajar la dosis de café.
Cuando llego a casa empiezo los intentos telefónicos para concertar hora en el ambulatorio de San Andrés y ¡¡¡lo consigo a la primera!!!; pero no solo eso, además me lo monto para poder hacerlo todo hoy, que es el día después…(continuará)
Hoy madrugo porque ayer bajé al médico y ya tengo el día organizado; pero empiezo con lo que fue y después sigo con lo que es.
Salí, como siempre salgo, a comprar el pan, solo que decidí comprarlo en el súper y así tengo excusa para tomarme un cortado en el centro cívico; llego y María, la inminente suegra de Miguel, me recuerda que he quedado con él y a mí se me cae el alma al suelo porque cada vez que quedo con Miguel me cuesta un cansancio infinito. Me tomo el cortado, le pago a María, y encarrilo camino del cansancio.
Cuando entro en el piso, con el pan y cuatro cortados encima, el número de bares que encuentro en el recorrido, me entero de que el camión aún no ha llegado y Miguel y yo nos pasamos cerca de dos horas hablando del tiempo, de hacienda, de dimisiones y de corrupciones y, cuando ya tengo la chaqueta puesta y me estoy despidiendo en la calle, aparece por la esquina un tío con cara de mala leche. El chofer del camión. Se nos acerca mucho y pregunta con la voz desde la tráquea, recién operado -¿aquí?- -aquí- le contestamos los dos a la vez; -¡joder! Vaya pasaje, por aquí no entra el camión!!!- y es que Miguel se ha comprado un piso metido entre bloques y para dar con él hay que hacer un máster en laberintos. A los diez minutos aparece el camión y parece uno de esos que salen en los huevos de chocolate; deduzco que el chofer se queja de vicio.
Miguel, muy amable, me ayuda a quitarme la chaqueta y sin perder su eterna sonrisa, me ofrece unos guantes justo de mi talla.
Total, no menos de treinta sacos de arena, diez o doce de cemento-cola, racholas por un tubo, suelo de gres gris como veinte cajas, flexos, tuberías de cobre, más racholas, más sacos, más de todo…( la verdad es que en lugar de reformar el lavabo, lo que quiere es construir un bloque nuevo. Este camión, más el de la semana pasa, ya suman…cinco).
Cuando acabamos de descargar y subir el material al piso, chorreamos sudor como para fabricar dos o tres océanos. El chofer de la voz traqueosa, desapareció en cuanto la última rachola salió del camión y cobró la factura, iva y propina incluidas.
Nos tomamos un kas, Miguel de naranja y yo de limón, con unas patatas fritas de bolsa (calidad suprema, precio recomendado), y salgo corriendo porque me pilla el toro para preparar la comida.
Hoy, macarrones; son una solución rápida. El crío se los come sin mirar, pero yo no puedo con ellos. En realidad, con lo que no puedo es con los macarrones que preparo yo; cuando como en un bar o en casa de alguien, si hay macarrones, encantado. Pero si se trata de los que cocino yo, ni los miro. Así que el crío macarrones y yo un par de huevos fritos.
Llego a casa, me ducho, preparo la comida preconcebida, aparece el crío cantando que ha recuperado natu y mates y olé (creo que se refiere a naturales y matemáticas, pero no entiendo lo de olé), comemos cada uno lo suyo y salgo corriendo para el médico porque tengo concertada la hora de visita: YA.
Entro en el ambulatorio organizando mentalmente los saludos…y no saludo. El celador está en la duermevela y no se entera, Lourdes, la dire de L’informatiu, no se deja ver, Miguel está picando paredes en el piso y no reconozco a nadie más. En la pared hay un cartel gigante que ruega silencio de forma contundente: un loro verde y debajo, un letrero que reza: “¡NO SEAS LORO, COÑO!”.
Saludo al loro sin mirarlo -hola, loro- -hola, hola, hola..-, además de verde es borde.
