jueves, 31 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (VI)


MEDICINA GENERAL (dos)


(Capítulo seis)



Y ya estoy en hoy, que madrugo y tengo agujetas hasta en las pestañas gracias a los sacos de arena de Miguel.
Le preparo el café a Marga (para mí nada, porque el análisis de sangre es en ayunas), preparo también los dos almuerzos para el crío porque el crío, pobrecito mío, almuerza dos veces, y me voy para el ambulatorio de San Andrés.
Todo perfecto; de verdad.
Me llaman para sacarme sangre, entro, me siento en un sillón de escai casi negro, me dejo atar la goma en el brazo cuando la enfermera, o la practicante o lo que sea está mirando lo bien que le ha quedado el nudo de la goma, le informo de que ese brazo es el malo; el bueno para sacarme sangre es el otro; que en el que me ha puesto la goma, en la mili me dijeron que no tenía venas. Pero es que en la mili, lo primero que te dicen es que no tienes nada.
Así que armada de la paciencia que no le exige el convenio laboral, cambia la goma y se está no menos de diez minutos buscándome su vena preferida; no la encuentra y desiste. Parece que ahora se conforma con cualquier cosa que parezca una vena. Por fin encuentra algo. Mete la aguja, hace retroceder el embolo de la jeringuilla y saca la sangre que tiene que sacar; y como la tiene que sacar, oscura y espesa, que es como siempre la he tenido.
Yo ni me entero.
-¿Te he hecho daño?- -Nada de nada, oye; estoy por darte 250 centilitros más de regalo- Doy las gracias casi rozando el suelo con la frente y, literalmente, ruedo por las escaleras para llegar a tiempo a las radiografías. Seis pisos rodando y ni me despeino.
Radiografías en la planta baja. Aquí mejor que antes. Le doy los papeles a la señora del mostrador, los mira, me mira, me remira y dice -espere al fondo del pasillo-. –Al fondo del pasillo- repito en voz alta como para informarme a mí mismo. –SÍ SEÑOR, AL FONDO DEL PASILLO LE HE DICHO. ¿ESTÁ SORDO?- me grita la señora y yo -perdone, señorita, ¿cómo dice?. Es que soy un poco sordo; sobre todo a partir de los 143 decibelios-.
Y el pasillo que parece no tener fondo. Pero bueno, el caso es que llego, reclamo la atención de los presentes, me programo la voz de Nina Hagen e inicio, a capela, el Nessun Dorma, de Turandot. Puccini. Acto tercero escena primera.
-Nessun Dorma…NESSUN DORMA…- y cuando acabo, la gente aplaudiendo a rabiar; incluso la señora del mostrador. Dos abuelillas salen llorando a la calle y vuelven con varios ramos de claveles, los reparten y todos y todas me lanzan flores entre gritos de bravo, bravo, otra, otra…y, ya presto estoy para realizar un glorioso bis, cuando aparecen tras los cristales los clones de Popeyeitor, disfrazados de guardias jurados, porras en mano y dispuestos a poner fin al recital.
Me salva la voz impersonal de los altavoces diciendo que quien se llame como yo, o sea yo, se persone en la puerta cuatro desprovisto de cadenas y pendientes. Desaparezco tras la puerta cuatro y no me quito ni cadenas ni pendientes, porque no uso, y además me dejo puestas las cervicales, que nunca se sabe.
Me hacen un par de fotos, frente y perfil y cuando salgo, la gente sige aplaudiendo pidiendo más, lanzando flores y abucheando a los popeyeitors que continúan porra en mano. Pero ellos y sus caretos malgeniados tienen más peso específico, y yo hago mutis por el foro sonriendo y lanzando besos a mis incondicionales. Otra vez será.
Subo al bus y tras pagar lo convenido, me pongo a deleitar a los aburridos usuarios con mi versión de “el loco en la colina”, de Lennon y McCarney.
“Dai after dai, alone on te jil, te man güi te folis grin quepin perfecti estil, bat nobodi güants tu nou jim…”
Porque, digan lo que digan, nada como un día cantarín para superar la medicina general…

jueves, 24 de diciembre de 2009

( BARRIO ) DIARIO DE UN IMPRESENTABLE (V)