Me siento frente a la puerta doce del segundo piso y, como siempre, espero. Y espero. Y espero…
Sale la enfermera con la lista de visitas y lee -Marga tal y tal-, me levanto con la barba puesta, entro en la consulta y la doctora me dice, sin mirarme, -siéntate, Marga- me mira, me ve y..-¿Margarito?- -ni una ni otro- digo yo y le explico que Marga se rompió un pie hace una semana, (de verdad, se rompió un pie, uno solo, porque pisó mal en el único escalón que había; de haber dos escalones, seguro que se rompe los dos pies)…-y yo te traigo (le digo a la doctora) el informe del traumatólogo para que me digas cuando y donde le quitamos la escayola-.
No hay problema.
Lo arregla todo, sella un par de hojas amarillas y fin.
Como ya estoy allí, ataco con lo mío y así aprovecho la visita. -que me mareo-, le digo; -vale, algo más?- -algo más, pero ya voy servido con los mareos- -cuenta, cuenta-; la doctora es más joven que yo, está de buen humor y le cuento que, por ejemplo, voy andando y de buenas a primeras se me van la vista y la cabeza. Dos o tres segundos. Después todo vuelve a su sitio y yo no he perdido ni el paso, o sea, que no es por agacharme o levantarme con brusquedad, porque me pasa cuando estoy de pie. Le digo lo de los dolores de cabeza y ella le pide a la enfermera que me tome la tensión. Aprovecho el lapsus para enterarme de qué se ha roto Marga -no hay rotura, hay fractura- -¿de qué?- -de la base del quinto metatarso- -claro- …pero estoy pensando que como si me la pica un pollo. No sabía que Marga tenía un metatarso, ¡¡¡ iba a saber que no, que tiene cinco !!!, o más. Mejor paro de preguntar.
Y la enfermera, que se queda con mi cara, se quita el zueco blanco y el calcetín negro, y me da una clase magistral en torno a la situación de la fractura. Queda medio claro que la cosa está en la parte externa del empeine, pero por abajo. Como si se hubiese roto un trozo de la planta del pie.
Después de la demostración me lía el brazo derecho con lo de la tensión, mete el endoscopio (¿endoscopio?) entre el brazo y la tela impermeable y empieza a dar aire con una pera de goma.; cuando la aguja se para, la enfermera alucina.
Lo saca todo y me monta la misma tómbola en el brazo izquierdo. Vuelta a empezar y cuando acaba, sigue alucinando -doctora, este hombre tendría que estar muerto- y a mí me dice que estoy a no sé cuantos y no sé cuantos y que tengo pinta de sumarme a los súper-hipertensos; yo le digo que todo eso ya me lo dijeron en la mili, pero que de lo que te decían en la mili, la mitad menos tres. O cuatro. -pues te vamos a controlar durante unas cuantas semanas y, de entrada, menos café. O ninguno. Y del tabaco hablamos el próximo día-. Yo respiro fuerte, cojo aire, y no le doy las gracias. Sólo faltaba.
La doctora, que sigue con buen humor, acaba de rellenar papeles, sella, sonríe y recita. Pero abrevio: un análisis de sangre completito, diabetes incluida, y un par de radiografías de las cervicales.
Me explican entre las dos el sistema de pedir hora por teléfono (por teléfono, como si fuera tan fácil desde casa), porque no me entero, y sintiéndolo mucho no tengo más remedio que pedirles, por favor, que me lo den por escrito. Dos veces. Pero se niegan.
Y ni por esas. Salgo sin haberme enterado de nada, más por culpa mía que de ellas, y para consolarme me invito a un cortado en el centro cívico, dónde si no?. Ya empezaré mañana a rebajar la dosis de café.
Cuando llego a casa empiezo los intentos telefónicos para concertar hora en el ambulatorio de San Andrés y ¡¡¡lo consigo a la primera!!!; pero no solo eso, además me lo monto para poder hacerlo todo hoy, que es el día después…(continuará)
ja,ja,j, me he reido un rato con la historieta de médicos, y pies y cafeses¡¡¡ja,ja,ja muy buenooo
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