MEDICINA GENERAL (uno)



(Capítulo cinco)



Hoy madrugo porque ayer bajé al médico y ya tengo el día organizado; pero empiezo con lo que fue y después sigo con lo que es.
Salí, como siempre salgo, a comprar el pan, solo que decidí comprarlo en el súper y así tengo excusa para tomarme un cortado en el centro cívico; llego y María, la inminente suegra de Miguel, me recuerda que he quedado con él y a mí se me cae el alma al suelo porque cada vez que quedo con Miguel me cuesta un cansancio infinito. Me tomo el cortado, le pago a María, y encarrilo camino del cansancio.
Cuando entro en el piso, con el pan y cuatro cortados encima, el número de bares que encuentro en el recorrido, me entero de que el camión aún no ha llegado y Miguel y yo nos pasamos cerca de dos horas hablando del tiempo, de hacienda, de dimisiones y de corrupciones y, cuando ya tengo la chaqueta puesta y me estoy despidiendo en la calle, aparece por la esquina un tío con cara de mala leche. El chofer del camión. Se nos acerca mucho y pregunta con la voz desde la tráquea, recién operado -¿aquí?- -aquí- le contestamos los dos a la vez; -¡joder! Vaya pasaje, por aquí no entra el camión!!!- y es que Miguel se ha comprado un piso metido entre bloques y para dar con él hay que hacer un máster en laberintos. A los diez minutos aparece el camión y parece uno de esos que salen en los huevos de chocolate; deduzco que el chofer se queja de vicio.
Miguel, muy amable, me ayuda a quitarme la chaqueta y sin perder su eterna sonrisa, me ofrece unos guantes justo de mi talla.
Total, no menos de treinta sacos de arena, diez o doce de cemento-cola, racholas por un tubo, suelo de gres gris como veinte cajas, flexos, tuberías de cobre, más racholas, más sacos, más de todo…( la verdad es que en lugar de reformar el lavabo, lo que quiere es construir un bloque nuevo. Este camión, más el de la semana pasa, ya suman…cinco).
Cuando acabamos de descargar y subir el material al piso, chorreamos sudor como para fabricar dos o tres océanos. El chofer de la voz traqueosa, desapareció en cuanto la última rachola salió del camión y cobró la factura, iva y propina incluidas.
Nos tomamos un kas, Miguel de naranja y yo de limón, con unas patatas fritas de bolsa (calidad suprema, precio recomendado), y salgo corriendo porque me pilla el toro para preparar la comida.
Hoy, macarrones; son una solución rápida. El crío se los come sin mirar, pero yo no puedo con ellos. En realidad, con lo que no puedo es con los macarrones que preparo yo; cuando como en un bar o en casa de alguien, si hay macarrones, encantado. Pero si se trata de los que cocino yo, ni los miro. Así que el crío macarrones y yo un par de huevos fritos.
Llego a casa, me ducho, preparo la comida preconcebida, aparece el crío cantando que ha recuperado natu y mates y olé (creo que se refiere a naturales y matemáticas, pero no entiendo lo de olé), comemos cada uno lo suyo y salgo corriendo para el médico porque tengo concertada la hora de visita: YA.
Entro en el ambulatorio organizando mentalmente los saludos…y no saludo. El celador está en la duermevela y no se entera, Lourdes, la dire de L’informatiu, no se deja ver, Miguel está picando paredes en el piso y no reconozco a nadie más. En la pared hay un cartel gigante que ruega silencio de forma contundente: un loro verde y debajo, un letrero que reza: “¡NO SEAS LORO, COÑO!”.
Saludo al loro sin mirarlo -hola, loro- -hola, hola, hola..-, además de verde es borde.
Me siento frente a la puerta doce del segundo piso y, como siempre, espero. Y espero. Y espero…
Sale la enfermera con la lista de visitas y lee -Marga tal y tal-, me levanto con la barba puesta, entro en la consulta y la doctora me dice, sin mirarme, -siéntate, Marga- me mira, me ve y..-¿Margarito?- -ni una ni otro- digo yo y le explico que Marga se rompió un pie hace una semana, (de verdad, se rompió un pie, uno solo, porque pisó mal en el único escalón que había; de haber dos escalones, seguro que se rompe los dos pies)…-y yo te traigo (le digo a la doctora) el informe del traumatólogo para que me digas cuando y donde le quitamos la escayola-.
No hay problema.
Lo arregla todo, sella un par de hojas amarillas y fin.
Como ya estoy allí, ataco con lo mío y así aprovecho la visita. -que me mareo-, le digo; -vale, algo más?- -algo más, pero ya voy servido con los mareos- -cuenta, cuenta-; la doctora es más joven que yo, está de buen humor y le cuento que, por ejemplo, voy andando y de buenas a primeras se me van la vista y la cabeza. Dos o tres segundos. Después todo vuelve a su sitio y yo no he perdido ni el paso, o sea, que no es por agacharme o levantarme con brusquedad, porque me pasa cuando estoy de pie. Le digo lo de los dolores de cabeza y ella le pide a la enfermera que me tome la tensión. Aprovecho el lapsus para enterarme de qué se ha roto Marga -no hay rotura, hay fractura- -¿de qué?- -de la base del quinto metatarso- -claro- …pero estoy pensando que como si me la pica un pollo. No sabía que Marga tenía un metatarso, ¡¡¡ iba a saber que no, que tiene cinco !!!, o más. Mejor paro de preguntar.
Y la enfermera, que se queda con mi cara, se quita el zueco blanco y el calcetín negro, y me da una clase magistral en torno a la situación de la fractura. Queda medio claro que la cosa está en la parte externa del empeine, pero por abajo. Como si se hubiese roto un trozo de la planta del pie.
Después de la demostración me lía el brazo derecho con lo de la tensión, mete el endoscopio (¿endoscopio?) entre el brazo y la tela impermeable y empieza a dar aire con una pera de goma.; cuando la aguja se para, la enfermera alucina.
Lo saca todo y me monta la misma tómbola en el brazo izquierdo. Vuelta a empezar y cuando acaba, sigue alucinando -doctora, este hombre tendría que estar muerto- y a mí me dice que estoy a no sé cuantos y no sé cuantos y que tengo pinta de sumarme a los súper-hipertensos; yo le digo que todo eso ya me lo dijeron en la mili, pero que de lo que te decían en la mili, la mitad menos tres. O cuatro. -pues te vamos a controlar durante unas cuantas semanas y, de entrada, menos café. O ninguno. Y del tabaco hablamos el próximo día-. Yo respiro fuerte, cojo aire, y no le doy las gracias. Sólo faltaba.
La doctora, que sigue con buen humor, acaba de rellenar papeles, sella, sonríe y recita. Pero abrevio: un análisis de sangre completito, diabetes incluida, y un par de radiografías de las cervicales.
Me explican entre las dos el sistema de pedir hora por teléfono (por teléfono, como si fuera tan fácil desde casa), porque no me entero, y sintiéndolo mucho no tengo más remedio que pedirles, por favor, que me lo den por escrito. Dos veces. Pero se niegan.
Y ni por esas. Salgo sin haberme enterado de nada, más por culpa mía que de ellas, y para consolarme me invito a un cortado en el centro cívico, dónde si no?. Ya empezaré mañana a rebajar la dosis de café.
Cuando llego a casa empiezo los intentos telefónicos para concertar hora en el ambulatorio de San Andrés y ¡¡¡lo consigo a la primera!!!; pero no solo eso, además me lo monto para poder hacerlo todo hoy, que es el día después…(continuará)